miércoles, 20 de enero de 2010

Permitido ilusionarse




Como siempre, solo. Con la atención puesta en quien sabe donde… La luces de la disco contrastando con la oscuridad, y el humo de cigarrillo impregnado en mis hombros, imposible no sentirlo. Parado a un costado de la barra, sintiéndome un verdadero extraño dentro de ese ambiente en el cual las miradas y el deseo chocan continuamente estableciendo una línea de seducción que todavía no logro incorporar. La gente bailando en multitud al son de la música, con movimientos bruscos y hasta exagerados, como si el baile fuera parte de un ritual que implicara una especie de liberación mágica. Todos recurren al mismo paso, haciendo una excelente apología de la impersonalidad. En seguida pienso que las personas que habitamos este mundo vestimos represión e instinto. Dos sensaciones tan opuestas que no logro comprender como pueden articularse dentro de un mismo cuerpo sin hacerlo estallar.

Un trago más, fuego que alimenta mi garganta. Se potencian las ganas de descargar mi libido sexual con un beso intenso. No importa mucho como se llame, o que edad tenga. Siento escalofrío. Comienzo a comprender de qué se trata todo esto. Ingreso al circuito. Ya no hay mas personas, la imagen se desvirtúa. Son solo bocas, torsos y cinturas que quiero tocar, que necesito rozar y acariciar. Pasan por entre mis piernas, van y vienen de un lado a otro. Todos buscando lo mismo, ese néctar que te conecta con la parte más sagrada de la pasión, y que hace que la sangre fluya por todo el cuerpo hasta hacerlo estremecer. Soy uno más de ellos ahora.

Me empapo de tanta música. Mi cuerpo se mueve como si nadie estuviera alrededor. La noche es mi aliada. Tantas sensaciones pasan por la retina de mis ojos como si fuera una película. Levanto los brazos y puedo alcanzar lo que quiero. Giro la cabeza, entre todas las miradas que me rodean y me invaden, algunas tristes, otras intimidantes, por fin encuentro la mirada que sacia mi piel y acelera mi pulso cardíaco…

Tan profunda como el océano y penetrante como un dardo en medio de mi pecho, acudí a ese llamado sin dudar. Taquicardia. Un destello en mi interior. Por fin tus ojos y los míos, colapsan. Todo lo que hay alrededor simplemente, se esfuma. Solo quedan nuestras miradas bailando al filo de la noche, reflejando aquellas emociones que tanto cuesta explicitar, inclusive las encubiertas en el recoveco más profundo de nuestro ser.

Ahora que te veo, entiendo todo. Comprendo que hay una fuerza mayor que establece que las personas estemos en el lugar y en el momento indicado siempre, aunque a veces cueste tanto esfuerzo creerlo. No hables si me fundo en tu boca, por favor…

Luces robóticas que cegan, escalones fosforescentes que indican el camino, dinámicos parlantes emitiendo las melodías que no paran de rebotar en nuestros oídos, jarras de cerveza que invitan a la extroversión en la cual todo vale, perfume en el aire que potencia las hormonas, y escotes y músculos que insinúan excesivo encanto. Los condimentos ideales para una noche como esta, donde todo pareciera estar permitido, inclusive ilusionarse.

domingo, 17 de enero de 2010

El señor de las estrellas





Las tres de la mañana en verano no es lo mismo que en invierno. Cuando el clima es caluroso y húmedo, pareciera ser que el cielo esta más cercano a las personas. Y por ende las estrellas. Una atmosfera de alegría se percibe en el aire pegajoso…más aun cuando uno tiene la posibilidad de mirar todo desde tan arriba, pensaba Don Genaro mientras muy cautelosamente acomodaba el visor de su telescopio en dirección noreste.

La copa de los árboles verdes, frondosos y fuertes marchando al son del ritmo suave pero preciso del aire veraniego. El color del cielo en sus diversos tonos azulados sobre el asfalto ardiente en la quietud del silencio nocturno, y el reflejo de la luz de la luna arropando el descanso bien merecido de los edificios luego de haber soportado otra sacrificada jornada de penetrante e intenso calor de la cuidad en pleno enero.

Otra pitada de cigarrillo importado a la boca de Genaro, y un sorbo de vino blanco bien helado para salar el paladar. El condimento perfecto para una noche que parecería ser bastante prometedora. Décimo octavo piso del edificio más alto del barrio, cielo absolutamente despejado, nadie alrededor, y la coordenada horaria indicada. Era, tan solo cuestión de extender las manos poco más de lo normal, y uno podía tener la sensación de tocar las estrellas con la yema de los dedos, como pocas veces sucedía.

En el barrio los llamaban “el loco de las estrellas”. Se entretenía todo el tiempo mirando hacia arriba, inclusive durante el día, como si estuviera buscando algo. Con su andar apacible y sereno, se paseaba por las calles del vecindario mirando a lo alto, con un cierto deje de melancolía en el brillo de sus ojos. Iba y venia de un lado al otro, con su soledad a cuestas, y abstraído por completo de la realidad.

Mientras el constante tic-tac del reloj francés amagaba con interrumpir la concentración del anciano, el calor comenzaba a hacerse sentir con intensidad sobre su frente. Otra gota más de transpiración que cae al suelo. Otra estrella más que Genaro descartaba. Ya había pasado casi una década desde que su amada esposa había decidido partir, pero el hombre insistía con poder ubicar la estrella que la albergaba. Sabia que era como buscar una aguja en un pajar, aunque jamás desistía en sus continuos intentos. Se había trasformado en su obsesión. Para lo único que viviría sería para hallar de una vez por todas, ese astro alejado en la enormidad del cielo, donde su amor lo aguardaba en silencio y paz.

Y nuevamente la repetición de aquella fotografía de su adorable infancia se le venía a la mente. La imagen de su padre, días antes de morir, recordándole que lo cuidaría eternamente desde la estrella más luminosa. Nunca olvidaría aquel relato. Todavía podía escuchar el tono grave de aquella voz debilitada por los medicamentos: “Te preguntarás porque hay tantas…pero cada una de las estrellas, hijo mío, representa el hogar de aquellos seres amados a los cuales les ha llegado la hora de partir de esta vida cruel. Solo es cuestión de sentirlo, mirar hacia arriba y ver en cual de todas reposan. Cada persona que fallece es una nueva estrella danzando alrededor de la luna. Por esa razón, el imperio celestial es sagrado e inmenso, nunca lo ignores...”.

Aquel sábado, luego del entierro, Genarito se encerró en el altillo, y esperó pegado a la ventana, en puntitas de pie, que con la caída del sol su padre lo saludara desde su nuevo hogar. Pasaron los años y la búsqueda aun continuaba…

Su único compañero era el telescopio ahora. Era el barco que le permitía naufragar en la profundidad del cielo. Cada noche un nuevo encuentro místico. Con el objetivo de lograr entenderlo, descifrarlo.





Ni bien los primeros rayos de sol amenazaron con desdibujar la silueta estrellada del cielo nocturno, Genaro se recostó con la esperanza de que la próxima noche fuera más alentadora. Con el torso descubierto y el ventilador de techo dándole una pizca de alivio a semejante temperatura, hizo una respiración profunda y cerró los ojos nuevamente.

Las 6 .15 horas. La luz de la mañana penetra entre las ranuras de la persiana americana del dormitorio. Un cielo lila se abre en el horizonte, algunas nubes rebeldes a lo lejos, las primeras bandadas de pájaros entre los cables de los postes de luz, y por supuesto, ya ninguna estrella en el cielo. Los muertos duermen. Don Genaro también.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Mama

Este cuerpo que en algún momento supo como darme la vida, yace agonizando en una cama de sanatorio. Y con cada uno de tus suspiros agudos al respirar siento que cada vez falta menos. Lo peor de todo es que no puedo hacer nada. Parado inmóvil acaricio tu mano y siento la textura de tu piel, tan suave como la porcelana. Entiendo que tengo que dejarte ir. Debo dejar partir a esa persona que me amó incondicionalmente como nadie pudo hacerlo, sin barreras, sin obstáculos. A esa señora que ha pasado noches enteras de desvelo rogándole a Dios por mi felicidad. A aquella mujer que podía llegar a entenderme sin juzgarme con solo contemplarme desde lejos, sin invasión.

Me quedo observando tus ojitos entreabiertos, puros e inocentes como los de una nena. Danzan yendo de un lado para otro. Se esconden de la oscuridad. Se abren con la luz del sol que entra por la ventana. Estás tan indefensa que te cuidaría toda mi vida. No importa mi destino, ni mis sueños, tampoco mis anhelos. Para siempre soy todo tuyo. No encuentro la manera de aliviar tu dolor. Me siento impotente e inútil a la vez. Maldigo. Aún sin poder entender cómo fue que llegamos hasta esta instancia. Te susurro al oído que si alguna vez te sentiste desprotegida, ahora estoy junto a vos para que no vuelvas a conocer esa sensación. Por fuera soy inmutable. Cierro mis ojos y en ese viaje hacia la introspección descubro que jamás había estado tan desequilibrado y confundido. Viajo en el tiempo...
Hace frío y es de noche. Soy un pequeño asustado por la oscuridad. Mis piecitos no llegan al borde de la cama. Tengo un pijama de rombos azules y el reloj de superman. Pienso en vos. Ahora puedo ver nítidamente tu rostro sonreír y acariciarme. Que alivio. Ya no hay miedo ni dolor en las penumbras...
Hoy es sábado y estamos en el campo. Se respira aire puro y aroma a pasto recién mojado por la lluvia. Me caigo de la bicicleta y me sangra la rodilla. Rompo en llanto pero enseguida acudís a mi llamado. Se graba en la retina de mis ojos tu sonrisa sanadora. Tu abrazo profundo y sincero. Ya no hay mas sangre. Me alejo volando alto entre los árboles del prado floreado y un cielo lleno de aves coloridas que me acompañan...
Llego a nuestro departamento y te escucho gritar con un hombre. Esa persona te lastimó fuerte, y todo lo que te duele a vos, también me angustia a mí. Me interpongo con la rebeldia de un adolescente enfurecido. Ahora soy yo el que te contiene fuertemente y te aleja de esa situación. Llorás entre mis brazos y te digo que todo va a estar bien…

El aroma a encierro y el ruido de la bomba de morfina me hacen volver en si. El mundo de afuera sigue como si nada, pero mi existencia esta cambiando como nunca. Dudo de todo en esta vida material, pero tengo la certeza y creo vehemente que ese vínculo entre nosotros jamás se destruirá. No es una mera casualidad que nuestras almas se hayan encontrado.

Son tus últimos días de vida en esta tierra y tengo la dicha de estar pegado a vos con una fortaleza inimaginable. Será que me la transmitís vos. Aprecio tu valentía. Sos la mujer más fuerte del mundo. Jamás un titubeo, jamás un reproche. Tal vez la vida me quiera modificar a los golpes. Te beso la frente. Puedo sentir el olor que emana de tu piel. Si tuviera la capacidad de hacer algo para que dejes de temblar. Prometo ser cada día mejor persona. Tengo tanto que aprender de vos. Nuestro destino se ha convertido en un reloj a contratiempo. Pone a prueba nuestro amor. Quiere distanciarnos. Destino perverso. Destino funesto. Destino ignorante. Que poco sabe sobre nosotros.




Hoy ya sos un ángel. Estas tatuada en cada átomo de mi ser. Le sacamos la lengua a la muerte. Nos burlamos del destino. Estas en cada nube alta en el firmamento, en cada flor que abre sus pétalos a los rayos del sol, siento tu presencia en el aire que respiro. Pegada a mí. He aprendido de qué se trata vivir. He aprendido de qué se trata morir. Me sacaste el antifaz. Puedo ver el mundo en verdad ahora. Estoy en eje, más fuerte que nunca. Absolutamente convencido que cuando me llegue la hora, vas a estar ahí, elegante, sonriente y llena de luz, con tus brazos abiertos de par en par. Me falta todavía un largo trecho que transitar. No estoy solo. Sos mi motor.

Cierro tus ojitos en el silencioso llamado de la despedida. Me elegiste a mí al momento de tu partida. Confiaste en mí. Te dejaste ir entre mis brazos. Me demostraste que puedo. Y pude. Paradójico pero real, vos me ayudaste a nacer, y yo te ayude a morir. Gracias madre mía.

Solo te diré, HASTA LUEGO…

viernes, 20 de noviembre de 2009

Nadie en casa




En el peor momento de mi vida, nadie en casa. Las ventanas cerradas al mundo exterior y las cortinas sin levantarse. Entro a la cocina, el aroma a fritura pegado sobre las cerámicas de las paredes, en la heladera solamente un sobre de mayonesa en pleno proceso de descomposición y medio limón.

El gusto a encierro sobre el sofá y la comida del gato desparramada entre los almohadones. Procuro no escuchar el goteo de la canilla del lavadero, pero el incesante ruido que contrasta con el silencio, va taladrando mis oídos hasta hacerme perder la paciencia.

Levanto el teléfono, ningún mensaje en el contestador. Tal vez será que he dejado de existir. Reviso mis mails y nada. Prendo la tele, las noticias de la tarde. La vida continúa normalmente para los demás. Hoy hay demoras en la panamericana e inundaciones en el Litoral.

Me recuesto en la cama. Es incómoda la sensación de roce entre mi cuerpo y las sabanas. Ya están sucias. Debería haberlas mandado a lavar hace meses. Sobre mi escritorio me quedo contemplando algunas fotografías de amigos. Los trofeos del último campeonato de futbol que gané y los videos de mis fiestas de cumpleaños. Momentos de gloria. Nada más lejano a eso hoy.

El día se hace largo y la semana eterna. Tampoco hay novedades. El sol se asoma entre los edificios urbanos, pero me quedo escondido en la oscuridad. Prefiero las mañanas de lluvia. Me pregunto si alguien estará pensando en mí. Me desilusiono nuevamente. Tal vez será que he dejado de existir.

Dentro de la alacena, la caja de arroz casi por la mitad. Ayer con un poco de aceite, hoy con una pizca de orégano. Se me hace agua la boca al pensar en un suculento trozo de carne a la parrilla, bien jugoso y dorado. Vuelvo a revisar en cada rincón de la casa, tal vez me haya salteado alguna parte: los cajones del baño, mi escritorio, debajo de la cama, en algún bolsillo de mis camperas de invierno, o en el fondo de mis mochilas…

Nada. Ni una sola moneda más. Nadie a quien pedir, nadie que me las ofrezca. Me impaciento pero el hambre es tan fuerte, que me mentalizo en lo exquisito que puede llegar a ser un buen plato de arroz con orégano. Seco la vajilla con agua y una esponja casi sin espuma ya.

No supermercados, no ropa nueva, no salidas al cine, no comer afuera. Sin crédito en el teléfono. Sin postres en la cena, sin incentivos, sin amigos solidarios, sin luz natural.

Tal vez será que he dejado de existir. Nadie en casa.

lunes, 12 de octubre de 2009

Casi



Casi todos esperaban que naciera el día de la Virgen, porque según la tradición era buen augurio. El cálculo era casi exacto, tenía que ser el 8 de diciembre sí o sí. No podía fallar. La familia entera reunida en la sala de espera casi con los nervios y las expectativas a flor de piel. Los tíos fumando, las tías rezando. Las horas matutinas pasaban, y nada. La tarde se esfumó, y nada. Para la hora de la cena, casi todos los pasillos del sanatorio estaban plagados de imágenes de santos y angelitos, parte de un ritual típico de familia italiana. Rogaban que la nena naciera antes de las 12 de la noche. Casi se cumple el mandato. Pero caprichosa y obstinada ya desde el comienzo, decidió quedarse unas horas más en el vientre de su madre para nacer el día después.

Casi idéntica a su abuela paterna, quien había sido elegida como la joven más elegante de los años 50 por su cabellera rubia y sus ojos brillantes como esmeraldas preciosas. Lástima que la bebita llevaba claramente ojos oscuros y pelo negro. Diminuta pero con llanto potente, casi no dejaba descansar a nadie. Su mamá apenas podía conciliar el sueño. Ya estaba pasada de rosca, toda la jornada yendo de un lado para otro…que la mamadera, que el pañal, que los mosquitos alrededor de la beba, que los sonajeros. Esa mujer casi no tenía tiempo para ella.

Casi tres años después empezó a ir al jardín de infantes. Uno que quedaba casi llegando a la esquina de la Avenida. Costó bastante el periodo de adaptación. Cada vez que sus papas cruzaban la puerta de instituto para poder hacer su vida casi como la gente normal, Jimenita pataleaba y lloraba desconsoladamente sin dejarlos ir en libertad. Casi siempre hacía lo mismo, y su papá casi siempre llegaba tarde al trabajo.

Durante el primario fue casi la mejor alumna, sacaba sobresaliente casi en todas las materias, aunque le costaban los números como a nadie. Casi igual que a su padre, que todavía tenia previa la materia Estadística de quinto año del secundario. Por ende, casi todas las tardes la jovencita tenía clases particulares de matemáticas con una profesora especial.

En la adolescencia, casi siempre salía con su grupo de pertenencia. A pesar de la corta edad, casi todas estaban de novia, menos ella y su mejor amiga, Jazmín. Amaba la pintura con todo su corazón, se consideraba en su género, casi una verdadera expresionista. De grande querría llegar a ser casi tan talentosa como Georges Braque o Pablo Picasso. Casi todas las noches se dormía con su libro de Arte y Arquitectura Alemana apoyado en su pecho, y soñaba con aquellas maravillosas pinturas abstractas de mediados del siglo XX.

Llegaron los quince y casi toda la familia estuvo reunida en la celebración, faltaron algunos primos lejanos del Sur, y alguna que otra tía política, pero nada importante. Jimena estaba hecha casi toda una mujer. Vestido blanco y cola larga, como de recién casada. Bailaron toda la noche, casi hasta el amanecer. Ni bien llego a su casa abrió casi todos los regalos con una emoción indescriptible. Pero las ganas de dormir fueron tan fuertes que se quedó totalmente planchada entre tantas cajas, moños y paquetes de colores.

Al momento de elegir su carrera universitaria, casi se jugó por lo que sentía, el arte. Pero casi todo el mundo le decía que siendo pintora se iba a morir de hambre. Lo medito muchísimo. Puso casi todo en la balanza. Finalmente escogió convertirse en una abogada triste y lúgubre toda su vida. Pero con dinero casi asegurado.

Esa elección, de todos modos, no fue en vano. Y la llevó directamente a alguien muy especial. En la Facultad de Derecho conoció al chico que casi le rompió el corazón. Jimena se enamoró locamente del alumno más intelectual de la carrera. Casi como Clar Kent en Superman 2. Traje gris claro al cuerpo, bien estilizado, gomina al costado, anteojos de marco negro, y un porte al caminar que solo tenían los galanes hollywoodenses. Digno de ser visto. Y deseado.

Jamás se animó a hablarle. Ella lo contemplaba desde su pupitre sin cansarse mientras los Doctores explicitaban las leyes más importantes al frente de la clase. Se volvía loca con cada gesto de aquel hombre. Casi sin darse cuenta se dió cuenta que casi nunca había sentido algo así. Se dejó llevar…

Una tarde casi primaveral fueron a una fiesta de cumpleaños de un amigo de la universidad en un campo casi cerca de Mercedes. Jimena con un vestido floreado, más linda que nunca. Todas las miradas puestas en ella. Bueno, casi todas, por que la de su galán parecía apuntar hacia otro lado. Respiró profundo, juntó fuerzas, y marchó con rumbo directo por entre medio de la masa hacia su objetivo: el muchachito de los anteojos eternos. Casi se le declaró, pero al final no tuvo el valor suficiente para mirarlo a los ojos. Casi se desmayó de los nervios. Sus compañeros de clase tuvieron que asistirla.

Casi dos meses más tarde se graduaron. Le escribió una profunda declaración de amor plasmada en un papel con sobre rosado. Era su última oportunidad de tenerlo frente a frente. Se la tenía que dar en la mano, sin titubeo alguno. Estaba segura que eran casi el uno para el otro. Pensó que este tipo de certezas casi nunca se daban en la vida. Llovía torrencialmente y el auto no llegaba. Casi siempre, en noches de tormenta el servicio de radio taxis funcionaba con demoras.

Mas confiada que nunca llegó al lugar del encuentro casi dos horas tarde. Todos se abrazaban y festejaban con sus familiares y amigos la entrega de diplomas. Jimena buscaba casi por todos lados, y no aparecía su amor. Los minutos pasaban y la sospecha de que la carta jamás llegara a destino se potenciaba. En un último impulso mezclado con resignación se animó a preguntar dónde estaba. Con algunas copas de vino de mas, un compañero le aclaró que se había retirado casi un rato antes de que ella llegara porque al otro día viajaba a México a ver una interesante propuesta de trabajo. Y era casi seguro que se radicara en esos pagos.

Jimena tardó años en olvidarlo. Aunque finalmente se casó con un hombre que conoció en un viaje por el norte del país. Mucho mas grande que ella, de la alta aristocracia porteña, heredero de una fortuna inconmensurable y un poco excedido de peso. Casi todo lo contario a lo que soñó de pequeña. Excepto que este señor era un buen hombre que la cuidaba y acompañaba mucho, en cualquier lugar y casi en todo momento.

Casi nadie sabía que el esposo de Jimena era estéril. Por ende, nunca tuvieron hijos. Fue un lindo matrimonio, plagado de lujos, viajes y regalos. Cosas absolutamente insignificantes para la Dra. Balcarce. Cuando enviudó, quedó sola en una mansión magnánima con toda la riqueza en su haber. Casi siempre, los ambientes de su casa le parecían demasiado grandes y fríos. Así que busco una actividad que la ayudara a superar estados casi depresivos.

Nuevamente se había volcado a su pasión de jovencita: la pintura. Se pasaba casi todo el día coloreando para cumplir su gran sueño: una exposición donde ella fuera la reina y responsable de todo que se exhibía. Pensaba gastar casi toda su plata en ese importante evento. Por primera vez en la vida sentía que hacía lo que realmente le daba felicidad. Se pasaba la mayoría de sus horas frente a sus cuadros ultimando sus detalles finales. Casi siempre ponía música clásica bien alta y pintaba al son de las melodías. Se ocupó, el día lunes, de alquilar el salón más costoso del Malba, del servicio de Catering, y las invitaciones personales a la gente más “paqueta” de Buenos Aires. Casi llegando al fin de semana se encargaría de todos los gastos.

El miércoles a la noche tuvo una cena con amigos de amigos en Puerto Madero. Sabía que al día siguiente madrugaría, por lo tanto, emprendió su vuelta casi antes de que la luna se pusiera por encima del Puente de la Mujer. Cuando llegó a la casa casi se infarta. No podía creer lo que veían sus ojos. Alguien había entrado a robar y se había llevado casi todo. Corrió bruscamente hacia el escritorio sin pensar que recibiría casi la peor noticia de su vida. Se quedó casi paralizada frente a la caja fuerte abierta violentamente y totalmente vacía. Su fortuna desaparecía de repente y con ella, casi todos sus sueños.

Vendió casi todas sus amadas pinturas a un judío que tenia una casa de antigüedades en un local de San Telmo, casi a tres cuadras de la Plaza. Su cuadro predilecto se lo dejó a su amiga del secundario, Jazmín, quien la había acompañado como casi nadie en esta terrible desgracia. Se lamentaba, año tras año, pensando constantemente en la exposición que casi todos hubiera disfrutado. Estaban todas sus energías puestas ahí, pero no pudo ser, casi si… pero no.

Le diagnosticaron un cáncer terminal a los 78 años de edad. Con su rostro casi todo arrugado, su cuerpo encorvado cual endeble anciana, y sus pocas ganas de seguir adelante, Doña Jimena se puso a organizar su velorio con anticipación. Un buen servicio de café y masitas caseras no podía faltar. Pensó en un ataúd ecológico, color verde y elaborado con cartón reciclado resistente al agua, y equipado con sistema de ventilación. Casi todos traerían flores, así que decoraría casi todo el salón con canteros tipo orientales y sahumerios frutales para evitar casi todo el olor de su cuerpo en periodo de putrefacción.

La tarde antes de fallecer se quedo en compañía de Jazmín, que también estaba más cerca del arpa que le la guitarra. Casi toda la jornada platicaron sobre aquellos días de juventud y de esa infancia casi inolvidable que ambas habían disfrutado. Casi antes de cerrar los ojos y dirigirse hacia la eternidad, le tomó la mano a su querida amiga, le hizo una sonrisa casi de complicidad y se dejó partir en total silencio…

Jazmín se quedó contemplando la imagen de ese cuerpo débil y casi quebradizo que tanta quimioterapia había soportado. Se agarró fuerte y como pudo de la baranda de metal, y besó la frente de aquel cadáver. Pensó que el destino de una persona podía estar lleno de “casi”, y casi sin meditarlo mucho y con sus ojitos llenos de lágrimas, se marchó de aquel hospital rogándole a Dios que el paraíso fuera casi tan lindo como casi todos lo imaginamos.

jueves, 8 de octubre de 2009

Silencio de Mujer



Ella guardaba un secreto. Uno de esos secretos que jamás deben ser revelados…


Durante años conviviendo con el silencio de no poder expresarlo de la boca para afuera, pero contrariamente, con la fogosidad interna de atesorarlo como algo íntimo dentro de lo más profundo de su ser. Un secreto puede ser en la vida de una mujer mucho más que una máscara o un disfraz. Es la sensación de percibir identidad, intimidad, privacidad. Un secreto puede ser un compañero fiel. Una ilusión ardiente que escondida dentro de las entrañas, termina motorizando las ganas de seguir adelante. Atesorado en un rincón inviolable, nadie accede a él. Solo la persona que lo contiene, que lo escucha llorar cuando provoca tristeza, o que lo escucha gritar, cuando a través de la rebeldía quiere salir a la luz. Pero hay cosas que son mejores cuando no se dicen. Cuando quedan enterradas en lo profundo de un alma que clama entre las tinieblas por una justicia que no suele llegar. Cuando quedan enterradas bajo tierra, lejos del sol, lejos del mundo.

Los años pasaban y entre el silencio de cada noche ella establecía contacto nuevamente con su secreto. Cerraba los ojos y contemplaba el rostro cálido de aquel amor prohibido que ya no estaba. Sus vellos faciales, las marcas de expresión, su aliento espeso. Se estremecía por completo. Su cuerpo latía con intensidad haciéndole recordar cuan viva estaba. Podía sentir el choque de ambos labios, dulces como miel caliente. Una sensación extraña fomentaba calor entre sus piernas y escalofrío en su vientre. Pezones erectos y subyugada al deseo de querer ser penetrada. De cuerpo y alma.

Era su momento, nadie debía percatarse de ello. Un encuentro con ella misma. Un cuerpo ardiente y sudado entre los pliegues las sabanas, entre la sombras de la oscuridad, entre la quietud de la noche enmudecida. Solo unas pocas mujeres podrían considerarse afortunadas por haber vivido un amor así. Desinteresado, apasionado, limpio, transparente. Uno de esos amoríos que, al guardarse bajo llave en un cofre sagrado, quedan plasmados en el terreno de la eternidad y la inmortalidad.

Se quedaba dormida naufragando en un océano de lágrimas, algunas de felicidad, otras de tristeza. Con su secreto a cuestas. En esa cama doble, su cuerpo reposando junto al de un extraño al que llamaban “esposo” y con el cual había concebido lo más maravilloso de su existir…sus hijos.

domingo, 27 de septiembre de 2009

El Dr. Maravilla



Mientras el Dr. González contemplaba desde la ventana de su despacho como se desataba la tormenta furiosa, rebelde e impetuosa sobre las aguas del atlántico, sentía una leve intranquilidad punzando sobre su pecho.

Es que no había sido, precisamente, uno de sus mejores días. Los años iban pasando y casi sin darse cuenta, algunas personas comenzaban el proceso de la despedida. Frente a la rutina y obligaciones laborales muchas veces uno se distraía de las cosas que realmente debían ser valorizadas. Con su delantal verde y perfectamente cuidado se quedó inmóvil contemplando ese diluvio con sabor a muerte. Un cielo negro, frió y un océano que abofeteaba incesantemente las piedras de la playa de aquella cuidad.

Por un instante se abstrajo de la realidad y volvió a su infancia. Pudo verse en las playas ardientes en pleno enero corriendo con furia hacia los brazos seguros y acogedores de su padre, tratando de evitar quemarse la planta de sus piecitos. Se recordó sonriendo al ver como los teros danzaban alrededor de las olas veraniegas, y conmovido por la llegada de la primera estrella sobre el mar. El viento sobre sus cabellos dorados, la piel tostada, brillosa y el gusto a arena quemada en su boca. En total silencio y con las manos apoyadas sobre los cristales empañados por los chaparrones, el Dr. viajaba atrás en el tiempo…

Abrió sus ojos. La melancolía de un paisaje lluvioso. Las calles empapadas, el agua corriendo por las alcantarillas, el gris húmedo sobre la copa de los árboles, y el penetrante ruido de un mar violentado. Pudo sentir como las fuertes ráfagas de viento rumbeando hacia la nada, se llevaban lejos aquellas memorias atesoradas en los rincones más sagrados de su corazón… Cuanta agua había caído bajo el puente, cuantas cosas habían cambiado de modo tan drástico…

Alguien golpeó la puerta en forma desesperada. Volvió repentinamente a percibir el ruido de los pasillos de la clínica, el olor a quirófano en su oficina y el cansancio sobre sus espaldas. Respiró profundo dejando atrás ese ligero momento y con su mejor sonrisa recibió a una mujer, su hijo y un cachorrito llamado Beto agonizando.

El animalito estaba realmente grave. Era un perrito de la calle, compañero de aquel niño humilde, de la calle también. No le quedaban muchas horas de vida. Era una muerte compartida, una despedida que lastimaba por dos. Como hacerle entender a aquel chiquito que su amiguito más fiel se iría para siempre, sin explicación o lógica alguna que pudiera alivianar su desconsuelo.

No había manera de encontrar los causales de semejante mal en Beto. Sin los estudios médicos no se podía diagnosticar nada. La mamá no tenia el dinero suficiente para hacerse cargo de análisis tan caros, por esa razón el futuro de la mascota no llegaría a buen puerto. El Dr. y la señora, entonces decidieron sacrificarlo.

Aquellas manos que instantes atrás intentaban tocar la tormenta desde la ventana del consultorio, eran las encargadas ahora de llenar la jeringa con el eutanásico letal que acabaría con la vida de Beto, pero también con su sufrimiento. El niño, empapado en lágrimas, se aferraba a su madre. Sus ojos puros e inocentes, conocían por primera vez una mala jugada del destino. Casi sin sentirlo y basándose en su ética profesional el Dr. se concentraba en llevar a cabo su trabajo.

Silencio absoluto, el cielo relampagueante, y los recuerdos que se hicieron presentes nuevamente en la retina de los ojos del Doctor. Preparado para vaciar el líquido sobre el muslo de Beto y terminar de una vez por todas con ese asunto, no pudo aislarse de la angustia que se respiraba entre esas cuatro paredes y del peso del aire sobre sus hombros. Cualquier otro veterinario no hubiera vacilado en hacer lo que le correspondía. Pero no pudo, no esta vez…

En un acto de impulsión extremo, arrojó la jeringa al lavatorio, como si fuera un arma cargada a punto de ser gatillada, abrió el agua de la pileta y se aseguró que la droga se disolviera entre el plateado de la cañería hasta desaparecer del todo. Tomó el teléfono y mandó a hacer todos los análisis pertinentes para descubrir la enfermedad de Beto. Los gastos correrían por su propia cuenta.

El niño, abrazado al vientre de su mamá, dejó de llorar mientras acariciaba a su compinche con la esperanza de que la situación pudiera mejorar…


La luna llena brillando sobre el mar en perfecta quietud. El asfalto todavía mojado, las hojas de los árboles limpias y purificadas por la incesante lluvia de la jornada, un tecito caliente sobre la mesa de roble, su libro preferido, y el Dr. González valorando ese momento como si fuera el último. Respiró profundo el sabor a hiervas que salía de la pava, recostó su cabeza sobre el respaldo de la hamaca y pensó que seguramente Beto moriría, pero se consoló al saber que al menos, de su parte, había hecho todo lo posible…

lunes, 14 de septiembre de 2009





Con su mirada apuntando fijamente hacia mi rostro, me preguntó si estaba enamorado. Me tomé mi tiempo para contestar. Cerré mis ojos en completo silencio y me deje llevar…

Podía oler ahora, que desde la cocina llegaba el suave aroma del café recién preparado, con mucha espuma, cacao y una pizca de licor de naranja, como a mi me gustaba tomarlo. La ventana de cristales empañados permitía descubrir cómo tímidamente la pradera se cubría de un manto blanco y frió. Los copos de nieve danzado por entre la copa de los sauces y un cielo rosado que acariciaba los primeros rayos de un endeble sol de invierno.

Me masajeó el cuello pasándome un aceite de almendras mientras el tiempo se esfumaba entre las agujas del reloj. Cubrió mi torso desnudo con una manta de lana de tejido grueso y abrigado con pompones en piel de zorro. Reavivó el fuego del hogar con leño del bosque, y puso una mansa música celta que terminaba de endulzar aquel momento.

Hacía mucho que no me sentía tan cuidado por alguien. Todo era perfecto. El toque apacible de sus manos sanadoras recorriendo cada rincón de mi piel me transportaba a un estadío de armonía extremo y completo. Me relajaba acostado en el acolchado de plumas. Solo se escuchaba el crujir de las maderas que carbonizaban entre las llamas ardientes aclimatando la habitación de aquella cabaña rústica y acogedora. Hubiera deseado que este amanecer continúe durante toda mi vida.

Mi mente se plagaba de pensamientos bonitos, mi corazón latía con intensidad y mis ojos observaban cómo semejante belleza me rodeaba en ese lecho de pétalos. Ahora las caricias llegaban hasta los dedos de mis pies, que se fundían afinadamente con los dedos de sus manos. Placer extremo que me movilizaba hasta las lágrimas. Se me ponía la piel de gallina. Todo parecía un sueño perfecto del cual no quería despertar. Seguía en silencio, con mis ojos cerrados, pero con mis percepciones atentas a cada accionar, entregado a sus brazos que me envolvían el cuerpo y el alma.

Con su mirada apuntando fijamente hacia mi rostro, me preguntó nuevamente si estaba enamorado. Me tomé mi tiempo para contestar, pero finalmente hubo una respuesta.

Fue…no.

Entendí, entonces, que muchas veces las cosas no pueden elegirse, por más que uno quiera. Volví a aflojarme, respiré profundo el aroma a café casero y continué disfrutando…

domingo, 13 de septiembre de 2009

San Agustín





Cuenta una historia conocida ya por muchos de nosotros que San Agustín, quien dedicaba gran parte de su tiempo a reflexionar sobre los enigmas de la vida, se paseaba una tarde anaranjada de verano por las costas del río Jordan cuando se topó con un niñito inquieto y movedizo. El teólogo quería encontrar una respuesta que lo ayudara a interpretar el misterio de la Santísima Trinidad. Pensaba, entonces, sin cesar mientras caminaba por la cálida y tibia arena de la playa.

Repentinamente detuvo su atención en aquel pequeño que había cavado un hoyo en la arena y andaba de un lado hacia otro. El chiquitín corría hacia la orilla, llenaba una concha que tenia en sus manos con las aguas del río y depositaba esa agua en el agujero que había hecho. Al notar ese accionar, el Santo se acercó y le preguntó al niño por que lo hacía, a lo que el nene contestó que intentaba vaciar toda el agua del Jordan en el hoyo en la arena. Al escucharlo, San Agustín le explicó que eso era absolutamente imposible. Por un momento y como ángel caído del cielo, la criatura tomó la mano del Santo y le respondió que si aquello era imposible, más imposible sería tratar de descifrar el misterio de la Santísima Trinidad.

Agustín agachó su cabeza y se quedó un instante contemplando fijamente sus propios pies. Al mirar nuevamente hacia el horizonte, el niño había desaparecido, y el agujero en la arena también.

Pablo se levantó temprano aquella mañana primaveral de setiembre. No se había podido relajar del todo. Pensaba acerca de lo sabio que podía llegar a ser el destino. Te quita por un lado, te da por el otro…

Luego de algunos meses de oscuridad necesitaba creer que pronto llegaría una etapa de luz y un cambio radical en su vida. Se miró en el espejo y trató de entender de donde podía salir semejante torbellino de amor hacia un ser que aún no conocía físicamente, pero que podía distinguir en su espíritu casi en forma perfecta. Lo había esperado durante meses, y por fin, ese momento estaba llegando.

Cuando pudo tenerlo entre sus brazos, la inmensidad pareció tomar la forma de un diminuto cuerpecito de bebe. El mundo de afuera se abstrajo, nada mas importaba que contemplar la quietud y paz que ese ser vulnerable e indefenso emanaba. No pudo quitarle sus ojos de encima, sentía que su corazón le estallaba de alegría.

No dejaba de preguntarse cómo podía suceder que dentro de una persona conviviesen sentimientos tan encontrados y opuestos a la vez. Hace un mes, el llanto y la soledad. Ahora, la placidez extrema de sentirse tan completo interiormente. Atinó a entender cual era el plan que Dios tendía para su vida, pero no pudo encontrar respuesta.

Mientras mecía a Agustín entre sus brazos, intentaba deducir qué somos, cuál es el motivo por el que sentimos como sentimos, y la razón por la que estamos donde estamos, quien diseña cada etapa de nuestra vida, por qué cada vez que una puerta se cierra, misteriosamente otra se abre…

Tampoco halló respuestas. Será tal vez, que intentar entender tantas incógnitas podría llegar a ser tan imposible como introducir el agua de un río entero en un pequeño hoyo de arena.

Miró a su alrededor…la habitación de sanatorio…los globos en la puerta...la familia abrazándose por la buena nueva…la sensación de felicidad flotando en el aire…y el gran protagonista, Agustín, acurrucadito cómodamente entre los brazos de su tío y sin ninguna intención de moverse…

domingo, 6 de septiembre de 2009

Mujer amante





Todos tenemos dos caras.

Por las noches, justo cuando la luna sorprendía erguida en lo alto del cielo como observando todo lo que sucede aquí abajo, solía vagabundear entre el tráfico urbano. Nadie la reconocía. Cuando el reloj marcaba las cero horas, ella dejaba de ser la madre dedicada y sonriente que todos conocían. Caminaba lejos de su casa, apartándose del padecimiento que le remordía las entrañas al saberse en tanta soledad. Buscaba gente tan solitaria como ella, y comenzaba su labor.

Fumaba y continuaba su paso entre las oscuridad del empedrado hasta su esquina favorita. Aquella en la cual ella era dueña y señora de todo lo que acontecía. Perfecta anatomía. Medias apretadas, negro ajustado al cuerpo, piernas a prueba de frío, excesivo rimmel, buen maquillaje que disimulara el cansancio que denotaba su rostro y actitud…sobre todo actitud.

Buscaba alguien que, preso de su deseo, la llevara al hotel más cercano. Prestaba atención a aquellas miradas tramposas que se esfumaban tras los cristales de los autos que rondaban a su alrededor incesantemente. Y ella, cual objeto atractivo, sugestivo, y jugoso, emanaba seducción en cada movimiento por más insignificante que fuera. Era fuego puro carbonizando entre la lúgubre oscuridad de ese punto de la ciudad.

Las oportunidades le llovían aquella noche. Subía y bajaba de los vehículos como verdadera empresaria de la noche, conociendo perfectamente de que se trataba ese negocio. La carne quemaba en cada encuentro íntimo. La deseaban, la disfrutaban, la olían suavemente, se ponían todos los instintos en juego. Lamían sus partes más húmedas y ella entregaba desprejuiciadamente el néctar dentro de su cuerpo. Era una profesional de los códigos nocturnos. Su mente concentrada, su cuerpo ardiendo, y su corazón en blanco.

Antes del amanecer emprendía el regreso a su hogar. La luz era ingrata en estos casos. Dentro de su habitación se refugiaba en su escondite. Le brotaba una angustia repentina. Se bañaba llorando, el baño era purificación, tratando de que el jabón y el agua pudieran borrarle esas marcas nefastas sobre su piel. Pero los recuerdos repulsivos de cada noche, ¿Como se los borraría?

Se acostaba entre las sabanas congeladas, envuelta en perfume pero sin poder dejar de sentir el aliento hirviente de aquellos desconocidos a quienes había besado apasionadamente. No sentía al cuerpo como algo propio y trataba de relajar su cabeza. Cada madrugada el mismo ritual. Tomaba las fotos de sus hijos, las apretujaba fuerte sobre su pecho pensando en sus sonrisas y, recién ahí, lograba dormirse en total paz y quietud.

Solo por un rato. En cuestión de minutos el despertador anunciaría la llegada de un nuevo día…

Despertar a los chicos, el desayuno, llevarlos al colegio, los quehaceres de la casa, y salir sonriendo al supermercado a hacer las compras del día, como si nada hubiera sucedido.