viernes, 20 de noviembre de 2009

Nadie en casa




En el peor momento de mi vida, nadie en casa. Las ventanas cerradas al mundo exterior y las cortinas sin levantarse. Entro a la cocina, el aroma a fritura pegado sobre las cerámicas de las paredes, en la heladera solamente un sobre de mayonesa en pleno proceso de descomposición y medio limón.

El gusto a encierro sobre el sofá y la comida del gato desparramada entre los almohadones. Procuro no escuchar el goteo de la canilla del lavadero, pero el incesante ruido que contrasta con el silencio, va taladrando mis oídos hasta hacerme perder la paciencia.

Levanto el teléfono, ningún mensaje en el contestador. Tal vez será que he dejado de existir. Reviso mis mails y nada. Prendo la tele, las noticias de la tarde. La vida continúa normalmente para los demás. Hoy hay demoras en la panamericana e inundaciones en el Litoral.

Me recuesto en la cama. Es incómoda la sensación de roce entre mi cuerpo y las sabanas. Ya están sucias. Debería haberlas mandado a lavar hace meses. Sobre mi escritorio me quedo contemplando algunas fotografías de amigos. Los trofeos del último campeonato de futbol que gané y los videos de mis fiestas de cumpleaños. Momentos de gloria. Nada más lejano a eso hoy.

El día se hace largo y la semana eterna. Tampoco hay novedades. El sol se asoma entre los edificios urbanos, pero me quedo escondido en la oscuridad. Prefiero las mañanas de lluvia. Me pregunto si alguien estará pensando en mí. Me desilusiono nuevamente. Tal vez será que he dejado de existir.

Dentro de la alacena, la caja de arroz casi por la mitad. Ayer con un poco de aceite, hoy con una pizca de orégano. Se me hace agua la boca al pensar en un suculento trozo de carne a la parrilla, bien jugoso y dorado. Vuelvo a revisar en cada rincón de la casa, tal vez me haya salteado alguna parte: los cajones del baño, mi escritorio, debajo de la cama, en algún bolsillo de mis camperas de invierno, o en el fondo de mis mochilas…

Nada. Ni una sola moneda más. Nadie a quien pedir, nadie que me las ofrezca. Me impaciento pero el hambre es tan fuerte, que me mentalizo en lo exquisito que puede llegar a ser un buen plato de arroz con orégano. Seco la vajilla con agua y una esponja casi sin espuma ya.

No supermercados, no ropa nueva, no salidas al cine, no comer afuera. Sin crédito en el teléfono. Sin postres en la cena, sin incentivos, sin amigos solidarios, sin luz natural.

Tal vez será que he dejado de existir. Nadie en casa.

lunes, 12 de octubre de 2009

Casi



Casi todos esperaban que naciera el día de la Virgen, porque según la tradición era buen augurio. El cálculo era casi exacto, tenía que ser el 8 de diciembre sí o sí. No podía fallar. La familia entera reunida en la sala de espera casi con los nervios y las expectativas a flor de piel. Los tíos fumando, las tías rezando. Las horas matutinas pasaban, y nada. La tarde se esfumó, y nada. Para la hora de la cena, casi todos los pasillos del sanatorio estaban plagados de imágenes de santos y angelitos, parte de un ritual típico de familia italiana. Rogaban que la nena naciera antes de las 12 de la noche. Casi se cumple el mandato. Pero caprichosa y obstinada ya desde el comienzo, decidió quedarse unas horas más en el vientre de su madre para nacer el día después.

Casi idéntica a su abuela paterna, quien había sido elegida como la joven más elegante de los años 50 por su cabellera rubia y sus ojos brillantes como esmeraldas preciosas. Lástima que la bebita llevaba claramente ojos oscuros y pelo negro. Diminuta pero con llanto potente, casi no dejaba descansar a nadie. Su mamá apenas podía conciliar el sueño. Ya estaba pasada de rosca, toda la jornada yendo de un lado para otro…que la mamadera, que el pañal, que los mosquitos alrededor de la beba, que los sonajeros. Esa mujer casi no tenía tiempo para ella.

Casi tres años después empezó a ir al jardín de infantes. Uno que quedaba casi llegando a la esquina de la Avenida. Costó bastante el periodo de adaptación. Cada vez que sus papas cruzaban la puerta de instituto para poder hacer su vida casi como la gente normal, Jimenita pataleaba y lloraba desconsoladamente sin dejarlos ir en libertad. Casi siempre hacía lo mismo, y su papá casi siempre llegaba tarde al trabajo.

Durante el primario fue casi la mejor alumna, sacaba sobresaliente casi en todas las materias, aunque le costaban los números como a nadie. Casi igual que a su padre, que todavía tenia previa la materia Estadística de quinto año del secundario. Por ende, casi todas las tardes la jovencita tenía clases particulares de matemáticas con una profesora especial.

En la adolescencia, casi siempre salía con su grupo de pertenencia. A pesar de la corta edad, casi todas estaban de novia, menos ella y su mejor amiga, Jazmín. Amaba la pintura con todo su corazón, se consideraba en su género, casi una verdadera expresionista. De grande querría llegar a ser casi tan talentosa como Georges Braque o Pablo Picasso. Casi todas las noches se dormía con su libro de Arte y Arquitectura Alemana apoyado en su pecho, y soñaba con aquellas maravillosas pinturas abstractas de mediados del siglo XX.

Llegaron los quince y casi toda la familia estuvo reunida en la celebración, faltaron algunos primos lejanos del Sur, y alguna que otra tía política, pero nada importante. Jimena estaba hecha casi toda una mujer. Vestido blanco y cola larga, como de recién casada. Bailaron toda la noche, casi hasta el amanecer. Ni bien llego a su casa abrió casi todos los regalos con una emoción indescriptible. Pero las ganas de dormir fueron tan fuertes que se quedó totalmente planchada entre tantas cajas, moños y paquetes de colores.

Al momento de elegir su carrera universitaria, casi se jugó por lo que sentía, el arte. Pero casi todo el mundo le decía que siendo pintora se iba a morir de hambre. Lo medito muchísimo. Puso casi todo en la balanza. Finalmente escogió convertirse en una abogada triste y lúgubre toda su vida. Pero con dinero casi asegurado.

Esa elección, de todos modos, no fue en vano. Y la llevó directamente a alguien muy especial. En la Facultad de Derecho conoció al chico que casi le rompió el corazón. Jimena se enamoró locamente del alumno más intelectual de la carrera. Casi como Clar Kent en Superman 2. Traje gris claro al cuerpo, bien estilizado, gomina al costado, anteojos de marco negro, y un porte al caminar que solo tenían los galanes hollywoodenses. Digno de ser visto. Y deseado.

Jamás se animó a hablarle. Ella lo contemplaba desde su pupitre sin cansarse mientras los Doctores explicitaban las leyes más importantes al frente de la clase. Se volvía loca con cada gesto de aquel hombre. Casi sin darse cuenta se dió cuenta que casi nunca había sentido algo así. Se dejó llevar…

Una tarde casi primaveral fueron a una fiesta de cumpleaños de un amigo de la universidad en un campo casi cerca de Mercedes. Jimena con un vestido floreado, más linda que nunca. Todas las miradas puestas en ella. Bueno, casi todas, por que la de su galán parecía apuntar hacia otro lado. Respiró profundo, juntó fuerzas, y marchó con rumbo directo por entre medio de la masa hacia su objetivo: el muchachito de los anteojos eternos. Casi se le declaró, pero al final no tuvo el valor suficiente para mirarlo a los ojos. Casi se desmayó de los nervios. Sus compañeros de clase tuvieron que asistirla.

Casi dos meses más tarde se graduaron. Le escribió una profunda declaración de amor plasmada en un papel con sobre rosado. Era su última oportunidad de tenerlo frente a frente. Se la tenía que dar en la mano, sin titubeo alguno. Estaba segura que eran casi el uno para el otro. Pensó que este tipo de certezas casi nunca se daban en la vida. Llovía torrencialmente y el auto no llegaba. Casi siempre, en noches de tormenta el servicio de radio taxis funcionaba con demoras.

Mas confiada que nunca llegó al lugar del encuentro casi dos horas tarde. Todos se abrazaban y festejaban con sus familiares y amigos la entrega de diplomas. Jimena buscaba casi por todos lados, y no aparecía su amor. Los minutos pasaban y la sospecha de que la carta jamás llegara a destino se potenciaba. En un último impulso mezclado con resignación se animó a preguntar dónde estaba. Con algunas copas de vino de mas, un compañero le aclaró que se había retirado casi un rato antes de que ella llegara porque al otro día viajaba a México a ver una interesante propuesta de trabajo. Y era casi seguro que se radicara en esos pagos.

Jimena tardó años en olvidarlo. Aunque finalmente se casó con un hombre que conoció en un viaje por el norte del país. Mucho mas grande que ella, de la alta aristocracia porteña, heredero de una fortuna inconmensurable y un poco excedido de peso. Casi todo lo contario a lo que soñó de pequeña. Excepto que este señor era un buen hombre que la cuidaba y acompañaba mucho, en cualquier lugar y casi en todo momento.

Casi nadie sabía que el esposo de Jimena era estéril. Por ende, nunca tuvieron hijos. Fue un lindo matrimonio, plagado de lujos, viajes y regalos. Cosas absolutamente insignificantes para la Dra. Balcarce. Cuando enviudó, quedó sola en una mansión magnánima con toda la riqueza en su haber. Casi siempre, los ambientes de su casa le parecían demasiado grandes y fríos. Así que busco una actividad que la ayudara a superar estados casi depresivos.

Nuevamente se había volcado a su pasión de jovencita: la pintura. Se pasaba casi todo el día coloreando para cumplir su gran sueño: una exposición donde ella fuera la reina y responsable de todo que se exhibía. Pensaba gastar casi toda su plata en ese importante evento. Por primera vez en la vida sentía que hacía lo que realmente le daba felicidad. Se pasaba la mayoría de sus horas frente a sus cuadros ultimando sus detalles finales. Casi siempre ponía música clásica bien alta y pintaba al son de las melodías. Se ocupó, el día lunes, de alquilar el salón más costoso del Malba, del servicio de Catering, y las invitaciones personales a la gente más “paqueta” de Buenos Aires. Casi llegando al fin de semana se encargaría de todos los gastos.

El miércoles a la noche tuvo una cena con amigos de amigos en Puerto Madero. Sabía que al día siguiente madrugaría, por lo tanto, emprendió su vuelta casi antes de que la luna se pusiera por encima del Puente de la Mujer. Cuando llegó a la casa casi se infarta. No podía creer lo que veían sus ojos. Alguien había entrado a robar y se había llevado casi todo. Corrió bruscamente hacia el escritorio sin pensar que recibiría casi la peor noticia de su vida. Se quedó casi paralizada frente a la caja fuerte abierta violentamente y totalmente vacía. Su fortuna desaparecía de repente y con ella, casi todos sus sueños.

Vendió casi todas sus amadas pinturas a un judío que tenia una casa de antigüedades en un local de San Telmo, casi a tres cuadras de la Plaza. Su cuadro predilecto se lo dejó a su amiga del secundario, Jazmín, quien la había acompañado como casi nadie en esta terrible desgracia. Se lamentaba, año tras año, pensando constantemente en la exposición que casi todos hubiera disfrutado. Estaban todas sus energías puestas ahí, pero no pudo ser, casi si… pero no.

Le diagnosticaron un cáncer terminal a los 78 años de edad. Con su rostro casi todo arrugado, su cuerpo encorvado cual endeble anciana, y sus pocas ganas de seguir adelante, Doña Jimena se puso a organizar su velorio con anticipación. Un buen servicio de café y masitas caseras no podía faltar. Pensó en un ataúd ecológico, color verde y elaborado con cartón reciclado resistente al agua, y equipado con sistema de ventilación. Casi todos traerían flores, así que decoraría casi todo el salón con canteros tipo orientales y sahumerios frutales para evitar casi todo el olor de su cuerpo en periodo de putrefacción.

La tarde antes de fallecer se quedo en compañía de Jazmín, que también estaba más cerca del arpa que le la guitarra. Casi toda la jornada platicaron sobre aquellos días de juventud y de esa infancia casi inolvidable que ambas habían disfrutado. Casi antes de cerrar los ojos y dirigirse hacia la eternidad, le tomó la mano a su querida amiga, le hizo una sonrisa casi de complicidad y se dejó partir en total silencio…

Jazmín se quedó contemplando la imagen de ese cuerpo débil y casi quebradizo que tanta quimioterapia había soportado. Se agarró fuerte y como pudo de la baranda de metal, y besó la frente de aquel cadáver. Pensó que el destino de una persona podía estar lleno de “casi”, y casi sin meditarlo mucho y con sus ojitos llenos de lágrimas, se marchó de aquel hospital rogándole a Dios que el paraíso fuera casi tan lindo como casi todos lo imaginamos.

jueves, 8 de octubre de 2009

Silencio de Mujer



Ella guardaba un secreto. Uno de esos secretos que jamás deben ser revelados…


Durante años conviviendo con el silencio de no poder expresarlo de la boca para afuera, pero contrariamente, con la fogosidad interna de atesorarlo como algo íntimo dentro de lo más profundo de su ser. Un secreto puede ser en la vida de una mujer mucho más que una máscara o un disfraz. Es la sensación de percibir identidad, intimidad, privacidad. Un secreto puede ser un compañero fiel. Una ilusión ardiente que escondida dentro de las entrañas, termina motorizando las ganas de seguir adelante. Atesorado en un rincón inviolable, nadie accede a él. Solo la persona que lo contiene, que lo escucha llorar cuando provoca tristeza, o que lo escucha gritar, cuando a través de la rebeldía quiere salir a la luz. Pero hay cosas que son mejores cuando no se dicen. Cuando quedan enterradas en lo profundo de un alma que clama entre las tinieblas por una justicia que no suele llegar. Cuando quedan enterradas bajo tierra, lejos del sol, lejos del mundo.

Los años pasaban y entre el silencio de cada noche ella establecía contacto nuevamente con su secreto. Cerraba los ojos y contemplaba el rostro cálido de aquel amor prohibido que ya no estaba. Sus vellos faciales, las marcas de expresión, su aliento espeso. Se estremecía por completo. Su cuerpo latía con intensidad haciéndole recordar cuan viva estaba. Podía sentir el choque de ambos labios, dulces como miel caliente. Una sensación extraña fomentaba calor entre sus piernas y escalofrío en su vientre. Pezones erectos y subyugada al deseo de querer ser penetrada. De cuerpo y alma.

Era su momento, nadie debía percatarse de ello. Un encuentro con ella misma. Un cuerpo ardiente y sudado entre los pliegues las sabanas, entre la sombras de la oscuridad, entre la quietud de la noche enmudecida. Solo unas pocas mujeres podrían considerarse afortunadas por haber vivido un amor así. Desinteresado, apasionado, limpio, transparente. Uno de esos amoríos que, al guardarse bajo llave en un cofre sagrado, quedan plasmados en el terreno de la eternidad y la inmortalidad.

Se quedaba dormida naufragando en un océano de lágrimas, algunas de felicidad, otras de tristeza. Con su secreto a cuestas. En esa cama doble, su cuerpo reposando junto al de un extraño al que llamaban “esposo” y con el cual había concebido lo más maravilloso de su existir…sus hijos.

domingo, 27 de septiembre de 2009

El Dr. Maravilla



Mientras el Dr. González contemplaba desde la ventana de su despacho como se desataba la tormenta furiosa, rebelde e impetuosa sobre las aguas del atlántico, sentía una leve intranquilidad punzando sobre su pecho.

Es que no había sido, precisamente, uno de sus mejores días. Los años iban pasando y casi sin darse cuenta, algunas personas comenzaban el proceso de la despedida. Frente a la rutina y obligaciones laborales muchas veces uno se distraía de las cosas que realmente debían ser valorizadas. Con su delantal verde y perfectamente cuidado se quedó inmóvil contemplando ese diluvio con sabor a muerte. Un cielo negro, frió y un océano que abofeteaba incesantemente las piedras de la playa de aquella cuidad.

Por un instante se abstrajo de la realidad y volvió a su infancia. Pudo verse en las playas ardientes en pleno enero corriendo con furia hacia los brazos seguros y acogedores de su padre, tratando de evitar quemarse la planta de sus piecitos. Se recordó sonriendo al ver como los teros danzaban alrededor de las olas veraniegas, y conmovido por la llegada de la primera estrella sobre el mar. El viento sobre sus cabellos dorados, la piel tostada, brillosa y el gusto a arena quemada en su boca. En total silencio y con las manos apoyadas sobre los cristales empañados por los chaparrones, el Dr. viajaba atrás en el tiempo…

Abrió sus ojos. La melancolía de un paisaje lluvioso. Las calles empapadas, el agua corriendo por las alcantarillas, el gris húmedo sobre la copa de los árboles, y el penetrante ruido de un mar violentado. Pudo sentir como las fuertes ráfagas de viento rumbeando hacia la nada, se llevaban lejos aquellas memorias atesoradas en los rincones más sagrados de su corazón… Cuanta agua había caído bajo el puente, cuantas cosas habían cambiado de modo tan drástico…

Alguien golpeó la puerta en forma desesperada. Volvió repentinamente a percibir el ruido de los pasillos de la clínica, el olor a quirófano en su oficina y el cansancio sobre sus espaldas. Respiró profundo dejando atrás ese ligero momento y con su mejor sonrisa recibió a una mujer, su hijo y un cachorrito llamado Beto agonizando.

El animalito estaba realmente grave. Era un perrito de la calle, compañero de aquel niño humilde, de la calle también. No le quedaban muchas horas de vida. Era una muerte compartida, una despedida que lastimaba por dos. Como hacerle entender a aquel chiquito que su amiguito más fiel se iría para siempre, sin explicación o lógica alguna que pudiera alivianar su desconsuelo.

No había manera de encontrar los causales de semejante mal en Beto. Sin los estudios médicos no se podía diagnosticar nada. La mamá no tenia el dinero suficiente para hacerse cargo de análisis tan caros, por esa razón el futuro de la mascota no llegaría a buen puerto. El Dr. y la señora, entonces decidieron sacrificarlo.

Aquellas manos que instantes atrás intentaban tocar la tormenta desde la ventana del consultorio, eran las encargadas ahora de llenar la jeringa con el eutanásico letal que acabaría con la vida de Beto, pero también con su sufrimiento. El niño, empapado en lágrimas, se aferraba a su madre. Sus ojos puros e inocentes, conocían por primera vez una mala jugada del destino. Casi sin sentirlo y basándose en su ética profesional el Dr. se concentraba en llevar a cabo su trabajo.

Silencio absoluto, el cielo relampagueante, y los recuerdos que se hicieron presentes nuevamente en la retina de los ojos del Doctor. Preparado para vaciar el líquido sobre el muslo de Beto y terminar de una vez por todas con ese asunto, no pudo aislarse de la angustia que se respiraba entre esas cuatro paredes y del peso del aire sobre sus hombros. Cualquier otro veterinario no hubiera vacilado en hacer lo que le correspondía. Pero no pudo, no esta vez…

En un acto de impulsión extremo, arrojó la jeringa al lavatorio, como si fuera un arma cargada a punto de ser gatillada, abrió el agua de la pileta y se aseguró que la droga se disolviera entre el plateado de la cañería hasta desaparecer del todo. Tomó el teléfono y mandó a hacer todos los análisis pertinentes para descubrir la enfermedad de Beto. Los gastos correrían por su propia cuenta.

El niño, abrazado al vientre de su mamá, dejó de llorar mientras acariciaba a su compinche con la esperanza de que la situación pudiera mejorar…


La luna llena brillando sobre el mar en perfecta quietud. El asfalto todavía mojado, las hojas de los árboles limpias y purificadas por la incesante lluvia de la jornada, un tecito caliente sobre la mesa de roble, su libro preferido, y el Dr. González valorando ese momento como si fuera el último. Respiró profundo el sabor a hiervas que salía de la pava, recostó su cabeza sobre el respaldo de la hamaca y pensó que seguramente Beto moriría, pero se consoló al saber que al menos, de su parte, había hecho todo lo posible…

lunes, 14 de septiembre de 2009





Con su mirada apuntando fijamente hacia mi rostro, me preguntó si estaba enamorado. Me tomé mi tiempo para contestar. Cerré mis ojos en completo silencio y me deje llevar…

Podía oler ahora, que desde la cocina llegaba el suave aroma del café recién preparado, con mucha espuma, cacao y una pizca de licor de naranja, como a mi me gustaba tomarlo. La ventana de cristales empañados permitía descubrir cómo tímidamente la pradera se cubría de un manto blanco y frió. Los copos de nieve danzado por entre la copa de los sauces y un cielo rosado que acariciaba los primeros rayos de un endeble sol de invierno.

Me masajeó el cuello pasándome un aceite de almendras mientras el tiempo se esfumaba entre las agujas del reloj. Cubrió mi torso desnudo con una manta de lana de tejido grueso y abrigado con pompones en piel de zorro. Reavivó el fuego del hogar con leño del bosque, y puso una mansa música celta que terminaba de endulzar aquel momento.

Hacía mucho que no me sentía tan cuidado por alguien. Todo era perfecto. El toque apacible de sus manos sanadoras recorriendo cada rincón de mi piel me transportaba a un estadío de armonía extremo y completo. Me relajaba acostado en el acolchado de plumas. Solo se escuchaba el crujir de las maderas que carbonizaban entre las llamas ardientes aclimatando la habitación de aquella cabaña rústica y acogedora. Hubiera deseado que este amanecer continúe durante toda mi vida.

Mi mente se plagaba de pensamientos bonitos, mi corazón latía con intensidad y mis ojos observaban cómo semejante belleza me rodeaba en ese lecho de pétalos. Ahora las caricias llegaban hasta los dedos de mis pies, que se fundían afinadamente con los dedos de sus manos. Placer extremo que me movilizaba hasta las lágrimas. Se me ponía la piel de gallina. Todo parecía un sueño perfecto del cual no quería despertar. Seguía en silencio, con mis ojos cerrados, pero con mis percepciones atentas a cada accionar, entregado a sus brazos que me envolvían el cuerpo y el alma.

Con su mirada apuntando fijamente hacia mi rostro, me preguntó nuevamente si estaba enamorado. Me tomé mi tiempo para contestar, pero finalmente hubo una respuesta.

Fue…no.

Entendí, entonces, que muchas veces las cosas no pueden elegirse, por más que uno quiera. Volví a aflojarme, respiré profundo el aroma a café casero y continué disfrutando…

domingo, 13 de septiembre de 2009

San Agustín





Cuenta una historia conocida ya por muchos de nosotros que San Agustín, quien dedicaba gran parte de su tiempo a reflexionar sobre los enigmas de la vida, se paseaba una tarde anaranjada de verano por las costas del río Jordan cuando se topó con un niñito inquieto y movedizo. El teólogo quería encontrar una respuesta que lo ayudara a interpretar el misterio de la Santísima Trinidad. Pensaba, entonces, sin cesar mientras caminaba por la cálida y tibia arena de la playa.

Repentinamente detuvo su atención en aquel pequeño que había cavado un hoyo en la arena y andaba de un lado hacia otro. El chiquitín corría hacia la orilla, llenaba una concha que tenia en sus manos con las aguas del río y depositaba esa agua en el agujero que había hecho. Al notar ese accionar, el Santo se acercó y le preguntó al niño por que lo hacía, a lo que el nene contestó que intentaba vaciar toda el agua del Jordan en el hoyo en la arena. Al escucharlo, San Agustín le explicó que eso era absolutamente imposible. Por un momento y como ángel caído del cielo, la criatura tomó la mano del Santo y le respondió que si aquello era imposible, más imposible sería tratar de descifrar el misterio de la Santísima Trinidad.

Agustín agachó su cabeza y se quedó un instante contemplando fijamente sus propios pies. Al mirar nuevamente hacia el horizonte, el niño había desaparecido, y el agujero en la arena también.

Pablo se levantó temprano aquella mañana primaveral de setiembre. No se había podido relajar del todo. Pensaba acerca de lo sabio que podía llegar a ser el destino. Te quita por un lado, te da por el otro…

Luego de algunos meses de oscuridad necesitaba creer que pronto llegaría una etapa de luz y un cambio radical en su vida. Se miró en el espejo y trató de entender de donde podía salir semejante torbellino de amor hacia un ser que aún no conocía físicamente, pero que podía distinguir en su espíritu casi en forma perfecta. Lo había esperado durante meses, y por fin, ese momento estaba llegando.

Cuando pudo tenerlo entre sus brazos, la inmensidad pareció tomar la forma de un diminuto cuerpecito de bebe. El mundo de afuera se abstrajo, nada mas importaba que contemplar la quietud y paz que ese ser vulnerable e indefenso emanaba. No pudo quitarle sus ojos de encima, sentía que su corazón le estallaba de alegría.

No dejaba de preguntarse cómo podía suceder que dentro de una persona conviviesen sentimientos tan encontrados y opuestos a la vez. Hace un mes, el llanto y la soledad. Ahora, la placidez extrema de sentirse tan completo interiormente. Atinó a entender cual era el plan que Dios tendía para su vida, pero no pudo encontrar respuesta.

Mientras mecía a Agustín entre sus brazos, intentaba deducir qué somos, cuál es el motivo por el que sentimos como sentimos, y la razón por la que estamos donde estamos, quien diseña cada etapa de nuestra vida, por qué cada vez que una puerta se cierra, misteriosamente otra se abre…

Tampoco halló respuestas. Será tal vez, que intentar entender tantas incógnitas podría llegar a ser tan imposible como introducir el agua de un río entero en un pequeño hoyo de arena.

Miró a su alrededor…la habitación de sanatorio…los globos en la puerta...la familia abrazándose por la buena nueva…la sensación de felicidad flotando en el aire…y el gran protagonista, Agustín, acurrucadito cómodamente entre los brazos de su tío y sin ninguna intención de moverse…

domingo, 6 de septiembre de 2009

Mujer amante





Todos tenemos dos caras.

Por las noches, justo cuando la luna sorprendía erguida en lo alto del cielo como observando todo lo que sucede aquí abajo, solía vagabundear entre el tráfico urbano. Nadie la reconocía. Cuando el reloj marcaba las cero horas, ella dejaba de ser la madre dedicada y sonriente que todos conocían. Caminaba lejos de su casa, apartándose del padecimiento que le remordía las entrañas al saberse en tanta soledad. Buscaba gente tan solitaria como ella, y comenzaba su labor.

Fumaba y continuaba su paso entre las oscuridad del empedrado hasta su esquina favorita. Aquella en la cual ella era dueña y señora de todo lo que acontecía. Perfecta anatomía. Medias apretadas, negro ajustado al cuerpo, piernas a prueba de frío, excesivo rimmel, buen maquillaje que disimulara el cansancio que denotaba su rostro y actitud…sobre todo actitud.

Buscaba alguien que, preso de su deseo, la llevara al hotel más cercano. Prestaba atención a aquellas miradas tramposas que se esfumaban tras los cristales de los autos que rondaban a su alrededor incesantemente. Y ella, cual objeto atractivo, sugestivo, y jugoso, emanaba seducción en cada movimiento por más insignificante que fuera. Era fuego puro carbonizando entre la lúgubre oscuridad de ese punto de la ciudad.

Las oportunidades le llovían aquella noche. Subía y bajaba de los vehículos como verdadera empresaria de la noche, conociendo perfectamente de que se trataba ese negocio. La carne quemaba en cada encuentro íntimo. La deseaban, la disfrutaban, la olían suavemente, se ponían todos los instintos en juego. Lamían sus partes más húmedas y ella entregaba desprejuiciadamente el néctar dentro de su cuerpo. Era una profesional de los códigos nocturnos. Su mente concentrada, su cuerpo ardiendo, y su corazón en blanco.

Antes del amanecer emprendía el regreso a su hogar. La luz era ingrata en estos casos. Dentro de su habitación se refugiaba en su escondite. Le brotaba una angustia repentina. Se bañaba llorando, el baño era purificación, tratando de que el jabón y el agua pudieran borrarle esas marcas nefastas sobre su piel. Pero los recuerdos repulsivos de cada noche, ¿Como se los borraría?

Se acostaba entre las sabanas congeladas, envuelta en perfume pero sin poder dejar de sentir el aliento hirviente de aquellos desconocidos a quienes había besado apasionadamente. No sentía al cuerpo como algo propio y trataba de relajar su cabeza. Cada madrugada el mismo ritual. Tomaba las fotos de sus hijos, las apretujaba fuerte sobre su pecho pensando en sus sonrisas y, recién ahí, lograba dormirse en total paz y quietud.

Solo por un rato. En cuestión de minutos el despertador anunciaría la llegada de un nuevo día…

Despertar a los chicos, el desayuno, llevarlos al colegio, los quehaceres de la casa, y salir sonriendo al supermercado a hacer las compras del día, como si nada hubiera sucedido.

martes, 1 de septiembre de 2009

Desencuentros




Cuando ella subía, él bajaba. Cuando ella soñaba despierta, él simplemente dormía. Cuando él entendía asegurarse de lo que sentía, ella titubeaba. Nunca terminaban de ponerse de acuerdo. Ambos dando vueltas eternas en una calesita que jamás dejaba de funcionar…
Ella caminaba entre la muchedumbre vistiendo el anillo que él le había regalado al finalizar la secundaria. No se lo sacaba ni para dormir. De vez en cuando, si la invadía una melancólica tristeza, con solo cuestión de mirar como el dorado eslabón brillaba en su mano, una sonrisa le salía del alma. Y recordaba, por supuesto, como en aquel grato e irrisorio momento en el día de graduación en el cual él le confesaba su eterno amorío, ella todavía no estaba segura si lo quería como amigo o algo mas que eso…
Dejaron de verse por dos años, y ella se dio cuenta de lo que sentía en ese lapso de tiempo. Lo buscó por todos lados pero no lo encontraba por ninguna parte. Cuando junto coraje y lo llamó a su casa, lo atendió una anciana y le dijo que esa familia ya no vivía mas allí.
Él había rehecho su vida con otra chica, pero jamás se había podido olvidar de su compañera de colegio. Besaba a una pensando en la otra y sufriendo por el supuesto amor no correspondido. Por la noche lo atosigaban sus recuerdos. Se preguntaba que habría sido de aquel añillo muestra de pasión y romance que le había puesto en el dedo aquella tarde primaveral en la que se despedían del secundario. Que bien le quedaba el Jumper. Sus piernas delgadas y perfectamente curvilíneas. Y ese beso que no se había concretado nunca…
Se toparon de pura casualidad, como llamándose con la mente y el pensamiento, cuando el débil sol de invierno se alzaba sobre los altos edificios de la urbe en la puerta de un Shopping. Él, en remera desafiando las bajas temperaturas salía de comprar un celular; ella abrigada hasta el cuello y titubeando congelada, entraba a comprar un regalo. Se cruzaron las miradas y ambos quedaron helados.
Tardaron más de media hora en elegir un lugar para tomar algo. Ella jugo, él café. Cuando él noto que el anillo aun seguía en su dedo anular, se tranquilizo. Ella abría sus ojos y lo inhibía fijamente. Él bajaba su visual concentrado más en la mugre del suelo que en lo que esa intensa mirada verdosa le trataba de decir. Charlaron como pudieron durante toda la mañana. Se despidieron con un beso apasionado. A él le temblaban los brazos, a ella las piernas. Quedaron en contacto vía e-mail.
Seis meses más tarde se casaban. Ella quería luna de miel en Brasil, él en el Caribe. Tiraron la moneda pero el presupuesto les dio para Mar del Plata. Ella quería un bebe, pero él no estaba seguro de poder ser un buen padre todavía. Ella deseaba casa con pileta y jardín, y él departamento en pleno San Telmo.
Convivieron durante muchos años sin encontrar un equilibrio ni nada que les genere satisfacción mutua. Pero existía algo indescriptible que los mantenía unidos como pareja. Cuando él quiso agrandar la familia, ella ya estaba menopáusica y con sus pechos caídos. En el momento en el cual él quería disfrutar su vejez en un lugar con verde árboles y sol, ella ya se había acostumbrado al tráfico de la cuidad y a tener todo cerca.
Mientras la noticias de la primera tarde anunciaban a un nuevo millonario de la lotería, ella se percató de que él no estaba roncando alto como lo hacia cada vez que dormía siesta. Se acercó y dio cuenta que estaba sin vida. Lloró afligidamente apretando su cuerpo y su ancianidad. Le puso ese anillo tan especial para que lo usara durante toda la eternidad. Lo enterraron en Chacarita.
Ella murió de tristeza ocho meses mas tarde, mientras bordaba un delantal y pensaba lo feliz que podrían haber sido juntos. Hubieran corrido por el universo. Hubieran tenido un amor afortunado. Hubieran podido divertirse. Antes de dar su respiro letal, ella pensó que la vida de dos personas podía estar plagada de desencuentros.
Su esposo le había pedido que la enterraran junto a él. Ella decidió que seria mejor que la cremaran y tiraran sus cenizas en el campo. La idea de ser consumida por los bichos bajo tierra le aterraba…

domingo, 30 de agosto de 2009

¿Estoico?




Una historia que acababa… otra nueva que obligadamente debía comenzar. No sabía si estaba listo para empezar de nuevo. Pensó en todo el esfuerzo que había requerido construir lo que por estos días se había terminado de desmoronar. Tanto sacrificio, tanto sentimiento, tanta pasión entregada… para terminar solo, sentado al pie de esa colina, mirando como el inmenso cielo aterciopelado, que muchas veces había sido cómplice de gratos momentos, poco a poco se iba oscureciendo, dejándole como indicio que seguramente vendrían noches oscuras y sin estrellas para pedir deseos.

Allí estaba entonces Ulises, indefenso e insignificante frente a tanta magnanimidad sobre su cabeza. Esperando que tal vez alguna estrella se asome entre tanta penumbra, dándole señal de que no todo estaba perdido, que podría creer que en algún momento la felicidad y él llegarían a entenderse un poco mejor.

Sus percepciones estaban a flor de piel, por primera vez tenia la capacidad de escuchar el ruido armónico del canto de los grillos, como también sentir el aroma del rocío recién caído sobre los prados. Decidió alejarse de todo para poder pensar en silencio sobre lo que le estaba tocando vivir. Para asumir que en su nueva realidad solo se tenia a el mismo. Tomó el camino de tierra hacia el comienzo del arrollo y caminó entre los árboles pelados sin rumbo fijo pateando las hojas amarronadas y secas que plagaban el suelo. Buscó flores entre el verde, pero solo encontraba más verde. Se sentía con vehemencia el aire con sabor a otoño y los primeros fríos pegando sutilmente sobre su rostro.

De vez en cuando se cruzaba en sus retinas la imagen se ese amor que tanta angustia le generaba. Trataba de ignorar esa foto en su mente pero le era casi imposible. Sus ojos se llenaban de lágrimas y el pulso de su corazón se aceleraba. Nadie podía consolarlo ahora, no había una mano que lo tomara y lo contuviera. Solo el vacío y un paisaje desolador a su alrededor.

Llegó hasta una casilla de cemento abandonada entre medio de algunos matorrales. Parecía estar deshabitada. Se aproximó hacia la ventana, limpió los vidrios empañados con la manga de su buzo y tuvo una visión perfecta. Movió la cabeza de un lado a otro hasta que centró su visual en un punto fijo. Allí estaba él…

De color negro lustroso y acompañado de una luz tenue que llegaba desde afuera, erguido y majestuoso, era sin duda una presencia que irradiaba fuerte personalidad. Ulises pensó en entrar, poderlo tocarlo y descargar de una vez tanta lívido almacenada en su cuerpo. Echó una mirada hacia ambos lados. Solo hojas secas, ramas duras, un cielo acuoso y cargado que comenzaba a relampaguear y la puerta de entrada de aquella casucha que lo invitaba a ingresar. Por fin había encontrado el refugio indicado.

Se acercó al solitario piano entonces, y con una petaca de whisky en su bolsillo cómplice de su pesar, comenzó a palpar los acordes de aquella canción que había bautizado como “nuestra”. Jamás le había prestado tanta atención como le estaba haciendo ahora. Cada nota, cada sonido… esa melodía que hablaba tanto de ellos, de lo que significaba para su historia, y de cómo su belleza singular había generado semejante movilización de sentimientos dentro de él.

Se desató la tormenta. Con cada gota de lluvia en el ocaso de la noche húmeda, un recuerdo nuevo entre sus ojos revitalizaba cada momento vivido. Mientras sus manos incansables descargaban en las teclas del piano todo eso que su corazón les iba dictando, sin pausa alguna sin vacilación ni titubeo, el sonido de la balada envolvía de estremecimiento cada recoveco de la habitación. Cautivo de esa canción y de su imagen no se cansaba de escucharla. Una y otra vez junto a la tormenta que se desanudaba furiosa y rebelde en un cielo saturado de agua, al igual que sus ojos apunto de estallar en lágrimas.

Aquella cena en la que le preguntó si lo amaba había sido el detonante. La mirada de su nena ya no era la misma, el retraso de la respuesta le había hecho entender donde estaba parado. El silencio cortaba como cuchillo y el tiempo se detenía en un hoyo sin fin donde el fuego parecía no quemar, pero la angustia si. Tal vez la intención no era lastimarlo, pero ¿cómo salir ileso cuando había tanto involucramiento de por medio? Ulises no era nadie para juzgarla, en lo que decía o hacia…el tiempo daría las respuestas pertinentes, cuando entre medio de las pesadillas ambos abrieran sus ojos para preferir seguir durmiendo a tener que soportar la cruel y desalmada realidad de vivir el uno sin el otro.

Varias veces había tenido que decir adiós, pero esta era sin duda la peor de todas. Se sentía tan vulnerable que frente a cualquier circunstancia tendía a quebrarse y caer rendido a sus reminiscencias. Cada acorde explicitado por el piano, era como una nueva plegaria mandada a los Ángeles rogando una nueva chance.

Mientras las horas pasaban Ulises seguía preso de su historia y poniéndose cada vez mas loco. La petaca estaba vacía y el whisky corriendo por sus venas ardidas de pena y puro dolor. Caído abruptamente en el suelo, por fin tomo la decisión que había premeditado durante toda la jornada. Tanteó como pudo con sus manos el bolsillo superior de su chaleco, y en una actitud estoica sacó el cortaplumas a la luz de la luna mientras su pulso le temblaba. Lo contempló fijamente durante unos minutos. Silencio total. Pensó lo absurdo que sería el pasar de las horas sin su nena. El filo brilloso, perfecto y preciso del cuchillo era el camino estrecho hacia la paz que tanto necesitaba. Ya no había otra opción. Era eso…o eso.

Volvió a avistar donde estaba. Se sintió como la nada. Tirado en medio de un lugar perdido del planeta, sin nade alrededor. Meditó que con o sin el, el mundo seguiría su tránsito de todos modos. Cerró los ojos pensando en esa sonrisa que tantas veces había besado y que jamás volvería a ver, y con un último respiro profundo y aletargado…casi sin pensarlo dos veces…estrujó el incisivo y letal cortante de metal en su pecho, y se dejo ir…

Repentinamente y como por arte de magia la lluvia cesó. Los primeros rayos violetas del amanecer se reflejaban tras la quietud de los árboles y sierras de aquel acampado. El canto de los pájaros anunciando la presencia de un perfecto arco iris fundiéndose en el horizonte, los picaflores alrededor del arrollo volando alegremente de margarita en margarita, el perfume tan peculiar y fresco a hierbas húmedas bañadas en rocío impregnando todo el boque, los saltamontes yendo entre los barrizales en una danza sin igual…y el cuerpo de Ulises envuelto en un charco de sangre, con la petaca vacía, el piano sin sonido y el cortaplumas incrustado en su corazón…

La dama de rojo





Las nueve de la noche. Las agujas del reloj no avanzan más. Esta habitación de hotel pueblerino es húmeda, y tiene ratas en las cañerías. Puedo oírlas nítidamente. Van y vienen de un lado al otro, como buscando lo imposible, al igual que yo... de la ventana a la puerta, de la puerta a la ventana... Y un clima de desesperación que ya me hace transpirar.
El día de hoy se hizo eterno. Y acá sigo…mezcla de cansancio, fastidio, tristeza y olvido. Tratando de no pensar que acabé arruinándolo todo. Aquello que tanto había tardado en construir con esmero y esfuerzo, anoche se había derrumbado en tan solo dos segundos…
Cinco minutos para las diez. La luna llena ilumina la carretera vacía de acceso al oeste. Puedo observar como las copas de los árboles danzan al ritmo del viento otoñal, mientras algunas hojas comienzan el proceso de desprendimiento y caen súbitamente hacia la superficie formando una alfombra amarronada que termina cubriendo parte del asfalto también. Un paisaje digno de fotografía.
Dejo el retrato de Susanna en la mesa de luz. Es lo más importante que conservo. Lo único que me queda de este amor que me carcome por dentro. Me mojo el rostro. La imagen que devuelve el espejo no es la que desearía haber visto jamás. Desgastado, ojeroso, agotado. Soy la sombra del hombre que solía ser.
Las once y media. Decido ir por un trago fuerte que me ayude a dejar en el tintero las penas. Whisky, vodka, vino, cerveza, por separado o todo junto. El hígado me lo agradecería entrada la noche con pataletas y ganas de devolver. Nada peor al infierno que vivo desde anoche. El alcohol me tiene que ayudar a olvidar.
Camino solo, entre las estrellas perdidas en la oscuridad, yo también estoy perdido. El ruido de algún grillo, o los ladridos de algún perro salvaje. Nada me asusta. Voy en camino a olvidarla. Tengo que sacármela de la cabeza. Buscar una compañía, al menos para pasar el resto de la noche. Alejar este dolor que punza fuerte en el medio del pecho y ya casi me impide respirar.
Me arreglo antes de entrar. Trato de peinarme. Acomodarme el cuello de la camisa, enderezarme el saco de pana. Todavía tengo algo de dignidad. Necesitaba encontrar una mujer que me consuele, y para eso debía estar, mínimamente, presentable. Aunque sea para entrar en ese "barsucho" de mala muerte.
El lugar ambientado rústicamente con maderas, y techo de paja, parecía estar bastante concurrido. Un flipper pegado a la puerta de entrada parecía ser la diversión ideal para cualquier aldeano. Me reuso a borrar de mi mente la idea que me azotó la cabeza desde el primer día que llegamos a estos pagos. Odio este condado... y si vine, fue porque ella me lo pidió... Pero fue todo en vano. Ella ya no está, y entre copa y copa, las agujas del reloj aceleran su tránsito y mi imagen de su cuerpo comienza a desvanecerse entre tantas luces que me cegan.
La música alta y yo sentado en ese bar. Todos bailan y yo no encuentro quien me saque de esta postura. Se cierran mis ojos y empiezo a cabecear. Una y otra vez. Cuando estoy a punto de dormirme, sorprendentemente la dama de rojo se hizo presente…

Todo pareció esfumarse. La gente desaparecía, y quedaba solo ella en el centro de la pista. Mitad mujer, mitad rojo. Y ese vestido que encajaba y potenciaba delicadamente cada rincón de su morfología.
Estoy tan embriagado que no logro siquiera verle su rostro entre las penumbras del lugar, pero mi corazón se acelera, mi pulso acrecienta, y mis pupilas se abren como pétalo de flor en plena mañana primaveral. Y ella, danzando sola con bastante alcohol en su cuerpo, esperando seguramente por un verdadero caballero que la conquiste y le haga el amor, le haga verdaderamente el amor.
Actuando impulsivamente y con las pocas fuerzas que tengo de reserva me acerco y me dejo llevar por ese perfume que emana su piel, y con dulzura y suavidad la tomo de la cintura. De fondo, junto al piano y un micrófono, un lugareño de barba prolijamente recortada llamado Chris de Burgh, conocido entre los granjeros por escribir y componer canciones de amor, comienza los acordes de un maravilloso tema: “La dama de rojo esta bailando conmigo. Nadie acá, solo ella y yo. Aquí es donde debía estar. Jamás pude imaginar semejante belleza a mi lado. Nunca olvidare, el modo en que se veía esta noche”. Ambos nos apoderamos de esa canción y la hicimos nuestra.
Su respiración, junto a la mía. Ella brillaba y lo hacía también yo. Es un romance de minutos, pero con la intensidad de toda una vida. Bailando fundidos entre la tenue luz de esa taberna, su vestido rojo pasión, mi aliento a alcohol, los dos éramos uno solo. Me sacuden por dentro sus ojos, no puedo ver su rostro claramente aún, pero ella es especial, solo una pocas habían generado eso en mi.
Esos minutos fueron suficientes para sentirme a salvo, para saciar tantas penas, para sentirme renovado. Si fuera el hombre de esa mujer, jamás la dejaría ir. La cuidaría cual joya preciosa, como porcelana en mis manos, como la octava maravilla del mundo. Me había enamorado de ella. Y ella de mí.
Su frente junto a la mía, tomados de las manos, acariciándonos los dedos, con los ojos cerrados ambos. La música comienza a concluir, y las luces a prenderse. Antes de abrirlos para contemplar esa impresionante belleza, le pregunto su nombre. Jamás olvidare su respuesta. Fue: Susanna.
Ambos nos quedamos inmóviles y bruscamente sin respiro. Nos miramos cara a cara, atónitos, sorprendidos y estupefactos. No podíamos creer lo que teníamos en frente. Era ella... mi esposa, la mujer más hermosa del pueblo, la mujer que me hacía vibrar el alma entera, la mujer que logró enamorarme por segunda vez.
No hizo falta decir nada. Ella, al igual que yo necesitaba saciar su angustia, su desazón. Y éramos tan parecidos que eligió, involuntariamente el mismo lugar que yo para emborracharse y buscar una compañía física que le ayude a que la noche no le fuera tan cruel e hiriente. Fuimos ambos en busca de lo similar. Y nos encontramos nuevamente sin saberlo. Susanna y yo. La dama de rojo y yo.
El cantante de barba recortada se acerco, nos miró fijamente, y nos dijo que cuando su tema fuera un éxito mundial, se acordaría eternamente de nosotros dos. Nos agradeció, se dio media vuelta y se esfumó entre el humo y las luces de la pista de baile.