
El mar jamás había estado tan brillante como la tarde hoy. La luz del sol sobre el agua transparente reflejando un firmamento sonriente y lleno de luz. Caminamos por la playa a paso lento, pero preciso. Tus pies junto a los míos, guiándome sin rumbo fijo. Nada más importa. Tu cabello danza con el viento veraniego y tu sonrisa blanca y sanadora ilumina mis ojos. El sonido de las gaviotas volando cerca de nuestras cabezas, y la música de las olas rebeldes sobre el acantilado. Como si no me quisieras dejar ir, tus dedos me aprietan fuerte las manos, permitiéndome olvidar lo fríos que estaban la última vez que los había tocado. Todo es paz alrededor nuestro.
Nuevamente juntos tu y yo, siempre supe que volverías a buscarme. Fue tan triste para mí aquella mañana de invierno. Me miraste fijo, y con toda la angustia que implicaba, decidiste decirme adiós. El cielo lloró nuestro distanciamiento. Llegué a la casa vacía y sentí tu perfume flotando en el aire. Y venere nuestro amor. Comprendí que había lazos que nunca podían erosionarse, ni aún con el paso despiadado de tiempo. A veces el destino puede transformarse en un enemigo cruel.
Arena tibia, testigo de nuestro andar. Nuestros pies van dejando huellas a lo largo de la costa. El paisaje del mar solo para nosotros dos. Con cada paso hacia delante, la gente de alrededor va desapareciendo. Dos corazones que laten juntos hacia la felicidad plena. Una brisa con sabor a arena quemada acaricia cortésmente nuestros cuerpos. Y nuestro caminar perenne hacia un horizonte lleno de colores.
El mar jamás había estado tan brillante como la tarde de hoy. El aire huele a sal. Tu compañía me devuelve integridad. Te veo tan nítidamente a mi lado y descubro que la luz que irradias es tan fuerte como la del sol. Haces brillar el océano como nadie antes había podido hacerlo. Me froto los ojos una y otra vez, tu cuerpo se abre enteramente hacia el cielo inmenso. Pierdo noción del tiempo y el espacio. Me siento tan libre como un ave. Me aferro a tu pecho como lo hice por primera vez al salir de tu vientre y me quedo acurrucado entre tus brazos. Ojala nadie me arrebate de aquí. Tu luz me invade y me permite ver la verdadera certeza. Dejamos de ser dos para transformarnos en uno. Me expando hacia la totalidad sin dejar de sentir tu esencia pegada a mí. Calma. Serenidad. El mar jamás había estado tan brillante como hoy, y yo jamás me había sentido tan completo y en libertad.
Nuevamente juntos tu y yo, siempre supe que volverías a buscarme. Fue tan triste para mí aquella mañana de invierno. Me miraste fijo, y con toda la angustia que implicaba, decidiste decirme adiós. El cielo lloró nuestro distanciamiento. Llegué a la casa vacía y sentí tu perfume flotando en el aire. Y venere nuestro amor. Comprendí que había lazos que nunca podían erosionarse, ni aún con el paso despiadado de tiempo. A veces el destino puede transformarse en un enemigo cruel.
Arena tibia, testigo de nuestro andar. Nuestros pies van dejando huellas a lo largo de la costa. El paisaje del mar solo para nosotros dos. Con cada paso hacia delante, la gente de alrededor va desapareciendo. Dos corazones que laten juntos hacia la felicidad plena. Una brisa con sabor a arena quemada acaricia cortésmente nuestros cuerpos. Y nuestro caminar perenne hacia un horizonte lleno de colores.
El mar jamás había estado tan brillante como la tarde de hoy. El aire huele a sal. Tu compañía me devuelve integridad. Te veo tan nítidamente a mi lado y descubro que la luz que irradias es tan fuerte como la del sol. Haces brillar el océano como nadie antes había podido hacerlo. Me froto los ojos una y otra vez, tu cuerpo se abre enteramente hacia el cielo inmenso. Pierdo noción del tiempo y el espacio. Me siento tan libre como un ave. Me aferro a tu pecho como lo hice por primera vez al salir de tu vientre y me quedo acurrucado entre tus brazos. Ojala nadie me arrebate de aquí. Tu luz me invade y me permite ver la verdadera certeza. Dejamos de ser dos para transformarnos en uno. Me expando hacia la totalidad sin dejar de sentir tu esencia pegada a mí. Calma. Serenidad. El mar jamás había estado tan brillante como hoy, y yo jamás me había sentido tan completo y en libertad.








