domingo, 6 de diciembre de 2009

Mama

Este cuerpo que en algún momento supo como darme la vida, yace agonizando en una cama de sanatorio. Y con cada uno de tus suspiros agudos al respirar siento que cada vez falta menos. Lo peor de todo es que no puedo hacer nada. Parado inmóvil acaricio tu mano y siento la textura de tu piel, tan suave como la porcelana. Entiendo que tengo que dejarte ir. Debo dejar partir a esa persona que me amó incondicionalmente como nadie pudo hacerlo, sin barreras, sin obstáculos. A esa señora que ha pasado noches enteras de desvelo rogándole a Dios por mi felicidad. A aquella mujer que podía llegar a entenderme sin juzgarme con solo contemplarme desde lejos, sin invasión.

Me quedo observando tus ojitos entreabiertos, puros e inocentes como los de una nena. Danzan yendo de un lado para otro. Se esconden de la oscuridad. Se abren con la luz del sol que entra por la ventana. Estás tan indefensa que te cuidaría toda mi vida. No importa mi destino, ni mis sueños, tampoco mis anhelos. Para siempre soy todo tuyo. No encuentro la manera de aliviar tu dolor. Me siento impotente e inútil a la vez. Maldigo. Aún sin poder entender cómo fue que llegamos hasta esta instancia. Te susurro al oído que si alguna vez te sentiste desprotegida, ahora estoy junto a vos para que no vuelvas a conocer esa sensación. Por fuera soy inmutable. Cierro mis ojos y en ese viaje hacia la introspección descubro que jamás había estado tan desequilibrado y confundido. Viajo en el tiempo...
Hace frío y es de noche. Soy un pequeño asustado por la oscuridad. Mis piecitos no llegan al borde de la cama. Tengo un pijama de rombos azules y el reloj de superman. Pienso en vos. Ahora puedo ver nítidamente tu rostro sonreír y acariciarme. Que alivio. Ya no hay miedo ni dolor en las penumbras...
Hoy es sábado y estamos en el campo. Se respira aire puro y aroma a pasto recién mojado por la lluvia. Me caigo de la bicicleta y me sangra la rodilla. Rompo en llanto pero enseguida acudís a mi llamado. Se graba en la retina de mis ojos tu sonrisa sanadora. Tu abrazo profundo y sincero. Ya no hay mas sangre. Me alejo volando alto entre los árboles del prado floreado y un cielo lleno de aves coloridas que me acompañan...
Llego a nuestro departamento y te escucho gritar con un hombre. Esa persona te lastimó fuerte, y todo lo que te duele a vos, también me angustia a mí. Me interpongo con la rebeldia de un adolescente enfurecido. Ahora soy yo el que te contiene fuertemente y te aleja de esa situación. Llorás entre mis brazos y te digo que todo va a estar bien…

El aroma a encierro y el ruido de la bomba de morfina me hacen volver en si. El mundo de afuera sigue como si nada, pero mi existencia esta cambiando como nunca. Dudo de todo en esta vida material, pero tengo la certeza y creo vehemente que ese vínculo entre nosotros jamás se destruirá. No es una mera casualidad que nuestras almas se hayan encontrado.

Son tus últimos días de vida en esta tierra y tengo la dicha de estar pegado a vos con una fortaleza inimaginable. Será que me la transmitís vos. Aprecio tu valentía. Sos la mujer más fuerte del mundo. Jamás un titubeo, jamás un reproche. Tal vez la vida me quiera modificar a los golpes. Te beso la frente. Puedo sentir el olor que emana de tu piel. Si tuviera la capacidad de hacer algo para que dejes de temblar. Prometo ser cada día mejor persona. Tengo tanto que aprender de vos. Nuestro destino se ha convertido en un reloj a contratiempo. Pone a prueba nuestro amor. Quiere distanciarnos. Destino perverso. Destino funesto. Destino ignorante. Que poco sabe sobre nosotros.




Hoy ya sos un ángel. Estas tatuada en cada átomo de mi ser. Le sacamos la lengua a la muerte. Nos burlamos del destino. Estas en cada nube alta en el firmamento, en cada flor que abre sus pétalos a los rayos del sol, siento tu presencia en el aire que respiro. Pegada a mí. He aprendido de qué se trata vivir. He aprendido de qué se trata morir. Me sacaste el antifaz. Puedo ver el mundo en verdad ahora. Estoy en eje, más fuerte que nunca. Absolutamente convencido que cuando me llegue la hora, vas a estar ahí, elegante, sonriente y llena de luz, con tus brazos abiertos de par en par. Me falta todavía un largo trecho que transitar. No estoy solo. Sos mi motor.

Cierro tus ojitos en el silencioso llamado de la despedida. Me elegiste a mí al momento de tu partida. Confiaste en mí. Te dejaste ir entre mis brazos. Me demostraste que puedo. Y pude. Paradójico pero real, vos me ayudaste a nacer, y yo te ayude a morir. Gracias madre mía.

Solo te diré, HASTA LUEGO…

viernes, 20 de noviembre de 2009

Nadie en casa




En el peor momento de mi vida, nadie en casa. Las ventanas cerradas al mundo exterior y las cortinas sin levantarse. Entro a la cocina, el aroma a fritura pegado sobre las cerámicas de las paredes, en la heladera solamente un sobre de mayonesa en pleno proceso de descomposición y medio limón.

El gusto a encierro sobre el sofá y la comida del gato desparramada entre los almohadones. Procuro no escuchar el goteo de la canilla del lavadero, pero el incesante ruido que contrasta con el silencio, va taladrando mis oídos hasta hacerme perder la paciencia.

Levanto el teléfono, ningún mensaje en el contestador. Tal vez será que he dejado de existir. Reviso mis mails y nada. Prendo la tele, las noticias de la tarde. La vida continúa normalmente para los demás. Hoy hay demoras en la panamericana e inundaciones en el Litoral.

Me recuesto en la cama. Es incómoda la sensación de roce entre mi cuerpo y las sabanas. Ya están sucias. Debería haberlas mandado a lavar hace meses. Sobre mi escritorio me quedo contemplando algunas fotografías de amigos. Los trofeos del último campeonato de futbol que gané y los videos de mis fiestas de cumpleaños. Momentos de gloria. Nada más lejano a eso hoy.

El día se hace largo y la semana eterna. Tampoco hay novedades. El sol se asoma entre los edificios urbanos, pero me quedo escondido en la oscuridad. Prefiero las mañanas de lluvia. Me pregunto si alguien estará pensando en mí. Me desilusiono nuevamente. Tal vez será que he dejado de existir.

Dentro de la alacena, la caja de arroz casi por la mitad. Ayer con un poco de aceite, hoy con una pizca de orégano. Se me hace agua la boca al pensar en un suculento trozo de carne a la parrilla, bien jugoso y dorado. Vuelvo a revisar en cada rincón de la casa, tal vez me haya salteado alguna parte: los cajones del baño, mi escritorio, debajo de la cama, en algún bolsillo de mis camperas de invierno, o en el fondo de mis mochilas…

Nada. Ni una sola moneda más. Nadie a quien pedir, nadie que me las ofrezca. Me impaciento pero el hambre es tan fuerte, que me mentalizo en lo exquisito que puede llegar a ser un buen plato de arroz con orégano. Seco la vajilla con agua y una esponja casi sin espuma ya.

No supermercados, no ropa nueva, no salidas al cine, no comer afuera. Sin crédito en el teléfono. Sin postres en la cena, sin incentivos, sin amigos solidarios, sin luz natural.

Tal vez será que he dejado de existir. Nadie en casa.

lunes, 12 de octubre de 2009

Casi



Casi todos esperaban que naciera el día de la Virgen, porque según la tradición era buen augurio. El cálculo era casi exacto, tenía que ser el 8 de diciembre sí o sí. No podía fallar. La familia entera reunida en la sala de espera casi con los nervios y las expectativas a flor de piel. Los tíos fumando, las tías rezando. Las horas matutinas pasaban, y nada. La tarde se esfumó, y nada. Para la hora de la cena, casi todos los pasillos del sanatorio estaban plagados de imágenes de santos y angelitos, parte de un ritual típico de familia italiana. Rogaban que la nena naciera antes de las 12 de la noche. Casi se cumple el mandato. Pero caprichosa y obstinada ya desde el comienzo, decidió quedarse unas horas más en el vientre de su madre para nacer el día después.

Casi idéntica a su abuela paterna, quien había sido elegida como la joven más elegante de los años 50 por su cabellera rubia y sus ojos brillantes como esmeraldas preciosas. Lástima que la bebita llevaba claramente ojos oscuros y pelo negro. Diminuta pero con llanto potente, casi no dejaba descansar a nadie. Su mamá apenas podía conciliar el sueño. Ya estaba pasada de rosca, toda la jornada yendo de un lado para otro…que la mamadera, que el pañal, que los mosquitos alrededor de la beba, que los sonajeros. Esa mujer casi no tenía tiempo para ella.

Casi tres años después empezó a ir al jardín de infantes. Uno que quedaba casi llegando a la esquina de la Avenida. Costó bastante el periodo de adaptación. Cada vez que sus papas cruzaban la puerta de instituto para poder hacer su vida casi como la gente normal, Jimenita pataleaba y lloraba desconsoladamente sin dejarlos ir en libertad. Casi siempre hacía lo mismo, y su papá casi siempre llegaba tarde al trabajo.

Durante el primario fue casi la mejor alumna, sacaba sobresaliente casi en todas las materias, aunque le costaban los números como a nadie. Casi igual que a su padre, que todavía tenia previa la materia Estadística de quinto año del secundario. Por ende, casi todas las tardes la jovencita tenía clases particulares de matemáticas con una profesora especial.

En la adolescencia, casi siempre salía con su grupo de pertenencia. A pesar de la corta edad, casi todas estaban de novia, menos ella y su mejor amiga, Jazmín. Amaba la pintura con todo su corazón, se consideraba en su género, casi una verdadera expresionista. De grande querría llegar a ser casi tan talentosa como Georges Braque o Pablo Picasso. Casi todas las noches se dormía con su libro de Arte y Arquitectura Alemana apoyado en su pecho, y soñaba con aquellas maravillosas pinturas abstractas de mediados del siglo XX.

Llegaron los quince y casi toda la familia estuvo reunida en la celebración, faltaron algunos primos lejanos del Sur, y alguna que otra tía política, pero nada importante. Jimena estaba hecha casi toda una mujer. Vestido blanco y cola larga, como de recién casada. Bailaron toda la noche, casi hasta el amanecer. Ni bien llego a su casa abrió casi todos los regalos con una emoción indescriptible. Pero las ganas de dormir fueron tan fuertes que se quedó totalmente planchada entre tantas cajas, moños y paquetes de colores.

Al momento de elegir su carrera universitaria, casi se jugó por lo que sentía, el arte. Pero casi todo el mundo le decía que siendo pintora se iba a morir de hambre. Lo medito muchísimo. Puso casi todo en la balanza. Finalmente escogió convertirse en una abogada triste y lúgubre toda su vida. Pero con dinero casi asegurado.

Esa elección, de todos modos, no fue en vano. Y la llevó directamente a alguien muy especial. En la Facultad de Derecho conoció al chico que casi le rompió el corazón. Jimena se enamoró locamente del alumno más intelectual de la carrera. Casi como Clar Kent en Superman 2. Traje gris claro al cuerpo, bien estilizado, gomina al costado, anteojos de marco negro, y un porte al caminar que solo tenían los galanes hollywoodenses. Digno de ser visto. Y deseado.

Jamás se animó a hablarle. Ella lo contemplaba desde su pupitre sin cansarse mientras los Doctores explicitaban las leyes más importantes al frente de la clase. Se volvía loca con cada gesto de aquel hombre. Casi sin darse cuenta se dió cuenta que casi nunca había sentido algo así. Se dejó llevar…

Una tarde casi primaveral fueron a una fiesta de cumpleaños de un amigo de la universidad en un campo casi cerca de Mercedes. Jimena con un vestido floreado, más linda que nunca. Todas las miradas puestas en ella. Bueno, casi todas, por que la de su galán parecía apuntar hacia otro lado. Respiró profundo, juntó fuerzas, y marchó con rumbo directo por entre medio de la masa hacia su objetivo: el muchachito de los anteojos eternos. Casi se le declaró, pero al final no tuvo el valor suficiente para mirarlo a los ojos. Casi se desmayó de los nervios. Sus compañeros de clase tuvieron que asistirla.

Casi dos meses más tarde se graduaron. Le escribió una profunda declaración de amor plasmada en un papel con sobre rosado. Era su última oportunidad de tenerlo frente a frente. Se la tenía que dar en la mano, sin titubeo alguno. Estaba segura que eran casi el uno para el otro. Pensó que este tipo de certezas casi nunca se daban en la vida. Llovía torrencialmente y el auto no llegaba. Casi siempre, en noches de tormenta el servicio de radio taxis funcionaba con demoras.

Mas confiada que nunca llegó al lugar del encuentro casi dos horas tarde. Todos se abrazaban y festejaban con sus familiares y amigos la entrega de diplomas. Jimena buscaba casi por todos lados, y no aparecía su amor. Los minutos pasaban y la sospecha de que la carta jamás llegara a destino se potenciaba. En un último impulso mezclado con resignación se animó a preguntar dónde estaba. Con algunas copas de vino de mas, un compañero le aclaró que se había retirado casi un rato antes de que ella llegara porque al otro día viajaba a México a ver una interesante propuesta de trabajo. Y era casi seguro que se radicara en esos pagos.

Jimena tardó años en olvidarlo. Aunque finalmente se casó con un hombre que conoció en un viaje por el norte del país. Mucho mas grande que ella, de la alta aristocracia porteña, heredero de una fortuna inconmensurable y un poco excedido de peso. Casi todo lo contario a lo que soñó de pequeña. Excepto que este señor era un buen hombre que la cuidaba y acompañaba mucho, en cualquier lugar y casi en todo momento.

Casi nadie sabía que el esposo de Jimena era estéril. Por ende, nunca tuvieron hijos. Fue un lindo matrimonio, plagado de lujos, viajes y regalos. Cosas absolutamente insignificantes para la Dra. Balcarce. Cuando enviudó, quedó sola en una mansión magnánima con toda la riqueza en su haber. Casi siempre, los ambientes de su casa le parecían demasiado grandes y fríos. Así que busco una actividad que la ayudara a superar estados casi depresivos.

Nuevamente se había volcado a su pasión de jovencita: la pintura. Se pasaba casi todo el día coloreando para cumplir su gran sueño: una exposición donde ella fuera la reina y responsable de todo que se exhibía. Pensaba gastar casi toda su plata en ese importante evento. Por primera vez en la vida sentía que hacía lo que realmente le daba felicidad. Se pasaba la mayoría de sus horas frente a sus cuadros ultimando sus detalles finales. Casi siempre ponía música clásica bien alta y pintaba al son de las melodías. Se ocupó, el día lunes, de alquilar el salón más costoso del Malba, del servicio de Catering, y las invitaciones personales a la gente más “paqueta” de Buenos Aires. Casi llegando al fin de semana se encargaría de todos los gastos.

El miércoles a la noche tuvo una cena con amigos de amigos en Puerto Madero. Sabía que al día siguiente madrugaría, por lo tanto, emprendió su vuelta casi antes de que la luna se pusiera por encima del Puente de la Mujer. Cuando llegó a la casa casi se infarta. No podía creer lo que veían sus ojos. Alguien había entrado a robar y se había llevado casi todo. Corrió bruscamente hacia el escritorio sin pensar que recibiría casi la peor noticia de su vida. Se quedó casi paralizada frente a la caja fuerte abierta violentamente y totalmente vacía. Su fortuna desaparecía de repente y con ella, casi todos sus sueños.

Vendió casi todas sus amadas pinturas a un judío que tenia una casa de antigüedades en un local de San Telmo, casi a tres cuadras de la Plaza. Su cuadro predilecto se lo dejó a su amiga del secundario, Jazmín, quien la había acompañado como casi nadie en esta terrible desgracia. Se lamentaba, año tras año, pensando constantemente en la exposición que casi todos hubiera disfrutado. Estaban todas sus energías puestas ahí, pero no pudo ser, casi si… pero no.

Le diagnosticaron un cáncer terminal a los 78 años de edad. Con su rostro casi todo arrugado, su cuerpo encorvado cual endeble anciana, y sus pocas ganas de seguir adelante, Doña Jimena se puso a organizar su velorio con anticipación. Un buen servicio de café y masitas caseras no podía faltar. Pensó en un ataúd ecológico, color verde y elaborado con cartón reciclado resistente al agua, y equipado con sistema de ventilación. Casi todos traerían flores, así que decoraría casi todo el salón con canteros tipo orientales y sahumerios frutales para evitar casi todo el olor de su cuerpo en periodo de putrefacción.

La tarde antes de fallecer se quedo en compañía de Jazmín, que también estaba más cerca del arpa que le la guitarra. Casi toda la jornada platicaron sobre aquellos días de juventud y de esa infancia casi inolvidable que ambas habían disfrutado. Casi antes de cerrar los ojos y dirigirse hacia la eternidad, le tomó la mano a su querida amiga, le hizo una sonrisa casi de complicidad y se dejó partir en total silencio…

Jazmín se quedó contemplando la imagen de ese cuerpo débil y casi quebradizo que tanta quimioterapia había soportado. Se agarró fuerte y como pudo de la baranda de metal, y besó la frente de aquel cadáver. Pensó que el destino de una persona podía estar lleno de “casi”, y casi sin meditarlo mucho y con sus ojitos llenos de lágrimas, se marchó de aquel hospital rogándole a Dios que el paraíso fuera casi tan lindo como casi todos lo imaginamos.

jueves, 8 de octubre de 2009

Silencio de Mujer



Ella guardaba un secreto. Uno de esos secretos que jamás deben ser revelados…


Durante años conviviendo con el silencio de no poder expresarlo de la boca para afuera, pero contrariamente, con la fogosidad interna de atesorarlo como algo íntimo dentro de lo más profundo de su ser. Un secreto puede ser en la vida de una mujer mucho más que una máscara o un disfraz. Es la sensación de percibir identidad, intimidad, privacidad. Un secreto puede ser un compañero fiel. Una ilusión ardiente que escondida dentro de las entrañas, termina motorizando las ganas de seguir adelante. Atesorado en un rincón inviolable, nadie accede a él. Solo la persona que lo contiene, que lo escucha llorar cuando provoca tristeza, o que lo escucha gritar, cuando a través de la rebeldía quiere salir a la luz. Pero hay cosas que son mejores cuando no se dicen. Cuando quedan enterradas en lo profundo de un alma que clama entre las tinieblas por una justicia que no suele llegar. Cuando quedan enterradas bajo tierra, lejos del sol, lejos del mundo.

Los años pasaban y entre el silencio de cada noche ella establecía contacto nuevamente con su secreto. Cerraba los ojos y contemplaba el rostro cálido de aquel amor prohibido que ya no estaba. Sus vellos faciales, las marcas de expresión, su aliento espeso. Se estremecía por completo. Su cuerpo latía con intensidad haciéndole recordar cuan viva estaba. Podía sentir el choque de ambos labios, dulces como miel caliente. Una sensación extraña fomentaba calor entre sus piernas y escalofrío en su vientre. Pezones erectos y subyugada al deseo de querer ser penetrada. De cuerpo y alma.

Era su momento, nadie debía percatarse de ello. Un encuentro con ella misma. Un cuerpo ardiente y sudado entre los pliegues las sabanas, entre la sombras de la oscuridad, entre la quietud de la noche enmudecida. Solo unas pocas mujeres podrían considerarse afortunadas por haber vivido un amor así. Desinteresado, apasionado, limpio, transparente. Uno de esos amoríos que, al guardarse bajo llave en un cofre sagrado, quedan plasmados en el terreno de la eternidad y la inmortalidad.

Se quedaba dormida naufragando en un océano de lágrimas, algunas de felicidad, otras de tristeza. Con su secreto a cuestas. En esa cama doble, su cuerpo reposando junto al de un extraño al que llamaban “esposo” y con el cual había concebido lo más maravilloso de su existir…sus hijos.

domingo, 27 de septiembre de 2009

El Dr. Maravilla



Mientras el Dr. González contemplaba desde la ventana de su despacho como se desataba la tormenta furiosa, rebelde e impetuosa sobre las aguas del atlántico, sentía una leve intranquilidad punzando sobre su pecho.

Es que no había sido, precisamente, uno de sus mejores días. Los años iban pasando y casi sin darse cuenta, algunas personas comenzaban el proceso de la despedida. Frente a la rutina y obligaciones laborales muchas veces uno se distraía de las cosas que realmente debían ser valorizadas. Con su delantal verde y perfectamente cuidado se quedó inmóvil contemplando ese diluvio con sabor a muerte. Un cielo negro, frió y un océano que abofeteaba incesantemente las piedras de la playa de aquella cuidad.

Por un instante se abstrajo de la realidad y volvió a su infancia. Pudo verse en las playas ardientes en pleno enero corriendo con furia hacia los brazos seguros y acogedores de su padre, tratando de evitar quemarse la planta de sus piecitos. Se recordó sonriendo al ver como los teros danzaban alrededor de las olas veraniegas, y conmovido por la llegada de la primera estrella sobre el mar. El viento sobre sus cabellos dorados, la piel tostada, brillosa y el gusto a arena quemada en su boca. En total silencio y con las manos apoyadas sobre los cristales empañados por los chaparrones, el Dr. viajaba atrás en el tiempo…

Abrió sus ojos. La melancolía de un paisaje lluvioso. Las calles empapadas, el agua corriendo por las alcantarillas, el gris húmedo sobre la copa de los árboles, y el penetrante ruido de un mar violentado. Pudo sentir como las fuertes ráfagas de viento rumbeando hacia la nada, se llevaban lejos aquellas memorias atesoradas en los rincones más sagrados de su corazón… Cuanta agua había caído bajo el puente, cuantas cosas habían cambiado de modo tan drástico…

Alguien golpeó la puerta en forma desesperada. Volvió repentinamente a percibir el ruido de los pasillos de la clínica, el olor a quirófano en su oficina y el cansancio sobre sus espaldas. Respiró profundo dejando atrás ese ligero momento y con su mejor sonrisa recibió a una mujer, su hijo y un cachorrito llamado Beto agonizando.

El animalito estaba realmente grave. Era un perrito de la calle, compañero de aquel niño humilde, de la calle también. No le quedaban muchas horas de vida. Era una muerte compartida, una despedida que lastimaba por dos. Como hacerle entender a aquel chiquito que su amiguito más fiel se iría para siempre, sin explicación o lógica alguna que pudiera alivianar su desconsuelo.

No había manera de encontrar los causales de semejante mal en Beto. Sin los estudios médicos no se podía diagnosticar nada. La mamá no tenia el dinero suficiente para hacerse cargo de análisis tan caros, por esa razón el futuro de la mascota no llegaría a buen puerto. El Dr. y la señora, entonces decidieron sacrificarlo.

Aquellas manos que instantes atrás intentaban tocar la tormenta desde la ventana del consultorio, eran las encargadas ahora de llenar la jeringa con el eutanásico letal que acabaría con la vida de Beto, pero también con su sufrimiento. El niño, empapado en lágrimas, se aferraba a su madre. Sus ojos puros e inocentes, conocían por primera vez una mala jugada del destino. Casi sin sentirlo y basándose en su ética profesional el Dr. se concentraba en llevar a cabo su trabajo.

Silencio absoluto, el cielo relampagueante, y los recuerdos que se hicieron presentes nuevamente en la retina de los ojos del Doctor. Preparado para vaciar el líquido sobre el muslo de Beto y terminar de una vez por todas con ese asunto, no pudo aislarse de la angustia que se respiraba entre esas cuatro paredes y del peso del aire sobre sus hombros. Cualquier otro veterinario no hubiera vacilado en hacer lo que le correspondía. Pero no pudo, no esta vez…

En un acto de impulsión extremo, arrojó la jeringa al lavatorio, como si fuera un arma cargada a punto de ser gatillada, abrió el agua de la pileta y se aseguró que la droga se disolviera entre el plateado de la cañería hasta desaparecer del todo. Tomó el teléfono y mandó a hacer todos los análisis pertinentes para descubrir la enfermedad de Beto. Los gastos correrían por su propia cuenta.

El niño, abrazado al vientre de su mamá, dejó de llorar mientras acariciaba a su compinche con la esperanza de que la situación pudiera mejorar…


La luna llena brillando sobre el mar en perfecta quietud. El asfalto todavía mojado, las hojas de los árboles limpias y purificadas por la incesante lluvia de la jornada, un tecito caliente sobre la mesa de roble, su libro preferido, y el Dr. González valorando ese momento como si fuera el último. Respiró profundo el sabor a hiervas que salía de la pava, recostó su cabeza sobre el respaldo de la hamaca y pensó que seguramente Beto moriría, pero se consoló al saber que al menos, de su parte, había hecho todo lo posible…

lunes, 14 de septiembre de 2009





Con su mirada apuntando fijamente hacia mi rostro, me preguntó si estaba enamorado. Me tomé mi tiempo para contestar. Cerré mis ojos en completo silencio y me deje llevar…

Podía oler ahora, que desde la cocina llegaba el suave aroma del café recién preparado, con mucha espuma, cacao y una pizca de licor de naranja, como a mi me gustaba tomarlo. La ventana de cristales empañados permitía descubrir cómo tímidamente la pradera se cubría de un manto blanco y frió. Los copos de nieve danzado por entre la copa de los sauces y un cielo rosado que acariciaba los primeros rayos de un endeble sol de invierno.

Me masajeó el cuello pasándome un aceite de almendras mientras el tiempo se esfumaba entre las agujas del reloj. Cubrió mi torso desnudo con una manta de lana de tejido grueso y abrigado con pompones en piel de zorro. Reavivó el fuego del hogar con leño del bosque, y puso una mansa música celta que terminaba de endulzar aquel momento.

Hacía mucho que no me sentía tan cuidado por alguien. Todo era perfecto. El toque apacible de sus manos sanadoras recorriendo cada rincón de mi piel me transportaba a un estadío de armonía extremo y completo. Me relajaba acostado en el acolchado de plumas. Solo se escuchaba el crujir de las maderas que carbonizaban entre las llamas ardientes aclimatando la habitación de aquella cabaña rústica y acogedora. Hubiera deseado que este amanecer continúe durante toda mi vida.

Mi mente se plagaba de pensamientos bonitos, mi corazón latía con intensidad y mis ojos observaban cómo semejante belleza me rodeaba en ese lecho de pétalos. Ahora las caricias llegaban hasta los dedos de mis pies, que se fundían afinadamente con los dedos de sus manos. Placer extremo que me movilizaba hasta las lágrimas. Se me ponía la piel de gallina. Todo parecía un sueño perfecto del cual no quería despertar. Seguía en silencio, con mis ojos cerrados, pero con mis percepciones atentas a cada accionar, entregado a sus brazos que me envolvían el cuerpo y el alma.

Con su mirada apuntando fijamente hacia mi rostro, me preguntó nuevamente si estaba enamorado. Me tomé mi tiempo para contestar, pero finalmente hubo una respuesta.

Fue…no.

Entendí, entonces, que muchas veces las cosas no pueden elegirse, por más que uno quiera. Volví a aflojarme, respiré profundo el aroma a café casero y continué disfrutando…

domingo, 13 de septiembre de 2009

San Agustín





Cuenta una historia conocida ya por muchos de nosotros que San Agustín, quien dedicaba gran parte de su tiempo a reflexionar sobre los enigmas de la vida, se paseaba una tarde anaranjada de verano por las costas del río Jordan cuando se topó con un niñito inquieto y movedizo. El teólogo quería encontrar una respuesta que lo ayudara a interpretar el misterio de la Santísima Trinidad. Pensaba, entonces, sin cesar mientras caminaba por la cálida y tibia arena de la playa.

Repentinamente detuvo su atención en aquel pequeño que había cavado un hoyo en la arena y andaba de un lado hacia otro. El chiquitín corría hacia la orilla, llenaba una concha que tenia en sus manos con las aguas del río y depositaba esa agua en el agujero que había hecho. Al notar ese accionar, el Santo se acercó y le preguntó al niño por que lo hacía, a lo que el nene contestó que intentaba vaciar toda el agua del Jordan en el hoyo en la arena. Al escucharlo, San Agustín le explicó que eso era absolutamente imposible. Por un momento y como ángel caído del cielo, la criatura tomó la mano del Santo y le respondió que si aquello era imposible, más imposible sería tratar de descifrar el misterio de la Santísima Trinidad.

Agustín agachó su cabeza y se quedó un instante contemplando fijamente sus propios pies. Al mirar nuevamente hacia el horizonte, el niño había desaparecido, y el agujero en la arena también.

Pablo se levantó temprano aquella mañana primaveral de setiembre. No se había podido relajar del todo. Pensaba acerca de lo sabio que podía llegar a ser el destino. Te quita por un lado, te da por el otro…

Luego de algunos meses de oscuridad necesitaba creer que pronto llegaría una etapa de luz y un cambio radical en su vida. Se miró en el espejo y trató de entender de donde podía salir semejante torbellino de amor hacia un ser que aún no conocía físicamente, pero que podía distinguir en su espíritu casi en forma perfecta. Lo había esperado durante meses, y por fin, ese momento estaba llegando.

Cuando pudo tenerlo entre sus brazos, la inmensidad pareció tomar la forma de un diminuto cuerpecito de bebe. El mundo de afuera se abstrajo, nada mas importaba que contemplar la quietud y paz que ese ser vulnerable e indefenso emanaba. No pudo quitarle sus ojos de encima, sentía que su corazón le estallaba de alegría.

No dejaba de preguntarse cómo podía suceder que dentro de una persona conviviesen sentimientos tan encontrados y opuestos a la vez. Hace un mes, el llanto y la soledad. Ahora, la placidez extrema de sentirse tan completo interiormente. Atinó a entender cual era el plan que Dios tendía para su vida, pero no pudo encontrar respuesta.

Mientras mecía a Agustín entre sus brazos, intentaba deducir qué somos, cuál es el motivo por el que sentimos como sentimos, y la razón por la que estamos donde estamos, quien diseña cada etapa de nuestra vida, por qué cada vez que una puerta se cierra, misteriosamente otra se abre…

Tampoco halló respuestas. Será tal vez, que intentar entender tantas incógnitas podría llegar a ser tan imposible como introducir el agua de un río entero en un pequeño hoyo de arena.

Miró a su alrededor…la habitación de sanatorio…los globos en la puerta...la familia abrazándose por la buena nueva…la sensación de felicidad flotando en el aire…y el gran protagonista, Agustín, acurrucadito cómodamente entre los brazos de su tío y sin ninguna intención de moverse…

domingo, 6 de septiembre de 2009

Mujer amante





Todos tenemos dos caras.

Por las noches, justo cuando la luna sorprendía erguida en lo alto del cielo como observando todo lo que sucede aquí abajo, solía vagabundear entre el tráfico urbano. Nadie la reconocía. Cuando el reloj marcaba las cero horas, ella dejaba de ser la madre dedicada y sonriente que todos conocían. Caminaba lejos de su casa, apartándose del padecimiento que le remordía las entrañas al saberse en tanta soledad. Buscaba gente tan solitaria como ella, y comenzaba su labor.

Fumaba y continuaba su paso entre las oscuridad del empedrado hasta su esquina favorita. Aquella en la cual ella era dueña y señora de todo lo que acontecía. Perfecta anatomía. Medias apretadas, negro ajustado al cuerpo, piernas a prueba de frío, excesivo rimmel, buen maquillaje que disimulara el cansancio que denotaba su rostro y actitud…sobre todo actitud.

Buscaba alguien que, preso de su deseo, la llevara al hotel más cercano. Prestaba atención a aquellas miradas tramposas que se esfumaban tras los cristales de los autos que rondaban a su alrededor incesantemente. Y ella, cual objeto atractivo, sugestivo, y jugoso, emanaba seducción en cada movimiento por más insignificante que fuera. Era fuego puro carbonizando entre la lúgubre oscuridad de ese punto de la ciudad.

Las oportunidades le llovían aquella noche. Subía y bajaba de los vehículos como verdadera empresaria de la noche, conociendo perfectamente de que se trataba ese negocio. La carne quemaba en cada encuentro íntimo. La deseaban, la disfrutaban, la olían suavemente, se ponían todos los instintos en juego. Lamían sus partes más húmedas y ella entregaba desprejuiciadamente el néctar dentro de su cuerpo. Era una profesional de los códigos nocturnos. Su mente concentrada, su cuerpo ardiendo, y su corazón en blanco.

Antes del amanecer emprendía el regreso a su hogar. La luz era ingrata en estos casos. Dentro de su habitación se refugiaba en su escondite. Le brotaba una angustia repentina. Se bañaba llorando, el baño era purificación, tratando de que el jabón y el agua pudieran borrarle esas marcas nefastas sobre su piel. Pero los recuerdos repulsivos de cada noche, ¿Como se los borraría?

Se acostaba entre las sabanas congeladas, envuelta en perfume pero sin poder dejar de sentir el aliento hirviente de aquellos desconocidos a quienes había besado apasionadamente. No sentía al cuerpo como algo propio y trataba de relajar su cabeza. Cada madrugada el mismo ritual. Tomaba las fotos de sus hijos, las apretujaba fuerte sobre su pecho pensando en sus sonrisas y, recién ahí, lograba dormirse en total paz y quietud.

Solo por un rato. En cuestión de minutos el despertador anunciaría la llegada de un nuevo día…

Despertar a los chicos, el desayuno, llevarlos al colegio, los quehaceres de la casa, y salir sonriendo al supermercado a hacer las compras del día, como si nada hubiera sucedido.

martes, 1 de septiembre de 2009

Desencuentros




Cuando ella subía, él bajaba. Cuando ella soñaba despierta, él simplemente dormía. Cuando él entendía asegurarse de lo que sentía, ella titubeaba. Nunca terminaban de ponerse de acuerdo. Ambos dando vueltas eternas en una calesita que jamás dejaba de funcionar…
Ella caminaba entre la muchedumbre vistiendo el anillo que él le había regalado al finalizar la secundaria. No se lo sacaba ni para dormir. De vez en cuando, si la invadía una melancólica tristeza, con solo cuestión de mirar como el dorado eslabón brillaba en su mano, una sonrisa le salía del alma. Y recordaba, por supuesto, como en aquel grato e irrisorio momento en el día de graduación en el cual él le confesaba su eterno amorío, ella todavía no estaba segura si lo quería como amigo o algo mas que eso…
Dejaron de verse por dos años, y ella se dio cuenta de lo que sentía en ese lapso de tiempo. Lo buscó por todos lados pero no lo encontraba por ninguna parte. Cuando junto coraje y lo llamó a su casa, lo atendió una anciana y le dijo que esa familia ya no vivía mas allí.
Él había rehecho su vida con otra chica, pero jamás se había podido olvidar de su compañera de colegio. Besaba a una pensando en la otra y sufriendo por el supuesto amor no correspondido. Por la noche lo atosigaban sus recuerdos. Se preguntaba que habría sido de aquel añillo muestra de pasión y romance que le había puesto en el dedo aquella tarde primaveral en la que se despedían del secundario. Que bien le quedaba el Jumper. Sus piernas delgadas y perfectamente curvilíneas. Y ese beso que no se había concretado nunca…
Se toparon de pura casualidad, como llamándose con la mente y el pensamiento, cuando el débil sol de invierno se alzaba sobre los altos edificios de la urbe en la puerta de un Shopping. Él, en remera desafiando las bajas temperaturas salía de comprar un celular; ella abrigada hasta el cuello y titubeando congelada, entraba a comprar un regalo. Se cruzaron las miradas y ambos quedaron helados.
Tardaron más de media hora en elegir un lugar para tomar algo. Ella jugo, él café. Cuando él noto que el anillo aun seguía en su dedo anular, se tranquilizo. Ella abría sus ojos y lo inhibía fijamente. Él bajaba su visual concentrado más en la mugre del suelo que en lo que esa intensa mirada verdosa le trataba de decir. Charlaron como pudieron durante toda la mañana. Se despidieron con un beso apasionado. A él le temblaban los brazos, a ella las piernas. Quedaron en contacto vía e-mail.
Seis meses más tarde se casaban. Ella quería luna de miel en Brasil, él en el Caribe. Tiraron la moneda pero el presupuesto les dio para Mar del Plata. Ella quería un bebe, pero él no estaba seguro de poder ser un buen padre todavía. Ella deseaba casa con pileta y jardín, y él departamento en pleno San Telmo.
Convivieron durante muchos años sin encontrar un equilibrio ni nada que les genere satisfacción mutua. Pero existía algo indescriptible que los mantenía unidos como pareja. Cuando él quiso agrandar la familia, ella ya estaba menopáusica y con sus pechos caídos. En el momento en el cual él quería disfrutar su vejez en un lugar con verde árboles y sol, ella ya se había acostumbrado al tráfico de la cuidad y a tener todo cerca.
Mientras la noticias de la primera tarde anunciaban a un nuevo millonario de la lotería, ella se percató de que él no estaba roncando alto como lo hacia cada vez que dormía siesta. Se acercó y dio cuenta que estaba sin vida. Lloró afligidamente apretando su cuerpo y su ancianidad. Le puso ese anillo tan especial para que lo usara durante toda la eternidad. Lo enterraron en Chacarita.
Ella murió de tristeza ocho meses mas tarde, mientras bordaba un delantal y pensaba lo feliz que podrían haber sido juntos. Hubieran corrido por el universo. Hubieran tenido un amor afortunado. Hubieran podido divertirse. Antes de dar su respiro letal, ella pensó que la vida de dos personas podía estar plagada de desencuentros.
Su esposo le había pedido que la enterraran junto a él. Ella decidió que seria mejor que la cremaran y tiraran sus cenizas en el campo. La idea de ser consumida por los bichos bajo tierra le aterraba…

domingo, 30 de agosto de 2009

¿Estoico?




Una historia que acababa… otra nueva que obligadamente debía comenzar. No sabía si estaba listo para empezar de nuevo. Pensó en todo el esfuerzo que había requerido construir lo que por estos días se había terminado de desmoronar. Tanto sacrificio, tanto sentimiento, tanta pasión entregada… para terminar solo, sentado al pie de esa colina, mirando como el inmenso cielo aterciopelado, que muchas veces había sido cómplice de gratos momentos, poco a poco se iba oscureciendo, dejándole como indicio que seguramente vendrían noches oscuras y sin estrellas para pedir deseos.

Allí estaba entonces Ulises, indefenso e insignificante frente a tanta magnanimidad sobre su cabeza. Esperando que tal vez alguna estrella se asome entre tanta penumbra, dándole señal de que no todo estaba perdido, que podría creer que en algún momento la felicidad y él llegarían a entenderse un poco mejor.

Sus percepciones estaban a flor de piel, por primera vez tenia la capacidad de escuchar el ruido armónico del canto de los grillos, como también sentir el aroma del rocío recién caído sobre los prados. Decidió alejarse de todo para poder pensar en silencio sobre lo que le estaba tocando vivir. Para asumir que en su nueva realidad solo se tenia a el mismo. Tomó el camino de tierra hacia el comienzo del arrollo y caminó entre los árboles pelados sin rumbo fijo pateando las hojas amarronadas y secas que plagaban el suelo. Buscó flores entre el verde, pero solo encontraba más verde. Se sentía con vehemencia el aire con sabor a otoño y los primeros fríos pegando sutilmente sobre su rostro.

De vez en cuando se cruzaba en sus retinas la imagen se ese amor que tanta angustia le generaba. Trataba de ignorar esa foto en su mente pero le era casi imposible. Sus ojos se llenaban de lágrimas y el pulso de su corazón se aceleraba. Nadie podía consolarlo ahora, no había una mano que lo tomara y lo contuviera. Solo el vacío y un paisaje desolador a su alrededor.

Llegó hasta una casilla de cemento abandonada entre medio de algunos matorrales. Parecía estar deshabitada. Se aproximó hacia la ventana, limpió los vidrios empañados con la manga de su buzo y tuvo una visión perfecta. Movió la cabeza de un lado a otro hasta que centró su visual en un punto fijo. Allí estaba él…

De color negro lustroso y acompañado de una luz tenue que llegaba desde afuera, erguido y majestuoso, era sin duda una presencia que irradiaba fuerte personalidad. Ulises pensó en entrar, poderlo tocarlo y descargar de una vez tanta lívido almacenada en su cuerpo. Echó una mirada hacia ambos lados. Solo hojas secas, ramas duras, un cielo acuoso y cargado que comenzaba a relampaguear y la puerta de entrada de aquella casucha que lo invitaba a ingresar. Por fin había encontrado el refugio indicado.

Se acercó al solitario piano entonces, y con una petaca de whisky en su bolsillo cómplice de su pesar, comenzó a palpar los acordes de aquella canción que había bautizado como “nuestra”. Jamás le había prestado tanta atención como le estaba haciendo ahora. Cada nota, cada sonido… esa melodía que hablaba tanto de ellos, de lo que significaba para su historia, y de cómo su belleza singular había generado semejante movilización de sentimientos dentro de él.

Se desató la tormenta. Con cada gota de lluvia en el ocaso de la noche húmeda, un recuerdo nuevo entre sus ojos revitalizaba cada momento vivido. Mientras sus manos incansables descargaban en las teclas del piano todo eso que su corazón les iba dictando, sin pausa alguna sin vacilación ni titubeo, el sonido de la balada envolvía de estremecimiento cada recoveco de la habitación. Cautivo de esa canción y de su imagen no se cansaba de escucharla. Una y otra vez junto a la tormenta que se desanudaba furiosa y rebelde en un cielo saturado de agua, al igual que sus ojos apunto de estallar en lágrimas.

Aquella cena en la que le preguntó si lo amaba había sido el detonante. La mirada de su nena ya no era la misma, el retraso de la respuesta le había hecho entender donde estaba parado. El silencio cortaba como cuchillo y el tiempo se detenía en un hoyo sin fin donde el fuego parecía no quemar, pero la angustia si. Tal vez la intención no era lastimarlo, pero ¿cómo salir ileso cuando había tanto involucramiento de por medio? Ulises no era nadie para juzgarla, en lo que decía o hacia…el tiempo daría las respuestas pertinentes, cuando entre medio de las pesadillas ambos abrieran sus ojos para preferir seguir durmiendo a tener que soportar la cruel y desalmada realidad de vivir el uno sin el otro.

Varias veces había tenido que decir adiós, pero esta era sin duda la peor de todas. Se sentía tan vulnerable que frente a cualquier circunstancia tendía a quebrarse y caer rendido a sus reminiscencias. Cada acorde explicitado por el piano, era como una nueva plegaria mandada a los Ángeles rogando una nueva chance.

Mientras las horas pasaban Ulises seguía preso de su historia y poniéndose cada vez mas loco. La petaca estaba vacía y el whisky corriendo por sus venas ardidas de pena y puro dolor. Caído abruptamente en el suelo, por fin tomo la decisión que había premeditado durante toda la jornada. Tanteó como pudo con sus manos el bolsillo superior de su chaleco, y en una actitud estoica sacó el cortaplumas a la luz de la luna mientras su pulso le temblaba. Lo contempló fijamente durante unos minutos. Silencio total. Pensó lo absurdo que sería el pasar de las horas sin su nena. El filo brilloso, perfecto y preciso del cuchillo era el camino estrecho hacia la paz que tanto necesitaba. Ya no había otra opción. Era eso…o eso.

Volvió a avistar donde estaba. Se sintió como la nada. Tirado en medio de un lugar perdido del planeta, sin nade alrededor. Meditó que con o sin el, el mundo seguiría su tránsito de todos modos. Cerró los ojos pensando en esa sonrisa que tantas veces había besado y que jamás volvería a ver, y con un último respiro profundo y aletargado…casi sin pensarlo dos veces…estrujó el incisivo y letal cortante de metal en su pecho, y se dejo ir…

Repentinamente y como por arte de magia la lluvia cesó. Los primeros rayos violetas del amanecer se reflejaban tras la quietud de los árboles y sierras de aquel acampado. El canto de los pájaros anunciando la presencia de un perfecto arco iris fundiéndose en el horizonte, los picaflores alrededor del arrollo volando alegremente de margarita en margarita, el perfume tan peculiar y fresco a hierbas húmedas bañadas en rocío impregnando todo el boque, los saltamontes yendo entre los barrizales en una danza sin igual…y el cuerpo de Ulises envuelto en un charco de sangre, con la petaca vacía, el piano sin sonido y el cortaplumas incrustado en su corazón…

La dama de rojo





Las nueve de la noche. Las agujas del reloj no avanzan más. Esta habitación de hotel pueblerino es húmeda, y tiene ratas en las cañerías. Puedo oírlas nítidamente. Van y vienen de un lado al otro, como buscando lo imposible, al igual que yo... de la ventana a la puerta, de la puerta a la ventana... Y un clima de desesperación que ya me hace transpirar.
El día de hoy se hizo eterno. Y acá sigo…mezcla de cansancio, fastidio, tristeza y olvido. Tratando de no pensar que acabé arruinándolo todo. Aquello que tanto había tardado en construir con esmero y esfuerzo, anoche se había derrumbado en tan solo dos segundos…
Cinco minutos para las diez. La luna llena ilumina la carretera vacía de acceso al oeste. Puedo observar como las copas de los árboles danzan al ritmo del viento otoñal, mientras algunas hojas comienzan el proceso de desprendimiento y caen súbitamente hacia la superficie formando una alfombra amarronada que termina cubriendo parte del asfalto también. Un paisaje digno de fotografía.
Dejo el retrato de Susanna en la mesa de luz. Es lo más importante que conservo. Lo único que me queda de este amor que me carcome por dentro. Me mojo el rostro. La imagen que devuelve el espejo no es la que desearía haber visto jamás. Desgastado, ojeroso, agotado. Soy la sombra del hombre que solía ser.
Las once y media. Decido ir por un trago fuerte que me ayude a dejar en el tintero las penas. Whisky, vodka, vino, cerveza, por separado o todo junto. El hígado me lo agradecería entrada la noche con pataletas y ganas de devolver. Nada peor al infierno que vivo desde anoche. El alcohol me tiene que ayudar a olvidar.
Camino solo, entre las estrellas perdidas en la oscuridad, yo también estoy perdido. El ruido de algún grillo, o los ladridos de algún perro salvaje. Nada me asusta. Voy en camino a olvidarla. Tengo que sacármela de la cabeza. Buscar una compañía, al menos para pasar el resto de la noche. Alejar este dolor que punza fuerte en el medio del pecho y ya casi me impide respirar.
Me arreglo antes de entrar. Trato de peinarme. Acomodarme el cuello de la camisa, enderezarme el saco de pana. Todavía tengo algo de dignidad. Necesitaba encontrar una mujer que me consuele, y para eso debía estar, mínimamente, presentable. Aunque sea para entrar en ese "barsucho" de mala muerte.
El lugar ambientado rústicamente con maderas, y techo de paja, parecía estar bastante concurrido. Un flipper pegado a la puerta de entrada parecía ser la diversión ideal para cualquier aldeano. Me reuso a borrar de mi mente la idea que me azotó la cabeza desde el primer día que llegamos a estos pagos. Odio este condado... y si vine, fue porque ella me lo pidió... Pero fue todo en vano. Ella ya no está, y entre copa y copa, las agujas del reloj aceleran su tránsito y mi imagen de su cuerpo comienza a desvanecerse entre tantas luces que me cegan.
La música alta y yo sentado en ese bar. Todos bailan y yo no encuentro quien me saque de esta postura. Se cierran mis ojos y empiezo a cabecear. Una y otra vez. Cuando estoy a punto de dormirme, sorprendentemente la dama de rojo se hizo presente…

Todo pareció esfumarse. La gente desaparecía, y quedaba solo ella en el centro de la pista. Mitad mujer, mitad rojo. Y ese vestido que encajaba y potenciaba delicadamente cada rincón de su morfología.
Estoy tan embriagado que no logro siquiera verle su rostro entre las penumbras del lugar, pero mi corazón se acelera, mi pulso acrecienta, y mis pupilas se abren como pétalo de flor en plena mañana primaveral. Y ella, danzando sola con bastante alcohol en su cuerpo, esperando seguramente por un verdadero caballero que la conquiste y le haga el amor, le haga verdaderamente el amor.
Actuando impulsivamente y con las pocas fuerzas que tengo de reserva me acerco y me dejo llevar por ese perfume que emana su piel, y con dulzura y suavidad la tomo de la cintura. De fondo, junto al piano y un micrófono, un lugareño de barba prolijamente recortada llamado Chris de Burgh, conocido entre los granjeros por escribir y componer canciones de amor, comienza los acordes de un maravilloso tema: “La dama de rojo esta bailando conmigo. Nadie acá, solo ella y yo. Aquí es donde debía estar. Jamás pude imaginar semejante belleza a mi lado. Nunca olvidare, el modo en que se veía esta noche”. Ambos nos apoderamos de esa canción y la hicimos nuestra.
Su respiración, junto a la mía. Ella brillaba y lo hacía también yo. Es un romance de minutos, pero con la intensidad de toda una vida. Bailando fundidos entre la tenue luz de esa taberna, su vestido rojo pasión, mi aliento a alcohol, los dos éramos uno solo. Me sacuden por dentro sus ojos, no puedo ver su rostro claramente aún, pero ella es especial, solo una pocas habían generado eso en mi.
Esos minutos fueron suficientes para sentirme a salvo, para saciar tantas penas, para sentirme renovado. Si fuera el hombre de esa mujer, jamás la dejaría ir. La cuidaría cual joya preciosa, como porcelana en mis manos, como la octava maravilla del mundo. Me había enamorado de ella. Y ella de mí.
Su frente junto a la mía, tomados de las manos, acariciándonos los dedos, con los ojos cerrados ambos. La música comienza a concluir, y las luces a prenderse. Antes de abrirlos para contemplar esa impresionante belleza, le pregunto su nombre. Jamás olvidare su respuesta. Fue: Susanna.
Ambos nos quedamos inmóviles y bruscamente sin respiro. Nos miramos cara a cara, atónitos, sorprendidos y estupefactos. No podíamos creer lo que teníamos en frente. Era ella... mi esposa, la mujer más hermosa del pueblo, la mujer que me hacía vibrar el alma entera, la mujer que logró enamorarme por segunda vez.
No hizo falta decir nada. Ella, al igual que yo necesitaba saciar su angustia, su desazón. Y éramos tan parecidos que eligió, involuntariamente el mismo lugar que yo para emborracharse y buscar una compañía física que le ayude a que la noche no le fuera tan cruel e hiriente. Fuimos ambos en busca de lo similar. Y nos encontramos nuevamente sin saberlo. Susanna y yo. La dama de rojo y yo.
El cantante de barba recortada se acerco, nos miró fijamente, y nos dijo que cuando su tema fuera un éxito mundial, se acordaría eternamente de nosotros dos. Nos agradeció, se dio media vuelta y se esfumó entre el humo y las luces de la pista de baile.

Ultimo deseo




Aquella mañana cuando Jacinto decidió dar un cambio radical en su vida, se levanto fuera del horario normal. Había resuelto por primera vez dormir hasta después del medio día. Parece algo absolutamente probable en la vida de cualquier persona. ¿Quien no ha decidido hacerse la rata alguna que otra mañana congelada e invernal en pleno junio? Ideales para seguir entre los pliegues de la cama. Sin embargo Jacinto jamás lo había podido concretar. Él no sabía lo que era darse el gusto de dormir hasta tarde. En realidad, Jacinto no sabía sobre muchas cosas de la vida, y así sencillito como suena, no tenía idea alguna sobre tantos placeres que la gente suele darse cuando ciertamente lo desea. A decir verdad y para hilar más fino aún, este buen hombre había perdido la capacidad de desear por su propia cuenta. Jacinto estaba en serios problemas desde hacía mucho tiempo…

Esa mañana se descontracturó. El reloj de pared marcaba las 13 horas en punto, y el empleado seguía con su cabeza apoyada en la almohada sin ninguna intención de moverla. Se rehusaba a levantarla. Había una riña intensa entre su Yo que lo impulsaba a revelarse de una vez contra sus horarios y obligaciones, y el Super yo que, contrariamente, maquinaba como un tren a todo motor entre sus neuronas recalcándole todo lo que debía hacer en tan solo 24 horas.

Por fin abrió los ojos. Su habitación estaba más blanca de lo normal. Sus sábanas también, inclusive su pijama. Pensó que tal vez la intensa rutina le había impedido percatarse de esos detalles. Pero hoy era un día especial. El amaba el blanco por que le simbolizaba a pureza, limpieza, apertura. Echó una ojeada alrededor. Se asustó al darse cuenta que su pieza estaba demasiado cambiada. Como no haberlo notado antes. Es que Jacinto trabajaba todo el día, se despertaba temprano antes de la salida del sol, y llegaba muy tarde de su trabajo, casi cuando finalizaba el informativo de media noche. Así que imagínense que no tenía tiempo suficiente para contemplar su cuarto. Ni su baño. Ni su cocina. Ni a él mismo. Nada de nada. Ese era el arte de ser Jacinto.

Se le ocurrió que faltaría al trabajo y se pasaría la tarde cazando mariposas, como cuando era niño. Jacinto había deseado desde pequeño ser artista plástico, para entonces poder pintarlas volando por los prados, o bien altas iluminando el cielo. Coloridas, alegres, libres, con vida corta pero intensa, las mariposas eran dignas de su admiración. Enseguida se le vino a la cabeza el recuerdo de cuando su padre lo castigó severamente a los 15 años por corretear detrás de ellas, teniendo una edad tan avanzada. Así pues, nuestro querido amigo se reprimió su mayor diversión debido a que papá creía que era grande para esas cosas. Jamás le contó, por supuesto, su deseo de convertirse en pintor. Esas actividades estaban mal vistas en la aristocracia porteña. Dejo contentos a ambos, al haber estudiado para contador y ser un profesional oscuro, lúgubre, y aburrido de por vida.

También ideó la posibilidad de usar camisa suelta, al viento, con varios botones desabrochados, como siempre había querido. Estaba agotado de sentir el roce de la tela ajustada en su cuello, y el nudo de la corbata casi ahorcándolo. Camisa arrugada y un peinado loco, bien modernoso, aunque le quedasen tres pelos en su cuero cabelludo. Por que nada le importaba. Que si lo miraban. Que si lo señalaban. Que si lo apuntaban. Nada podía ser peor que la vida que venía llevando.



Repentinamente imágenes de su historia corrieron fugazmente sobre la retina de sus ojos. Todo lo que fue. Todo lo que había querido ser. Todo lo que no pudo ser. Sus momentos más preciados. Sus sueños más íntimos coartados sin sentido ni razón. Sus proyectos caídos, sus ambiciones marchitas. Sus silencios innecesarios. Su rutina. Su vida sin sentido. Sus anhelos cohibidos. Su mesa sin pan. Su noche sin luna ni estrellas.

Cuando dispuso levantar su anatomía de la cama se dio cuenta que no podía moverse. Se asustó. Miraba sus dedos, inmóviles como los de una estatua. Sus pies, inertes como piedras reposando sobre el vértice de la cama. Miró al techo, el ventilador había desaparecido del centro de la habitación. También su mesita de luz al costado de su lecho. Y sus portarretratos. Jacinto puedo darse cuenta finalmente que ese ambiente no era su dormitorio.

Inmediatamente alguien apareció frente a él. Una mujer de capa negra y rostro escondido. Se sentó al pie de la cama. Jacinto respiró profundo. Los latidos de su corazón se acrecentaron y se sintieron a lo largo y ancho de todo su cuerpo. Se sintió indefenso, desnudo, intimidado, vulnerable.

Esa mañana Jacinto había decidido cambiar. Iba a hacer las cosas por su propia cuenta. Se disponía a disfrutar de cada momento. Quiso cambiar, pero no se dio cuenta que era demasiado tarde...La parca yacía allí, a metros suyo, con el objetivo de envolverlo con su negrura y llevárselo para siempre. Hoy era su turno, la muerte golpeaba la puerta de la habitación de ese viejo hospital y no hay nada que Jacinto pudiera hacer más que entregarse sabiendo de todo…todo lo que se había perdido…

5 de diciembre




Rojo como el fuego, fuego como pasión, fue el día en que te conocí. La cuidad empapada por la reciente lluvia, la humedad pegajosa y molesta embarrando el asfalto. Las paredes grises que estáticamente continúan observando el agudo movimiento de la multitud que va y viene danzando entre los charcos y el incansable ruido de las bocinas, al ritmo de una cuidad que jamás se toma un descanso.
Paraguas, pilotos, botas, y un clima caluroso y muy pastoso, el combo ideal para la visual de cualquier persona luego de una típica tormenta de verano sobre buenos aires. Al menos así lo recuerdo en la retina de mis ojos. Y por encima de aquel escenario de locura, tránsito y desorden, el cielo maravillosamente anaranjado con tonos violetas, y algunos débiles rayos de un sol rebelde que se había dejado vencer por una lluvia aquel 5 de diciembre de 2000.
Y yo, con mis 21 recién cumplidos me creía amo y señor de todo aquello que detenidamente observaban mis ojos. Recuerdo que me quede parado en la esquina de Combate de los pozos y Rivadavia, cual estatua, mirando la inmensidad de aquel reino celestial que se presentaba frente a mí como si fuera un pesebre viviente de aquellas mágicas pinturas impresionistas que siempre adoré contemplar. Por un momento pensé que un arco iris hubiera sido el detalle ideal para pedir mi deseo más preciado. Mi nona siempre decía que si a un cielo multicolorido se le sumaba el encanto de un arco iris, una fiesta de ángeles en el paraíso se estaba llevando a cabo. Entonces había que cerrar los ojos y visualizar intensamente un deseo, el más importante de todos, apretar fuerte las manos como puños, concentrarse y pedirlo fuerte, fuerte, fuerte. Jamás apareció el arco iris, de todos modos hice el ejercicio. Total, no había nada que perder.
Me quede un buen rato allí. Escuchaba en mi walkman un tema de Roxette. Para variar. Pero era importante al menos para mí, que la inspiración para mis anhelos llegasen a partir de mis melodías favoritas. A veces pienso que me es imposible concebir la existencia sin música. Quizás en alguna otra vida fui compositor, cantante, o tal vez guitarrista. No lo se. Pero algo oculto y misterioso debe haber ahí. Baterista seguro que no.
Comienza a caer noche y sigo esperando que aparezcas. No suelo encontrarme con gente que no conozco. Al menos nunca lo había hecho, pero ya ser mayor de edad me da cierta autoridad para generar ese tipo de encuentros no tan convencionales, por decirlo de alguna manera. A decir verdad a esa altura lo consensuado ya me esta cansando. “Hay que hacer esto o aquello por que así debe ser, esto está bien, y esto esta muuuuy mal…” ¡Basta! ¿Qué saben ellos sobre lo que pasa acá adentro? ¿Acaso alguien tiene la bola mágica para adivinar como se siente? ¿Alguien se pone en mi lugar? Nadie. Nadie. Nadie. Sin embargo a la hora de juzgar y señalar con el “dedito” todos emiten su voto intrépidamente y sin ningún tipo de tabú. Si tuviera que contarles como me molesta ese tipo de gente mi relato sería eterno.

Miro el reloj, los minutos siguen pasando. Me miro en el reflejo del vidrio de la puerta de entrada del edificio en el cual aguardo. Mi pelo está bien, un poco achatado, pero al menos la forma se mantiene correcta a pesar de la humedad y el viento. Las zapatillas nuevas blancas con cordones naranjas están intactas. Me había prometido no arruinarlas por nada del mundo. Vacilé bastante al principio en si me las ponía o no. Pero finalmente las ganas de querer usarlas de una vez fueron más fuertes. Y, a decir verdad, me quedaban muy paquetas.
Ya era la hora. La calle plagada más que nunca conformando una caravana eterna de vehículos sedientos por querer llegar a destino y el ruido atosigante de los motores que no dejan de sonar al ritmo de una orquesta desagradable y disfuncional. Te hiciste esperar. Mucho. Veintiún años tarde en encontrarte. No fueron en vano. No me arrepiento de nada. Creo que ya estoy preparado para conocerte. Para mirarte a los ojos, abstraerme por completo de esta escenografía y entender de una vez quien soy.

Y entonces te vi. Las estrellas del cielo se encorvaron para recibirte al compás de tu caminar. Los pájaros inquietos volaron alrededor tuyo dejando la copa de los árboles como si fueras el maíz perfecto. Las luces de los negocios, los edificios y los carteles se disiparon y dejaron que brilles perfecta y divinamente con tu luz propia. Y allí estabas como la composición musical más perfecta, el retrato inimaginable y el relato más cautivador.
Por fin te vi. Y entendí. Y percibí. Y advertí .Y vislumbre. Comprendí que todo estaba digitado. Lo bueno. Lo malo. Que debía esperar hasta este día para encontrarte. Que tenía que llover. Que tenía que vivir todo lo que había vivido. Todo eso para llegar hasta vos. Que debías hallarme en mi momento exacto de maduración. Inclusive con mi cabello achatado por la humedad y mis zapatillas blancas con cordones anaranjados.
Así, repentinamente ese 5 de diciembre de 2000 a las 21horas caí rendido a vos. Repentinamente mi vida cambio. Desde esa sórdida nada que invadía rutinariamente mi vida, vos apareciste. Rojo como el fuego, fuego como pasión, fue el día en que te conocí.

Elisa y su osito


Elisa se pasaba el día entero con su osito. La noche también. No se podía dormir sin la sensación de calor y seguridad que le ofrecía su peluche cada vez que lo apretaba fuerte sobre su delicado pecho y se acurrucaba entre las sabanas coloridas de su cama cayendo rendida a ese sueño que a veces tanto le costaba concebir.

A los 6 años un oso es todo en la vida de una nena. Es la compañía que jamás se ausenta, una amistad incondicional, un compañero de aventuras, un cómplice. Elisa lo peinaba a su gusto con el cepillo de cerdas blandas que solía usar su mamá para lavarle los pies cada vez que la bañaba sin que le hiciera cosquillas. También le cambiaba la ropa, cuestión que a veces le generaba pavor hasta tener que taparse los ojitos, sobre todo cuando el oso quedaba totalmente al descubierto mostrando por completo su anatomía. De todos modos ella entendía que el vínculo que los unía era de extrema confianza, así que rápidamente la situación embarazosa de la desnudez quedaba en el olvido.

Había pensado varios nombres, pero ninguno le convencía. Limitar lo que su amigo simbolizaba para ella en un solo nombre le parecía una aberración a la identidad. Así que pensó en llamarlo todos los días con un apodo diferente. Muchos nombres todos distintos sería más divertido y quebraría con la absurda rutina que todos los nenes de su edad tienen con sus mascotas de peluche. Algo grande, inmenso, extraordinario no podía llamarse de un solo modo. Hoy eligió llamarlo Renato.

Cuando llegaba la hora de la comida a Elisa se le partía el corazón. Ya habían tenido una mala experiencia el día de acción de gracias cuando a la Tía Susana, tras un movimiento poco feliz, se le había volcado el plato de sopa hirviendo sobre el brazo derecho del osito para terminar empapándolo por completo con ese caldo que segundos antes yacía ardiendo sobre las vajillas de porcelana españolas que mamá solo ponía en ocasiones especiales. A partir de ese episodio se decidió que osito no podía sentarse a comer nunca más con la familia.

Durante la tarde miraban juntos los dibujitos en televisión, y cuando el atardecer caía pintaban juntos con crayones bellos paisajes, árboles y casitas al sol. Elisa sugirió que mañana Renato podía llamarse Antonio. Al igual que el personaje de su serie favorita en el canal infantil.

Muchas veces, mientras charlaban, Eli se animaba a confesarle que de grande le gustaría ser actriz, como esas que aparecen en las películas, y tienen brillo propio, o se imponen en las tapas de las revistas con pose de verdaderas divas abrazando a sus perritos, y con colgantes exuberantemente dorados rodeando sus cuellos. De vez en cuando Eli se paraba frente al espejo, y agarrando a Renato, Antonio, o como se llame, con su brazo derecho, simulaba ser la mujer más famosa de Hollywood, con su osito glamoroso y los collares que su mamá dejaba en su escritorio.

Siempre con su peluche, a todos lados, en todo momento. Era su amigo más fiel, aquel que estaba con ella en las buenas y en las malas, siempre firme, al pie del cañón. Jamás se separarían. Ella y él juntos. La vida tierna, sensible y delicada que jamás abandonaría.





Una mañana cuando Elisa despertó su osito había desaparecido. Buscó debajo de la cama. Levantó el colchón. Entre sus juguetes dentro de las cajas. En el placard. Arriba de la tele, entre sus libros con sonido. Eli examinaba rincón por rincón y el peluche no aparecía. Se desesperó. Busco a mamá pero ella no estaba. Grito fuertemente el nombre de papá, pero jamás hubo respuesta. No dejo de moverse de un lado a otro pensando donde podría estar su inseparable aliado. Ahora comenzaba revolver entre la ropa del placard, las medias, las camperas. Y nada.

Corrió hacia la ventana en un último esfuerzo frente a un sentimiento de impotencia que desconocía pero que no quería volver a sentir. Y se quedo inmóvil. Quieta tras los cristales empañados con sus ojitos almendra a punto de la tormenta más cruda y cruel que jamás hubiera imaginado. La cuidad ya no era colorida. Los árboles sin hojas ni flores, los edificios grises, la gente triste cubriéndose del frío polar y el cielo nublado.


Este es un pueblo tan frío. Elisa comprendió que había crecido.

El viaje




En el momento en el cual abrió los ojos, se dio cuenta que el paisaje que tenía frente a su rostro se había modificado, que tan solo en una fracción de segundo algo que había contemplado de un modo, había mutado considerablemente. Se inquietó. Comprendió entonces, que tal vez éramos nosotros los que cambiábamos en forma constante y continua. Por ende, nuestra concepción del mundo también lo hacía.

Ahora miraba alrededor con ojos distintos. Desde la ventanilla del colectivo podía observar como, entre tanto cemento gris de la cuidad, un balcón se diferenciaba ampliamente del resto gracias a una flor color naranja intenso que reposaba erguida en su cantero aportando un mínimo destello de color entre tanta homogeneidad. Era un detalle tan difícil de descifrar que seguramente nadie se habría percatado de ello. Pero supuso que aquella flor, a pesar de parecer abandonada entre el humo y el ruido urbano, tenía una belleza singularmente propia. Aún aislada, brillaba por si misma, más que un prado lleno de girasoles al sol de la tarde. Se puso en el lugar de la flor. Lo sola que debía sentirse entre un panorama tan adverso para la subsistencia. Cómo era que con tanta preciosidad, nadie se detenía a admirarla. Lo fuerte que debía sentirse por dentro para no dejar jamás de abrir sus pétalos a una realidad que siempre le daba la espalda. La tomó como ejemplo.

Entre una multitud de gente que iba y venía apurada por llegar a tiempo, cual masa amorfa que se desplaza hacia la nada misma, una anciana sonreía pasivamente. Marchando a su propio ritmo, pasito a pasito, la mujer parecía disfrutar el reflejo de los primeros rayos de sol sobre su cara arrugada. Dejaba que el viento matutino la despeinara. Y se permitía vislumbrar el aleteo de las palomas buscando desesperadamente su maíz. Abstraída del aturdimiento del tráfico vehicular caminaba entre la aglomerada vereda estableciendo un rumbo fijo y seguro. Emanando serenidad y goce en su máxima potencia, era luz entre tanta oscuridad. Meditó en que la sabiduría de poder entender que solo estamos de paso, necesariamente llegaría con el paso del tiempo.

En al asiento del costado, un adolescente se había quedado dormido con sus walkman puestos a todo volumen. Roncaba alto desprejuiciadamente. Lo miró y entendió al final que un mundo entero vivía dentro de él también. Que cada persona representaba un mundo. Lo siguió observando. Jamás olvidaría ese rostro. Mezcla de ingenuidad y rebeldía. La edad adecuada para creer en ideales y tener a la utopía como mejor amiga. Para se libres y espontáneos. Nada importaba tanto como vivir la vida en forma intensa. Él también tendría una historia para contar. Al igual que cada una de las personas que viajaban en este colectivo. Sintió envidia sana y ganas de volver a ser joven.

Volvió a cerrar sus ojos. Al abrirlos nuevamente se desagradó por a cantidad de gente que había en el micro. El feo olor y la incomodidad. Miró su reloj. Faltaban cinco minutos para su horario de entrada. Por suerte la próxima iba a ser su parada. Busco al adolescente dormido pero ese lugar estaba ocupado ya por un señor de ceño fruncido quejándose por las malas noticias del día. Busco flores en algún balcón, pero solo encontró ropa vieja colgada secándose entre canteros de plantas secas y maltratadas. Entre la muchedumbre de gente que caminaba por el microcentro ya no había ancianos con la sonrisa dibujada, con el sol en la cara y mucho menos despeinados por el viento.

Se bajó abrumada entre tantos papeles que se había olvidado de leer previo a entrar a la oficina. Con el tiempo justo para evitar que su jefe se enojara por llegar a destiempo. E insultando al chofer por haberla dejado a mitad de la calle.

Se puso los anteojos y se ató el pelo como cada mañana. Tomó fuertemente su cartera e ingresó a su lugar de trabajo por una puerta descolorida, fría e insípida…como el resto de las puertas de esa cuadra. Como el resto de las puertas de esa cuidad.

Alguien tiene que ceder




Nos miramos. No hacía falta decir nada más. Cada palabra lastimaba como un cuchillo. Basta de heridas. Basta de herirnos. ¿Cómo puede ser que entre dos personas que se amen tanto pueda existir una distancia tan abismal? ¿Cómo fue que no nos dimos cuenta antes?

Posiblemente la ilusión de sentirnos amados. Tal vez las ganas de saber que otro velaba por nuestros sueños. Quizás la sensación de considerarnos acompañados. Sea lo que fuere, no pudimos ver que la brecha que nos separaba cada vez se iba acrecentando más y más.

Le seco las lágrimas con un pañuelo de seda italiana. Mientras le sostengo la mano, fría como nevisca matutina. Siempre ame su mirada, el modo de observarme. Cada encuentro con sus ojos, en cualquier momento y lugar, era una sensación nueva. Intensos, oscuros, profundos, una mirada que penetraba en mí, recorriendo todo mi cuerpo y logrando estremecerlo. Hoy, ya no era la misma. La llama de sus pupilas, que siempre me encandiló, repentinamente se había pagado.

Estoy desgarrado por dentro. No comprendo sus razones. No las entiendo. Jamás supuse que pensaría de ese modo. Somos como dos extraños ahora. Ya no queda tiempo. Alguien tiene que ceder. Alguno de los dos. Traté muchísimas veces de amoldarme lo más que pude a su manera de ser. Pero yo no puedo cambiar mi modo de ver el mundo, sería como romper mi esencia, mis ideales, ir en contra de mi persona.

Nos abrazamos, comprendo en ese instante que todo lo que siempre había deseado, anhelado, mi sueño concretado, lo tenía entre mis brazos. Aprieto fuerte y respiro profundo. El aire sabe a desasosiego y amargura. El tiempo se detiene. Ambos nos fundimos en ese abrazo, el último. La despedida.

Me paro y miro alrededor. Hay un mundo esperando por mí. Los sollozos de mi viejo amor que se aleja por la calle de adoquines. El viejo almacén de productos dietéticos. Un auto descapotable estacionado justo en la puerta de la mercería. Una joven sentada en la vereda contemplando el horizonte mientras recita un poema. Los chicos de la cuadra corriendo tras la pelota de trapo…y yo.

Imprevistamente pensé que otro amor debería llegar muy pronto a mi vida, me di vuelta, prendí un cigarrillo, y seguí mi marcha sin mirar atrás…

El final de una historia



Cuando Dalmira entró a su cuarto pasada la medianoche cerró la puerta de un portazo. Se saco bruscamente sus zapatillas plateadas y sin desatarlas las arrojo encima de la cama. Estaba muy embroncada, rabiosa e indignada a la vez. Definitivamente en el juego del amor, a ella siempre le tocaba perder.

Echó un vistazo a sus cuatro paredes. Sus fotos de la fiesta de 15 colgadas en el corcho, el cuadro que le había regalado su abuela antes de morir, al acolchado con dibujos de corazones, y todos sus trofeos de hockey llenos de polvo. Pensó por un momento lo feliz y sencilla que era su vida antes de haberse enamorado. Qué simples eran aquellos días sin nadie en quién pensar, sin depender del teléfono para sentirse plena cada vez que sonaba, sin necesitar tener que sentirse valorada por un hombre al que jamás se le había ocurrido ni siquiera, tener un gesto de cuidado hacia ella…

Miles de veces se levantaba preguntándose porque esa persona se había adueñado de su corazón, de sus pensamientos, de sus sueños, de su intimidad, y de todo lo que significaba su privacidad. Cuando una mujer siente cosas profundas por alguien siempre espera encontrar en esa persona un lugar para sentirse valorada, querida, apreciada, priorizada. Desde chica soñaba con ser tratada como una princesa, y estar junto a él hasta el final de los tiempos. Dalmira, sin lugar a duda había nacido para ser amada.

Desde la ventana de su habitación se veía nítidamente la luna en cuarto menguante, y varias estrellas colgadas en el cielo danzando alrededor de ella. Notó que estaba marchita al igual que las flores de su cantero. Se quedo en silencio. Ese silencio cómplice que la acompañaba en su aletargada soledad. Porque, paradójicamente a pesar de estar acompañada, se sentía absolutamente desierta, vacía y deshabitada. Era momento de tomar una decisión para evitar seguir sintiéndose así. Tomó un lápiz, su agenda y empezó a escribir para desahogarse. Necesitaba contarle al papel como se estaba sintiendo en este momento.

Increíblemente el relato comenzó a fluir, y con cada palabra el dolor parecía encontrar un pequeño recoveco en la falda del consuelo. Pasaban las oraciones, los párrafos, las hojas y mientras tanto la desazón mágicamente parecía ir desvaneciéndose. Jamás hubiera imaginado que su agenda se convertiría en su compinche y amiga más fiel. Volcaba toda su angustia y hacía su descargo. De vez en cuando alguna que otra lágrima intrépida caía sobre las letras y manchaba el escrito, pero Dalmira comprendía que era parte del proceso que le tocaba vivir.

La noche fue pasando, y entre el silencio profundo e intenso de la cuidad en su descanso, Dalmira escuchaba una melodía dulce, suave, y perfecta entre cada una de las palabras que iba dibujando en sus relatos. Su compenetración era tal que ni siquiera se acordaba donde estaba ni que era lo que había alrededor suyo. Escribir era un viaje placentero hacia la fibra más íntima de su ser. Se sintió afortunada encontrando esta forma de comunicarse y consolarse. Era como escucharse a si misma y descubrir el océano profundo de emociones que vivía dentro de ella.

Dejó de inquietarse y de pensar qué pasaría mañana sin él a su lado, ni de cómo sería transitar los días en soledad. Se dio cuenta que se tenía a si misma, que eso era más que suficiente, que al fin y al cabo era ella la que decidía el rumbo de su historia y con quién compartirla. Se contempló delante del espejo. Su pelo rubio ondulado cayendo por encima de sus hombros. La forma de sus brazos anatómicamente perfectos, sus caderas anchas pero igualmente sensuales, y sus ojos que con tanta decepción parecían hablar por si solos. Dalmira entendió que se había convertido en una mujer.

Lo citó en un bar con vista a la plaza donde se habían besado por primera vez. Recordó lo joven e inocente que era para ese entonces. Ahora ya se sentía más grande y madura, terminantemente esta relación le había ayudado a crecer. Con su agenda en la mano y apretándola fuerte hizo su descargo.

Lloró como nunca, pero jamás se había sentido tan segura. No le importaba lo que él pensara, tenía rumbo fijo y seguro hacia delante. Sabría que lo mejor llegaría pronto. Le dijo de todo mirándolo a los ojos. No titubeó ni un segundo. Las palabras, al igual que las letras en sus relatos emanaban maravillosamente de su boca, con ritmo pausado y concreto, pero con mucho sentimiento también.

Desde que era demasiado mujer para él hasta que jamás volvería a encontrar una dama como ella. Dalmira sabía que el tiempo le daría la razón y que en algún momento él volvería a golpear a su puerta. Sin embargo no le importaba, ya era muy tarde. Hay trenes que pasan una sola vez en la vida y si uno no sabe subirse a tiempo, simplemente…lo pierde. Luego de todo su discurso, le sonrió, le deseo suerte, tomó su agenda y se fue.

Al caminar y respirar el aire puro de la calle, se sintió aliviada. Comiendo un chocolate que había en su cartera decidió comenzar a escribir sobre el sabor de la victoria y la libertad. Se quedo allí quietita, sentada en el cordón de la vereda como una estatua entre medio de los autos que iban y venían sin parar. Bajo el cielo anaranjado del atardecer otoñal, Dalmira empezaba a escribir el final de su historia, y porque no, el comienzo de una nueva…

El hombre en el espejo



A veces cuando paso frente al espejo del pasillo de casa, sigo sin lograr encontrarme. Me quedo inactivo, inmóvil tratando de dilucidar quién es el que permanece frente a mí. Me mira fijo a los ojos, me intimida, me copia. Siempre tiene puesta la misma ropa que yo, el mismo peinado y si sonrío, él lo hace también. A veces sufro mientras lo contemplo, a veces me indigno, otras veces, tan solo me es indiferente. Ese espejo es realmente incomprensible.


Confeccionado en el transcurso del siglo XVIII, una verdadera reliquia. Posee en sí mismo una sugestión histórica. Un sentimiento evocativo y profundo por su valor auténtico. Cristal transparente y traslúcido como verdadera agua de río que fluyendo por las montañas, llega hacia el mar. Lo trajo de Inglaterra, en uno de sus viajes, mi abuelo paterno, Vicente. Siempre contaba que lo había comprado en una feria de antigüedades en los suburbios de Londres. Que él jamás logró entender como un objeto de esa índole todavía permanecía a la venta. Mamá siempre dice que muchas veces, aunque parezca irrisorio, las cosas esperan por nosotros y son ellas las que elijen a sus propios dueños. El tiempo se encargará de dar una respuesta.

Todavía puedo recordar aquel día, cuando lo colgaron. Al final del pasillo, justo antes del cuarto de estudios. Cada vez que tenía que hacer la tarea debía pasar obligatoriamente por delante del espejo. A pesar del respeto que me imponía, trataba de examinarlo. Y me quedaba horas. Del otro lado, odiaba encontrarme con un chico a quien vestían y peinaban como yo. Me sentía impersonal. Lo miraba con odio, y él a mí. Supongo que ese nene debía sentir como yo cada vez que nos cruzábamos. Mi hermano me asustaba, decía que estaba embrujado. Sus marcos son brillantes, de plata inglesa verdadera, y un gran trabajo de orfebrería con minúsculos detalles es sus relieves. Los cuatro vértices decorados con piedras preciosas, esmaltes y marfil.

Cuando el abuelo Vicente murió, dejó un testamento. Nadie pudo entender la razón por la cual dejó el preciado objeto a mi nombre. Habrá sido, posiblemente porque notó cuántas veces me quedaba parado y estático, mirándolo fijamente. Como buscando respuestas.
Ahora todo es diferente, mi casa varió con los años. Esos espacios que antes me parecían inmensos, y dignos de un buen refugio, ahora tan solo son espacios. También, con el paso de los años, modifiqué la concepción de cómo observo el mundo. Dicen que nada cambia, todo se transforma. Y adhiero a ese pensamiento.

Hoy volví de terminar una relación, con el corazón destrozado y mi alma en pedazos. Jamás estuve tan mal. Quise evitarlo pero terminé llorando completamente desnudo frente al espejo. Levanto la vista y ahí estaba, el hombre del espejo. A ese varón las lágrimas le sientan bien, le enternecen la mirada. Tiene buena fisonomía, cuerpo macizo, piel dorada por los reiterados baños de sol y las abdominales perfectamente marcadas como si estuvieran diseñadas para una escultura de yeso.

A veces me recuerda un poco a mí. Los gestos y la forma de las manos. Otras veces, cuando penetro en sus pupilas no puedo comprender porque me mira con tanta intensidad. Mezcla de incertidumbre, titubeo e inseguridad. Le pregunto su nombre, pero en el momento que le hago la pregunta, él también la formula, solo que no puedo escuchar su voz, pero puedo leerle los labios.

Un delgado cristal es la línea que me separa de aquel hombre con el que siempre me encuentro, pero que no reconozco. Sin embargo a veces siento que hay un abismo entre él y yo. Ya tiene marcas de expresión alrededor de sus ojos. Es el paso del tiempo. El tiempo que pasa y que uno a veces no se da cuenta porque siempre, distraídos o inmersos en ridículos detalles, no somos conscientes de todo lo que nos vamos perdiendo.

Trato de percibir que le sucede. Está sufriendo, como yo. Eso me da pena ¿Habrá venido también de cortar una historia de amor? Tal vez no se anima a decírmelo. Tal vez no le genero confianza, o no ve en mi suficiente seguridad o entereza como para contarme. Quizás tenga miedo de enunciar lo que siente por vergüenza a saberse tonto si expresa algún sentimiento. Posiblemente no vea que le puedo aconsejar, que tengo muchas respuestas a sus vacilaciones. Yo podría ayudarle. Y visitarlo más seguido, y brindarle más seguridad y confianza en él mismo. Y que entablemos una comunicación fluida, y que ambos, desde cada lado del espejo podamos vernos y entender lo que nos pase el uno al otro.

Ese misterioso hombre que siempre aparece frente al cristal del lujoso espejo inglés, y yo, empezamos a llevarnos mejor, con tan solo una buena conexión entre nuestras retinas ya no hacía falta decir nada más. Ese vínculo entre ambos se hizo día a día más fuerte, más estrecho. Y mientras más ocurría eso, mi vida empezaba mejorar, ya no me sentía tan solo por las noches, ni en las tormentas, ni tampoco en las aburridas mañanas de domingo. No dejábamos de sorprendernos. Muchas veces corría frente al espejo con un libro en la mano para leerle, y en ese instante aparecía él con el mismo texto. Éramos como almas gemelas.

Todo gracias a ese espejo inglés de marcos de plata y relieves de trabajo minucioso y marfiles coloridos. Mi vida encontró un equilibrio, una estabilidad. Me sentía acompañado y totalmente renovado.

Al final, mi mamá tenía razón con lo que una vez me había dicho… las cosas esperan por nosotros y son ellas las que elijen a sus propios dueños. Y ese espejo y su amigo, ya son parte de mí. Para siempre.



Todo lo que no pudo ser



La luz del amanecer irrumpe. Ya comienza a reflejarse sobre la pared aterciopelada del cuarto donde acabamos de hacer el amor. Una cama desecha. Sábanas de satén con el perfume de tu piel en celo. Tu cuerpo yaciendo junto al mío. Y nuestra desnudez. Los primeros rayos penetran intrépidamente entre las ranuras de la persiana americana fusilando por completo aquella oscuridad cómplice y partícipe de una verdadera noche de amor, en la cual yo fui protagonista. Quiero suponer que vos también.
Recorro mansamente con la punta de mi nariz y la yema de mis dedos cada recoveco de tu anatomía. Pura sensibilidad. La textura de tu piel. Las marcas de expresión alrededor de tus ojos. El color de tus labios cuando dormís. La forma de tu ombligo. Los pliegues en los codos. Los delgados, suaves y casi invisibles vellos de tu espalda que forman un camino estrecho hacia el comienzo de tu parte trasera. Apoyo mi cara sobre tu nalga derecha. Más acolchonada que una almohada. Las líneas de las palmas de tu mano. Me detengo a deducir si aportan algún indicio de mi existencia en tu vida. Si aparezco en tu línea del amor. No obtengo respuesta alguna. Que lindo sería que me amaras del modo que yo lo necesito.
Desearía que este momento no finalice jamás. Detendría las agujas del reloj y me congelaría junto a vos. Nada más quiero. Miro la ventana nuevamente. Hay un mundo alocado despertándose allá afuera. Gente. Tráfico. Autos. Los primeros bocinazos. Las ráfagas de viento típicas de mañana otoñal. Y alguna que otra bandada de pájaros que, entre árbol y árbol y con su canto, van concretando su tarea de anunciar la salida del sol y el comienzo de las obligaciones a los más dormilones. Pienso que todo se detiene y carece de importancia si te tengo cerca. Envuelvo tus pies congelados con los míos. Te doy calor mientras dormís. Y respiro el mismo aire que estás respirando. Me siento feliz cuidando de tu sueño. Sin embargo me cuestiono quién cuidaría del mío si me quedo dormido.
Se que de un momento a otro vas a levantarte y tendrás que irte. Seguramente reuniones, compromisos, citas. Hay un día entero que espera por vos. Contemplo tu maldito celular. Jamás falla. Cuando suene la alarma de las siete, te vas a despertar y rápidamente vas a vestirte, lavarte la cara y peinarte. Conozco esa rutina que siempre rompe con la perfecta quietud de un amanecer entre tus brazos. Aquella misma puerta por la que ingresaste ayer con la puesta de la luna, va a ser la misma que abrirás en breve para salir y responder a tus deberes. Tal vez entre tantos quehaceres recuerdes la intensidad de la noche que acaba de concluir y me beses en los labios pidiéndome que pronto se repita. Necesitaría un gesto dulce así. Tal vez si lo hagas. Tal vez se te pase de largo como muchas otras veces.
Me quedo tirado enfundado en el lecho que abrazó nuestro descanso. Mientras te pones la ropa interior te acaricio el cuello esperando un abrazo apasionado que jamás llega. Solo una sonrisa y un guiño de ojos de costado. Ya no se si me conforma tanto esa demostración de afecto. Me volteo hacia el otro lado. Nuevamente frente a la ventana, supongo que el abrazo cálido y romántico llegará con el tiempo quizás. Pero solo llega el momento del adiós. Las estrellas cayendo lejos en el horizonte, mi cuerpo envuelto por el silencio de la música que retumba cada vez que te vas. Los acordes agrios de una melodía que jamás encuentra belleza. Definitivamente no me agrada. Pareciera ser que vos no lográs escucharla tanto como yo. Tampoco te percatás de cómo mis ojos se apagan cada vez que la habitación y la soledad se quedan conmigo entre estas cuatro paredes, evitando llegar a suponer lo solo y vacío que me siento amándote.
Solo me queda aguardar. Comenzar a contar los minutos hasta volver a encontrarte para que hagamos el amor. Mientras vos seguís con la marcha de tus días…ojala en algún rato libre sonrías al recordarme como parte de tu vida. Cuando recuerdes ver mis ojos mirándote fijamente. Cuando tengas la necesidad de escuchar mi voz susurrándote palabras colmadas de dulzura cerca en tus oídos. Cuando necesites agarrarme fuerte de la mano. Cuando quieras llorar y dormir sobre mi pecho. Cuando agobiado de tanto caminar hacia ningún rumbo necesites volver a encontrarte con vos mismo y recurras a mí sin quererlo…
Tal vez si lo hagas. Tal vez se te pase de largo como muchas otras veces…



El regreso que jamas sucede


Allí estaba ella, frente a las vías del tren. Sentada en la estación mientras el sol caía. Vestida de marrón al igual que el otoño. Aguardando que con la salida de la primera estrella llegue aquel amor que la guerra le había arrancado sorpresivamente.
Una historia basada más en cartas que en encuentros reales. Miles de escritos. Uno cada día. Él tampoco se había olvidado de su mujer. A pesar que los constantes bombardeos en tierra de batalla jamás se tomaban descanso, se hacia tiempo para recordarle por medio del papel que sin ella la vida carecía de sentido.
Tomo su abanico y prendió un cigarrillo. Sus ojos comenzaban a brillar cuando imaginaba el tren arribando desde las lejanas montañas. Unos minutos más y él estaría junto a ella después de 7 interminables años de exilio. Procuró no arrugar su vestido floreado. Genaro se lo había regalado una noche de domingo después de su casamiento. Era perfecto: entallado, fresco, amarronado y exótico. Toda una novedad para lo que se usaba en esa época. Siempre lo contemplaba desde su armario con la promesa de volver a usarlo cuando el final de la guerra le devolviese a su tan querido esposo.
Trataba de imaginárselo tantos años después. Estaría más calvo. Su rostro plagado de arrugas y sus dientes estropeados. Con los labios secos por el frío intenso de la noche en campo abierto al dormir. Más flaco y encorvado debido al peso del cargamento. Con moretones y marcas en su espalda. Sin afeitar y con las manos ásperas por no poder usar jabón. Tal vez con su mirada apagada y un aura de tristeza a su alrededor. Quizás consternado por la pérdida de tantos compañeros o endurecido como consecuencia de convivir con el dolor tanto tiempo.
Nada de eso importaba ahora. Ella continuaba ahí, con su bolso de piel y sus zapatos de taco alto. Una reina esperando a su rey. A un verdadero hombre que antes de partir la miró a los ojos como nunca lo había hecho y le juró que volvería con la victoria bajo el brazo y listo para que sean felices. Se subió al tren y se esfumó entre la nevisca matutina aquella tarde de abril. Jamás se imaginó que tantos abriles más tendrían que esperar para volver a estar juntos.
La gente de alrededor en el andén eran como muñecos. Iban y venían de un lado a otro. Nada distraía su atención. Lo único que importaba era ubicarlo entre la multitud cuando la puerta del vagón se abriera para correr a abrazarlo fuerte. Volver a sentir su olor en el cuello y el repicar de las campanas cuando Genaro le hablase bien de cerca al oído.
Finalmente a lo lejos ese tren bajaba la colina. El frío de otoño contrastaba con el calor interno que ella sentía con cada latido de su corazón. Las manos le transpiraban y los pies temblaban. Por fin la locomotora llegaba a la plataforma y Penélope comenzaba a abrir sus brazos desesperada por arrebatarlo y darle la bienvenida a casa. Las compuertas se abrieron y los ex combatientes comenzaron a descender.
Pasaban vestidos de verde militar, uno tras otro. Una maratón de miradas buscando desesperadamente resguardarse en el regazo de sus seres queridos luego de tantos años de desdicha y soledad. Todos encontraban a sus esposas e hijos. Se abrazaban y lloraban sin consuelo alguno que pudiera alivianar semejante desamparo. Cada encuentro encerraba una historia diferente. Ni siquiera la rudeza de esta guerra cruel y despiadada que había devastado a Europa por completo podía romper esos lazos tan intensos entre todos los seres humanos que festejaban alrededor de Penélope.
El andén comenzaba a despejarse y ella seguía en la búsqueda de Genaro moviendo su cabeza desorientadamente hacia un lado y al otro. Los minutos pasaban y la noche congelada comenzaba a sentirse con fuerte sabor a desencuentro. Corrió de un lado a otro…vagón por vagón, asiento por asiento, y su amante no aparecía.
Se sentó atónita en aquel banco de pino verde. Inerte cual pedazo de madera su mirada se apagó. En soledad total, la plataforma libre de gente, con el reflejo de la luna llena sobre el tren vacío y el ruido de los grillos irrumpiendo el silencio nocturno. Pensó que tal vez otro tren llegaría pronto y nadie le había podido avisar. Se quedo entonces, sin más lágrimas por llorar, tejiendo en su mente el sueño del regreso que jamás sucede, con su bolso de piel marrón y su abanico, sentada en la estación.