domingo, 21 de abril de 2013

Yo





Una vez cuando era chiquito me perdí. Me encontraron dos horas después en Haedo merendando con dos señoras mayores. Mamá casi se infarta. Yo, tranquilo como si nada hubiera pasado. Jamás entendí porque un matrimonio tiene que compartir la habitación, el baño, la cama. Las casas deberían tener un espacio para cada uno, a pesar de estar casados. La mayoría de las veces, el espejo no refleja lo que quiero ver. Y muchas otras tantas, lo que creo ser. Sigo siendo muy auditivo, la música tiene la capacidad de transportarme y hacerme explorar hasta mis grietas más íntimas. Recuerdo una pelea fuerte de mis padres hace mucho tiempo. Se dijeron de todo. Se faltaron tanto el respeto. En ese entonces entendí lo que no quería para mí. Puedo sentir el perfume de mi nona y la textura de su mano suave y afable. Ha sido uno de los báculos de mi vida sin duda. Amaba escuchar sus historias, me recordaban de donde vengo. Siempre consideré que tendría que haber vivido en otra época. No he encontrado mi lugar en el mundo aún. Se que una ciudad no es. Quizás solo un árbol, rodeado de un inmenso océano verde, y el viento gentil sobre mi nariz. Siempre odie las alturas, pero contrariamente en mis sueños más profundos vuelo por sobre la gente, alto, muy alto. Miro todo desde arriba. Siento adrenalina, puedo despegarme de todo lo que me ata. Pocas veces logro ser yo. Creo que prácticamente nadie me conoce en realidad. He perdido la capacidad de llorar, aunque no de conmoverme. Las campanas replican fuerte dentro de mí. Más pasa el tiempo, más solitario me vuelvo. Amo dormir, me mantiene a salvo. En mi rodilla tengo la cicatriz de cuando me caí de la bicicleta. Con el tiempo logre negociar con el invierno de modo tal que lo disfruto demasiado. Pero el otoño acompaña mi melancolía. Una vez intente hacer terapia. Me duró dos días. Lloré tanto que me cuestioné si realmente tanto sufrimiento valía la pena. Cada día tengo menos ego. Gratamente. Cada día soporto menos el ego en los demás. Soy conciente de mis virtudes, y de mis limitaciones. Eso me hace estar muy en eje. Soy susceptible a la mirada ajena. Sobre todo si es dañina. Me gusta la mañana pero disfruto la noche. Es introspectiva. Por algo nací de noche. Hay años de mi vida que he suprimido. Personas también. Debería ser menos rencoroso. Pero prefiero bien lejos a la gente que me lastimó gratuitamente. Jamás me enamoré, intuyo que fue solo obsesión. Fue kármico. Hubo un antes y después. Pero si tuve mi canción de amor. La primera vez que escuche “Anyone” de Roxette supe que me marcaría. Amo caminar mientras escucho música, es catártico para mí. En los recuerdos más dulces de mi vida siempre están mi Madre y mi Nona. Es mágico saber que las dos mujeres mas tiernas del mundo fueron parte de mi historia. Si tuviera que escribir un libro sobre mis días, solo algunos lo entenderían. Conocí la muerte una vez. Quedé absorto. Supongo que la próxima vez podré pactar con ella. Tengo pocos miedos. Uno de ellos es el miedo a corromperme. A dejar de pensar en los demás.  Todos creemos ya tener ganado un lugar en el cielo. No lo suscribo. No me gusta hablar mucho de mi trabajo. No me gusta que me pregunten. Nadie me llega en absoluto. A los 12 me atropelló un auto, yo venía del kiosco, ni un raspón. Jesús me cuidó. Creo vehemente en su compañía. Cuando le pedí, me escucho. Espero poder retribuírselo.  Antes odiaba mi lunar en la mejilla izquierda, hoy no me molesta. Tengo poquísimos amigos. Entre ellos Cecilia. Ella si me entiende. Ni la distancia nos separa. Si tuviera buena voz, me la pasaría cantando. Una vez cante en un Pub, ante más de 60 personas. Dijeron que afinaba muy bien. La parte más linda del día es cuando llego a casa. No me veo llegando a muy viejo. Pero no me voy a morir antes de concretar mis pretensiones. Desearía controlar mis impulsos, pero la injusticia me supera. El tiempo pasa rápido. La vida no se elije, se vive. Mis nervios repercuten en mi estómago, todo va a mi panza. Jamás me operaron. Toco madera. Detesto las clínicas, sanatorios y hospitales. Soy locuaz. Pero me cuesta poner en palabras el caudal de mis emociones. Soy muchos dentro de mí. Creo que siempre sale el mejor de todos. La mejor versión. Estoy entendiendo que las palabras dejan fisuras difíciles de sanar. Hay personas que no volveré a ver.  No quiero volver a dañar a nadie. Cuando apago la luz, soy yo. Que curioso encontrarme en la oscuridad. Si la muerte es oscuridad, ¿me veré integramente cuando muera?...


domingo, 20 de enero de 2013

Angelito lila



Camino con la cabeza gacha contando los pasos que me separan de mi amor. Cada vez la brecha se agudiza más. Presagio un futuro solitario.

La saludo con los ojos apagados. Perdido entre la gente en ese lugar, Me siento entre las flores marchitas. Las hojas comienzan a caer por la llegada de los primeros fríos.  Olor a madera mojada y a pasto húmedo. Y ella enfrente mío. Su rodilla roza la mía. Me quedo mirando la comisura de sus labios rosados y perfectamente diseñados que tantas veces supe mimar. En su rostro yacía la mano de Dios.

Abstraído de la realidad. Nada pasa alrededor. Me cuesta mirarle a los ojos. No conectamos. Como si no estuviéramos allí. Tiempo de silencio, de dar vuelta la página y aceptar lo que acarrea el destino.

¿Dónde ira el amor cuando la fatalidad lo torna inexistente? ¿Habrá alguna manera de que nos sea restituido? En algún lugar debe estar. Si tan solo se abriera una puerta, recorrería los senderos más peligrosos para recuperarlo. Cruzaría los mares en plena tempestad. Pasaría a través del fuego para volver a fusionarnos en uno solo, y así volvamos a ser la esfera perfecta, completa, íntegra.

Por momentos y en un destello de lucidez creo no hablarle a nadie. Tu imagen que se desvanece entre la nada, y el todo. Trato de tocar tu mano. Áspera y fría como una piedra tallada. Hablo continuamente como si estuviera loco. Te ruego que vuelvas a mí. No hay respuesta.

Dejo en tus manos un ramo de violetas, tus favoritas. Ya no huelen como antes. Se decoloran entre tus dedos

Tantos proyectos coartados. Tanto anhelaba para nosotros dos. Obsequiarte un sol cálido y afable cada mañana. Dejarte un beso de luna llena antes de soñar. Bailar bajo las gotas de lluvia, sentir la furia del cielo pegar en nuestros cuerpos.

¿Dónde estas? Por que no replicás. La tarde sabe a mudez. Me siento un estúpido hablándote solo. Angelito lila, solo una contestación. No creo merecer esto.

Un par de tórtolas  se posan sobre tu hombro. Blancas como la paz. Danzan a tu alrededor. No te inmutas siquiera. El amor dentro de ti se va contigo. Y con esa despedida todos mis preciosos sueños internos.

Una ventisca arrastra las violetas lejos de nosotros. También se pierden entre el resto de las flores. En un mundo tan frío, ¿hay algún dejo de esperanza? Respiro muerte.

Te levantás y te vas de mí. Te esfumás entre mis dedos. Tu anillo queda tirado en el piso. Un gesto evocador. Caminás hacia ese viejo Ombú entre la frigidez otoñal con tu vestido pálido, como la nieve. Te despido llorando, Mis lágrimas parecen conmoverte poco. Con cada paso tuyo más se fractura mi ánima. Las nubes gritan tu nombre desesperadamente.

Me quedo tirado y apoyo la cabeza sobre la roca. Labrada perfectamente. Veo tu nombre tallado.  El hedor me marea, distorsiona nuestra última melodía. Sin poder creer aún que nuestra historia tuviera fecha de vencimiento.

Crucifijos a mi alrededor, un lugar lleno de lapidas. Preguntas sin respuestas. Vacíos sin llenar. Paisajes desolados. Y tu cuerpo enterrado hacia el olvido, siendo consumido entre los gusanos y ratas. Tu descanso toma forma de ataúd. Pesadillas de muerte y eternidad.

Solo quedo yo. Entre medio de ese océano de llanto, navegando a la deriva.




viernes, 17 de agosto de 2012

Mi propia tormenta







El cielo negro, como si fueran las 2 de la mañana. Solo en mi cuarto. Agachado en una esquina con la cabeza contra la pared. Me tapo los oídos. Ya no soporto el ruido de los truenos. Me atosiga, me asusta. Tiemblo por momentos, mi respirar se agudiza. Me empieza a faltar el aire. Me rehúso a mirar alrededor. No quiero ver como esta tormenta destruye lo poco que queda.

Cada gota sobre mi cubierta pega como una bala sobre un corazón agujereado. No creo que el techo resista mucho más. El viento se esta llevando todo por delante: árboles, edificios, autos, gente. Puedo escuchar el grito de socorro de aquellos que están afuera. No me animo a salir de acá para poder socorrerlos. La lluvia más potente que jamás haya escuchado. Ya no hay manera de escapar.

Quieto, inmóvil con mis ojos casi cerrados. De repente el peso del mundo sobre mis hombros. Las paredes ya comienzan a tambalear. Puedo sentir la mampostería quebrándose por dentro. Los ladrillos lloran también. Se corta la luz, no hay ruido más que la incesante tempestad que me rodea. No queda mucho tiempo. Mi mente en blanco. El cielo esta furioso.

Un relámpago destroza mi vecindario. Supongo que cayó cerca de acá. Tal vez en esta misma cuadra. Maldigo a los meteorólogos que no lograron advertirnos sobre semejante siniestro. Me pregunto si el fin del mundo esta cayendo sobre nosotros. Es demasiado pronto, no me quiero morir. Cierro mis manos y rezo desde mis entrañas.


Se rompen las ventanas, el destello de vidrios salpica y corta mi espalda, debe haber sangre por todo alrededor. Puedo sentir como se caen los muebles del living, la caja de porcelana arriba del piano, la vajilla desde la cocina. El ventilador de mi pieza estalla contra la cerámica. Desesperación. Las ráfagas golpean a mi puerta. Inválido. Mi gato tiembla debajo de la cama. Puedo escuchar la consternación en su latir.


Mi casa debe ser la última en no haber sido arrollada por el tornado. Esta llegando, puedo escuchar su encono. Jamás me había sentido tan desdichado. Un verdadero mártir. Que modo tan terrible de morir. No encuentro resguardo, no localizo protección.

Cegado por el viento acuoso, puedo escuchar una señal de vida. Mi celular suena desde arriba de mi cama. Como llegar hasta allá. Tal vez alguien sepa de algún refugio. Solo un metro y medio me  separa de aquel objeto que podría llegar a transformarse en mi salvación, pero alcanzarlo implica una verdadera odisea. Paralizado por el miedo trato de entender que debo atender esa llamada.

Cada segundo una eternidad. Si me quedo en este rincón nada va a cambiar. Siento la sangre chorrear por mis piernas. Me orino encima. Estoy empapado ya. En cuclillas y muy lentamente apoyo mi mano sobre el borde del colchón. Sin sensibilidad en mis dedos. El sonido del teléfono me altera. Solo un par de movimientos más. Busco entre la oscuridad con mis manos sobre las frazadas. Los rayos sobre mi cabeza y el huracán esperando atacarme de frente. En un terminante intento desesperado me abalanzo sobre el otro borde. Tirado por completo sobre mis sábanas finalmente logro alcanzar el pequeño aparato.

Atiendo casi sin voz y con el cuerpo temblando. Mi corazón a punto de caducar. Con un último suspiro atino a decir: "aca"...





La dulce voz de mi amiga: "Hola, ¿Estás bien? Tenés voz de dormido. Vayamos al parque hoy. Casi no hay humedad y el sol está resplandeciente desde temprano, ¿ te paso a buscar? Decime que si..."




domingo, 12 de agosto de 2012

Una mansión sin puertas




Tenía esos ojos mágicos que podías divisar desde millas a lo lejos. Vestía ropas tan brillantes como el alba. Llegaba llena de colores, con joyas a su alrededor. Su pelo bailaba con el viento. Los ángeles rendidos ante tanta belleza.

Con una copa de vino se transformaba en la estrella de la disco. Anillos plateados. Sus curvas amalgamándose entre las luces. Todo bajo su control. El oro en su sonrisa, el arco iris en sus piernas. Suavidad y sensualidad.

Dueña de la noche. Un capullo que abre sus pétalos con el sonido del amanecer. Una gota de sangre recorriendo una copa de vino. Rojo carmesí brotando de su escote. El perfecto sudor brilloso de sus piernas. Perlas en sus muñecas coqueteando con sus caderas.

Carne que se quema en sus labios. Creadora de incendios. Los demonios despiertan en su mente. Perfuman el ambiente con esencia prohibida. La mujer sin nombre, perdida en la oscuridad. Inalcanzable. La magia en sus tobillos.

Sus tacos bailan al son de la música setentosa. Tira besos, alimenta los deseos. El ritmo en sus brazos. Enamoradora de corazones solitarios y alcoholizados. Perfecta perversión, inmoralmente correcta.

El centro de la escena. Una mansión sin puertas. Lujosa por donde la mires, digna de ser contemplada por fuera, pero imposible ingresar a ella. Al menos así se sentía ella. Al menos así la percibían los demás.

domingo, 5 de agosto de 2012

La luz del mundo







 Otoño de 1866. Su amor se va. Un bosquejo vacío. Cómo hacer para llenarlo si ni siquiera le ha dejado aire para respirar. El acrílico huele a muerte entre esas cuatro paredes. Un cadáver de mujer petrificándose y los llantos de un niño recién nacido que exige vivir…

Mañana su vida debería continuar, pero sin rumbo fijo. Sin lugar donde purgar aquellas penas. Cansado de escuchar el llanto en el silencio. Caduca una nueva historia sin final feliz. Pesa el aire. Gélido e indestructible el metal de las vías vacías que se llevan lejos a un tren que ya no regresaría…

El sol se esconde entre el límite que une la tierra del cielo. Se pregunta cuál será el límite ahora, y si existe algún paraíso que sostenga semejante desdicha. Los escarabajos vuelan en el atardecer de una pintura desolada. Entre sus brazos, su primogénito buscando protección. Y el dibujo de sus ojitos buscando claridad.






Pegado a la cuna un lienzo buscando cobrar vida. Aguardando que la inspiración baje directo al pincel. Los listones cubiertos de polvo. Solo una débil chispa de luz por la ranura de la ventana y la concentración de Holman aprovechando la tranquilidad del bebé mientras duerme.

Su biblia como referente. Una puerta pesada de madera totalmente cerrada, arcos de piedra y ladrillos cubiertos de hiedra, van tomando forma. Comienzan a fluir sus sentimientos religiosos y ese cuadro misteriosamente se empieza a llenar de luz.

Se amalgaman los colores de la paleta y un sinfín de formas van encontrando su rumbo. Más color entre tanta negrura, y más emotividad plasmada en el papel. La espátula y el trapo bailan incansablemente con el objetivo concreto que terminar de delinear lo que tienen en su mente. El aire tiene música y el viento recobra melodía. Ese bastidor tensa una prometedora obra de arte.

Más aguarrás suavizando el óleo en sus tintes básicos. Rojo medio, amarillo y azul de cobalto, verde esmeralda, tierra de siena natural y tierra de siena tostada, blanco de titanio y negro de carbón de huesos. La combinación adecuada para estampar sensaciones tan dispares. Y la brocha yendo y viniendo a lo largo y ancho de aquel pedazo de tela.

El niño despierta. Abre sus ojos ante semejante belleza. La habitación se llenó de perfume. El artista no deja de conmoverse. Solo algunos detalles más para culminar su creación. Unos reflejos dorados al vello de la barba y el matíz de la vela sobre la túnica blanca.

En algún lugar muy profundo de su ser, Holman había sentido una presencia suprema. Previo al sellado con impermeabilizante guardó la lámina detrás del armario de roble francés. Lo atornillo contra la pared.  Jamás la saco de ese lugar. Ese fue su secreto más preciado hasta el día de su muerte.







En 1947 Europa se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial, varias casas antiguas de Londres habían sido ocupadas en la clandestinidad por criminales y malhechores que buscaban refugios para esconderse de los soldados. Una vez asentados allí cubrían puertas y ventanas para evitar dar señales de vida.

Un ambiente vacío, sucio y desolado. Pinturas y cuadros dispersos por el suelo. Telas de araña en los altos techos descuidados por la humedad, y un centenar de pomos de colores secos sobre una mesa deteriorada.

Corrieron todo sin hacer ruido. Dieron vuelta aquella vivienda. Desarmaron el armario amurado contra el paredón e hicieron una pequeña fogata para pasar la noche. Y allí, entre tanta polvareda y tufo, yacía erguido y arrinconado ese maravilloso retrato que llamó la atención de aquellos comensales.

Jesús ante un pesado portón de madera. El fuego del ambiente les permitió divisar un mensaje al pie del cuadro. Estaban escritas las siguientes palabras: “He aquí, yo estoy en la puerta y llamo; si alguno oye la voz y abre, entraré y cenaré con él, y él conmigo”. Todos quedaron asombrados ante semejante perfección.

Años después un prestigioso grupo de estudiosos de la Hermandad Prerrafaelita, descubrieron algo que solo el más avistado ojo podía percibir. Algo faltaba en esa pintura: no había picaporte en la puerta. No podía abrirse más que desde el interior. Admirados se quedaron pensando en aquella imagen. El mensaje de Holman Hunt era claramente, el mensaje que Dios tiene para nosotros.

Dios viene a tu casa, sube los peldaños y toca a la puerta. Pero eres tú quien tiene que dejarlo entrar…


Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia.







sábado, 24 de diciembre de 2011

Campanadas en la distancia



La nieve espesa sobre el herbaje. Los árboles cubiertos de blanco. Todos durmiendo en aquel recinto, menos el pequeño Jesús, quién acurrucado entre las mantas de lana coloridas, contemplaba el color cambiante del fuego quemando con ira los troncos de la chimenea. El viento furioso golpeaba con la solidez de un torbellino rebelde en pleno invierno. Hacía crujir en forma recurrente las maderas de aquel precario rancho campestre perdido en las laderas del Valle del Sur. Entre madera y madera, algunos orificios autorizaban el paso de algún que otro airecillo indócil al interior de la vivienda. Y los huecos del techo de hojalata permitían divisar como un cielo impetuoso abrigaba aquel paisaje lleno de blancura, lleno de paz.

El pequeño, abrazado a su conejo, inhalaba el calor llameante y disfrutaba del pacifico silencio que aquella velada le regalaba. Cerca del fuego, sus ropajes reposando sobre una soga, bailando al son del calor,  una olla hirviendo un par de huevos duros y un pedazo de pan dorándose cerca de las llamas. Su cena estaría lista en breve. Hoy había tenido demasiado trabajo. Desde peinar a los burros, secar y proteger del frío la alfalfa de los caballos, hasta remover la nieve del sendero. A pesar de estar dentro del cuerpo de un niñito, Jesús hacía las tareas complicadas y forzosas que cualquier hombre debía hacer. Desde que su padre había enfermado con gravedad, su legado era mantener el orden del campo y los animales, así como también ayudar a sus hermanitos con las tareas del hogar.

Se quedó embelesado con una estrella, la más brillante del cielo. Erguida en el centro del cosmos, ese lucero era especial. Nunca antes había visto uno tan grande y resplandeciente. Inmediatamente pensó que tal vez algo importante estaba a punto de ocurrir en el mundo. Antes de morir, su mamá le contaba cuentos sobre ángeles y hadas que vivían en el firmamento, que velaban por nosotros y que brillaban cada vez que estaban felices. Recordó su sonrisa sanadora y el aroma de su piel, y sus ojitos comenzaron a mojarse. Paradito descalzo frente a la ventana, pidió su deseo.

Con la sana ambición que solo los corazones puros pueden tener, le rogó al cielo que su padre pudiera recuperarse, y así poder volver a compartir tantas cosas con él. Correr entre las flores del prado durante la primavera. Esperar el arco iris después de cada tormenta. Salir por el bosque a recolectar moras. Recoger las hierbas frescas de la huerta  Y volver a sentir su abrazo protector.

En su interior pudo sentir el extraño repiqueteo de unas campanadas. Sonaban incesantemente, y con cada latido, el zumbido se acrecentaba. Dejó entonces, que su pedido volara alto hacia esa fascinante estrella llena de luz. Decidió que aquel astro radiante se convertiría en su guía. El viento fue mermando y el frío aplacándose. Sintió un calor blando y afable rodear su cuerpecito. Y se quedó dormido entre sus lanas, pegadito a la ventana, y con una sonrisa esperanzadora. Se sintió tan en paz que deseó que alguien más en el mundo, al apreciar aquella estrella celestial, pudiera percibir como él.



Miles y miles de kilómetros lejos de donde vivía Jesús, en tierras áridas, y secas, un matrimonio a punto de dar a luz caminaba a paso de hombre hacia Belén. Las altas temperaturas y la falta de agua dificultaban el andar. La mujer, María hacía un gran esfuerzo en su respiración para llegar a tiempo, mientras un viejo burrito la trasladaba. La noche era intensa y el camino desolado. Su marido calidamente acariciaba su panza y le convidaba agua fresca de una vasija de barro. Sus miradas, tiernas y penetrantes se acompañaban en el impreciso avanzar. Los pies se movían por inercia y el agotamiento cada vez era más intenso. Solo tierra y piedras en el camino. Y el perenne caminar hacia una cuidad devastada por el calor. Juntos rezaban por una señal. Una garantía de que iban por buen rumbo.


Repentinamente el cielo se iluminó. Tanto María como su esposo quedaron cautivados por aquella luz, siguieron su brillo sin poder sacar su mirada del cielo. Escucharon campanadas en sus corazones y entendieron que todo estaría bien. Que aquel niño que en breve irrumpiría en este mundo, nacería con el augurio de aquel astro maravilloso alumbrando el cielo y marcándoles el camino.

Ambos pensaron en un nombre… y el primero que se les vino a la mente fue Jesús. No entendieron el motivo, fue solo una corazonada. Pero se dejaron llevar. Continuaron tomados de la mano con ritmo lento pero fiel. Hacia donde la estrella mágica les avisara la cercanía de Belén.


lunes, 19 de diciembre de 2011

Demasiado pronto




Antes que el fuego comenzara a quemar la madera, antes que asome la primer estrella en un cielo calmo, decidiste partir. Dejaste como legado el valor de la lozanía. De aquellas personas que logran persistir en el recuerdo ajeno con la intensidad que solo los más jóvenes pueden transmitir. El paso del tiempo no erosiona cuando uno es tierno de corazón. Una sonrisa que lejos de apagarse, me sigue iluminando interiormente. El fulgor de aquella mirada en la cual me refugiaba por segundos para encontrarme conmigo mismo. El gentil toque de tu voz cálida y suave calmando mi ansiedad impulsiva.

Se ahora que mis plegarias están en buenas manos. Descanso sintiendo delicadamente el cobijo de tu presencia. Sin miedos. Busco tu figura en la luna. Te hablo sin palabras. Nuestro vínculo es indestructible, y tu recuerdo, imperecedero. Ya no necesitamos del cuerpo para sentirnos. Mientras más abstractos sean nuestros lazos más reales los siento. Entendiendo finalmente que no hay distancia que nos separe. Puedo ver más allá de lo que mis pupilas me muestran. Mirar desde mi ser, burlándonos de lo físico.


Antes que el niño se animara a hablar, antes de que el sol comenzara a iluminar el cielo veraniego, decidiste partir. Te fuiste demasiado rápido. En silencio y haciendo de la muerte algo agraciado. Uniendo diferencias. Hablando el idioma del amor puro y desinteresado. Neutralizando a los fantasmas del temor. Dejando cerradas aquellas cuentas pendientes. Ojalá pueda llegar a tener esa fortaleza cuando el presagio sagrado de Jesús susurre mi nombre a los oídos y respire el aire limpio de las rosas frescas sobre mis sábanas. 


Te fuiste por la puerta grande. En el instante que el cielo te lloraba, un coro de ángeles preparaba la alfombra roja para tu llegada. Abandonaste tu envase de mujer inmaculada, para transformarte en el querubín más delicado del edén. Renunciaste a tu belleza física, escogiendo la preciosidad eterna. Volando alto, dejando atrás la suciedad de un mundo que ya formaba parte de tu pasado. Que bien se habrá sentido tocar el arco iris, revolcarte entre las nubes, planear hacia la luz con el guiño de las estrellas. 

Antes que este mundo de mentiras termine explotando por completo, decidiste irte. Demasiado pronto. Así debió ser. Con rumbo fijo hacia un amanecer inagotable. Con la seguridad de saber que siempre es sano volver al verdadero hogar. Con la certeza de haber encontrado lo que siempre habías buscado.Con la paz de sentir la calma de un descanso más que merecido, y el perfume de rosas en tus alas...

viernes, 9 de diciembre de 2011

En mis silencios

Mirar hacia adentro. Indagar entre recuerdos y sensaciones flotando entre las vacilaciones de mi ego. Dialogar con los ojos cerrados. Recorrer el camino interior en completa soledad. Tomado de la mano de nadie. Sin rumbo fijo, desorbitado en el universo que yace dentro de mí. Perdido dentro de mí.

Mientras el mundo de afuera continúa su rumbo despiadado e impreciso, el tiempo borra con un dedo todo lo que estuvimos construyendo con el cuerpo entero. Solo quedan imágenes difusas de lo que fuimos alguna vez. Tan endebles como castillo de cartas derribado por una brisa otoñal. Tan imperceptibles como el polvo que se va con el viento hacia el nunca jamás.

Cae el agua para no dejar rastros. Se esfuman las huellas entre el líquido que corre incesantemente sobre la nada. Muerto el pasado, inexistente un futuro, me pregunto dónde estoy parado entonces, dónde estuve, y hacia dónde voy. Si hay luz todo tiene forma y color. El problema es lo que sucede cuando ese brillo se extingue. No hay vida en la oscuridad.

Camino inseguro sin música a mi alrededor. Como barrilete perdido y desorientado en un cielo tempestuoso. Sin una guía, sin cable a tierra. En mis silencios soy mi peor versión. La verdad desnuda. Mi casa revuelta. Nada es realmente mío. Sin poder inferir cuál es le plan que la vida tiene para mi, descubro cuánto me desconozco.

Mis fracasos se amalgaman a mis frustraciones, hacen un todo perfectamente asfixiante. Sin aire no hay vuelo. Sin vuelo no hay vida. Agito en el cajón de mis malos logros a mis desilusiones más fallidas. El ambiente sabe a mutismo, sin encontrar un consuelo que tranquilice mis turbaciones. En mis silencios soy mi peor versión.


Y mis silencios son mi compañía.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Años después


Las coordenadas eran perfectas: el antiguo bar “De Don Nicasio” en la esquina más escondida de San Telmo, y la hora exacta de la puesta del sol sobre los tejados antiguos de aquellas calles porteñas.

Se respiraba un viento primaveral, fresco y perfumado, igual a aquel perfume que Adora no había dejado de sentir cada vez que lo pensaba. Cómo olvidar ese aroma tan peculiar que en su momento había logrado conmoverla hasta la médula. Impregnado en su ropa, en su pelo, en su sangre. Ese hombre le había enseñado que el olfato también enamoraba. Dio una última pitada, fulminando al cigarrillo por completo y se quedó pensando. Amores así solo se vivían contadas veces en la vida. Esbozó una sonrisa con picardía e ingresó al bar.

Casi las 19 hs. Aprovechó para ir al baño y chequear su imagen. Un poco de rimel, retocar el lápiz labial, y el corrector de ojeras. Esta Adora que él contemplaría en tan solo unos minutos más sería absolutamente distinta a la que solía consentir. Rubia, pelo largo y ondulado en sus puntas. Algunas marcas de expresión inevitables alrededor de los ojos, nada grave por supuesto. Y una mirada menos inocente. Lejos de lo que reflejaba ser 14 años atrás, Adora era ahora una mujer con una experiencia de vida. Se perfumó las muñecas, dejó a sus espaldas el recuerdo de la niñita, y salió al salón cual verdadera femme fatale.

Lo único que importaba en ese momento era impresionarlo. Que él pensara en lo feliz y espléndida que ella había sido todo este tiempo sin saber nada el uno del otro. Que al chocar sus miradas por primera vez, él quedara súbitamente congelado y estupefacto. Y ella, con cierta inmutabilidad pudiera manejar perfectamente la situación. Adora tomaría las riendas esta vez. Su mente no había dejado de dibujar aquel panorama. Cada palabra, cada movimiento, todo premeditado, cual escena de película hollywoodense, ella sería ahora la gran protagonista, independiente, exitosa y superada. Y en el final, por supuesto, ese viejo amor caería completamente rendido a sus pies, como había sucedido en su historia pasada cuando ambos eran adolescentes.

El café y ella esperaban sentados en la mesa. Y cada minuto era una eternidad. Su corazón latía fuerte. A través del vidrio una pareja de ancianos cargaban las bolsas pesadas del supermercado. El señor miraba con ternura a su esposa y ambos, transitaban las baldosas con serenidad y goce, sintiendo el viento sobre sus cabellos emblanquecidos. Adora se quedó inmóvil contemplando aquella fotografía. Por dentro, la certeza de que a ella jamás le pasaría. Un mensaje de texto irrumpió ese instante, debía ser él.

Detestaba las promociones de recarga doble, siempre llegaban en momentos imprecisos. El mozo le preguntó si quería otro café, pero ella aclaró que enseguida al llegar su acompañante ordenarían algo para picar. Había deseado con creces este momento. Estaba más bella que nunca, la dieta había dado resultados, los tratamientos en la piel, y el bronceado del fin de semana. Adora jamás lo había olvidado. Este encuentro era una asignatura pendiente. Y por fin el momento llegaría. Se preguntaba como estaría físicamente, como vestiría, como usaría el pelo. Y mientras más lo imaginaba, más inquieta se ponía. Sabía perfectamente, gracias a la terapia, que lo tenía idealizado, que lo creía mucho más que un viejo novio. Que durante todo este tiempo sus amoríos habían sido fortuitos y fugaces. Y que la sombra de aquella historia había quedado tatuada en su ser más íntimo. Era el momento de retomar. Y ella estaba más que preparada.

Otros diez minutos perpetuos de espera. Lo llamó, pero nadie respondía al celular. El tráfico de Buenos Aires era insoportable. Nadie llegaba a horario. Calles congestionadas, océano de autos. Seguro él estaba a unas pocas cuadras. Tal vez no había estacionamiento disponible cerca, o había pinchado un neumático. Quizá tenía el teléfono silenciado, o sin batería. Suele pasar cuando uno anda de reunión en reunión. O tal vez por la ola de calor, la recepción de los sms estaba saturada. Aunque pensándolo bien…podría ser probable que se haya olvidado el celular en la oficina. ¡Claro!, que estúpida, ¿cómo no se le había ocurrido antes? Él estaría absolutamente nervioso, expectante, impaciente por el encuentro con ella y esto hizo que dejara su celular en cualquier otro lugar…

Era solo cuestión de esperar. Si había soportado 14 años, unos minutos más eran insignificantes. La gente iba y venía. Los clientes rotaban. Se iban parejitas, y entraban grupos de amigos. Estratégicamente ese bar era perfecto. Sobre una calle cortada, de adoquines y plagado de canteros con plantas. A pesar de estar rodeado, uno no sentía la invasión del público. Intentó con el celular nuevamente, pero no había respuesta. Se empezó a impacientar. Otro café y la primera estrella en el cielo. No recordaba que él fuera tan impuntual, todo lo contrario. Tal vez fue un vicio maldito que incorporó con los años. A veces los hombres de negocios toman los peores ejemplos y se acostumbran a que todo el mundo los debe esperar. Se lo reprocharía al llegar. O tal vez no. Después de tantos años ella no tenía ningún derecho a recriminar nada…

La noche oscura y el bar semivacío. Adora y su ilusión, entre medio de ese cementerio de caras desconocidas, miraban para todos lados. Recordó el primer beso entre ambos, y pudo sentir claramente la textura de su lengua, imposible de olvidar. Un último café. El cajero se acercó para aclararle que los martes trabajaban hasta las 24. Estaba refrescando. Se puso su saco de pana rosado. El más elegante de su ropero. Ese que solo usaba en ocasiones más que especiales. Y se retocó el maquillaje.

Cuando el dueño del bar cerró la puerta de madera antigua, Adora se sentó en el escalón de entrada, todavía esperanzada por lo que jamás llegaría. Y se dejó llevar por el descanso de una cuidad estresada... Ya nada en la calle. El puesto de diarios cerrado, las luces de los departamentos apagadas, y un perro callejero revolviendo la basura de un tacho despintado. Las coordenadas eran perfectas. Solo faltaba él.

jueves, 25 de agosto de 2011

Feliz por fuera


Los pliegues de la sabana aterciopelada, el gato siamés descansando sobre la ropa desparramada por el piso, una taza con café congelado de la noche anterior, y los primeros escalofríos sobre su espalda desnuda. Levantó la persiana. Las malas noticias del día en su televisor. Un recipiente vacío, el molesto zumbido de una mosca maldita. El aire pesado sobre sus hombros.

Se sentó llorando sobre la esquina del colchón anhelando reminiscencias archivadas en el legajo de su pasado. Recuerdos de lo que jamás volvería a ser. Y se dejó llevar, cayendo nuevamente en aquel laberinto sin salida que la atrapaba en cada amanecer.

Una mujer pidiendo ser socorrida a gritos. Rodeada de personas, pero atravesada por nadie. Mirada por todos, pero descubierta por ninguno. Sublimada, aunque no considerada. Una verdadera muñeca de porcelana, fría como la cerámica. El centro de la escena. El punto de atención. El ojo de la tormenta.

Se preguntó como hacía su corazón para seguir latiendo sin sentir nada, si habría perdido su cualidad de humana, si estaba adormecida dentro de una somnolencia desagradable. Como pensar en un futuro si se encontraba aprisionada en su presente. Sin esperanzas. Sin perspectivas. Sin certezas.

Era hora de partir.



La luces se encienden. El público pide a gritos que comience el show. La música le envuelve. Se viste de estrella. Maquilla sus penas. Peina su dolor. Feliz por fuera. Herida por dentro. No es fácil ser diva.


Tal vez alguna vez lo llegue a entender.